Ficción
Advertencia: se ha determinado que pasar mucho tiempo en esta área provoca adicción. Tome sus previsiones.
Erecto ¿y tú? – ganador del Concurso de Cuentos Narrar la diversidad (2025)
Busqué en el celular una de las pocas fotografías que tenía de Erecto; un hombre atractivo, de pectorales definidos, abdomen marcado y velludo como un lobo. También había un par de nudes que no decepcionaban a la vista.
Más allá del valle de frailejones
Sacó un cigarrillo, lo encendió, aspiró y celebró. Era primera vez que le prestaba atención al valle de frailejones, esos arbustos descoloridos que crecen en el frío y adornan todos los paisajes andinos que recuerda de su niñez.
La profesora Miyó
En cuanto a la enfermera que se encargaba de asistir y/o perseguir a la profesora Miyó era una mujer correcta; prestaba atención a las clases y tomaba nota.
Ave María (en voz baja)
Juana murmuró un Ave María entre gemidos, mientras Joseph santificó cada caricia con manos devotas; su mente ya no estaba en Dios ni en rezos; su cuerpo ardía con un solo deseo: romper su virginidad.
La habitación en tinieblas
Linda soltó un grito desgarrador y se arrastró hasta el fondo de la habitación mientras suplicaba. Pero las palabras que dijo la otra fueron ahogadas por el silbido que se produjo en el aire cuando el ser se abalanzó sobre ella.
La foto de los tres
ELENA: Qué bellos están en esa fotografía. Da miedo. Sobre todo si piensas cómo los vi, por separado, veinte años después. Comenzaron a envejecer de manera semejante; como si el rostro empezase a pesarles y las mejillas y los pómulos les colgasen de las orejas. Pero es increíble el fulgor que tienen en ese instante. Quizá es la luz de la tarde, el reflejo del mar al fondo, la alegría que cada uno siente al tener tan cerca a Mary Carmen
Tras los pasos de Shena
«Hay muchos que alegan que tuvieron relaciones sexuales con Shena cuando ‘trabajaba’ en el lupanar o que conocieron a alguien que lo había hecho».
Un cuentico púber
A lo sumo tendría nueve años. A esa edad su cabello ya era una tristeza. Era tan flaca que a uno no le quedaba sino el desconcierto como abreboca para otro sentimiento mayor. Julie creció paralela a su melancolía y trató de enamorarse.
La ciudad de la muerte
Las calles oscuras formaban un laberinto que parecía dirigirse siempre al mismo lugar: una elevación central que lo dominaba todo, visible a la rojiza luz de la lava volcánica que rodeaba la ciudad. Comprendió que lo que había tomado por una loma era, en realidad, el cuerpo de la Diosa. Hinchado y tumefacto, supuraba la sangre de los sacrificios y las ofrendas, la cual bebía hasta saciarse.
El polvo del difunto
—¿Cómo repartimos las cenizas del difunto? –fue la inquietante pregunta que resonó en la mente de la viuda al sostener en sus guantes negros el ardiente cofre con las cenizas de su esposo.
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