Ficción
Literatura para tascas: El extraño caso del Elvis veneco, de Elio Casale
Por Joaquín Ortega
Lo extraño y lo maravilloso
Tzvetan Todorov reflexiona sobre lo extraño y lo maravilloso. Siendo muy apresurados, se trata de diferenciar entre unas historias que mantienen las leyes de la realidad intactas (lo extraño) versus aquellos relatos donde aparecen nuevas (o distintas) leyes de la naturaleza (lo maravilloso). De entrada, Elio Casale construye un personaje principal que no sabe cómo llegó a ese cuerpo, ni por qué está pensando en español, pero conviene (con la complicidad del lector) en que lo que está ocurriendo al menos es tan verosímil como el papel que sostiene a la palabra impresa.
A medida que leemos la historia nos pone a pensar acerca de si ese Elvis veneco pudiera ser un asunto de metempsicosis… de transmigración de almas a la tibetana… de un atajo de consciencia transhumana, vía Interface… o simplemente un caso clínico de algún tipo de locura de manual. Puede ser todo eso a la vez (e incluso alguna otra hipótesis propia sorprendente), pero de lo que sí no hay duda es de que, una vez que accedemos a ese universo, nos hacemos partícipes de mucha incredulidad y suspicacia. Fíjense que uso suspicacia (Suspicious Minds es uno de los grandes temas cantados por Elvis Presley) sobre todo porque la música también es parte del ambiente que le da espacio a los personajes para expresarse.
Personajes reales que regresan
Existen varios ejercicios de confusiones de personalidad y tiempo en la representación audiovisual reciente. Tenemos la película ¡Bolívar soy yo! (Jorge Alí Triana, Colombia, 2002) o la novela Ha vuelto, de Timur Vermes, también llevada al cine, pero El extraño caso del Elvis veneco da la oportunidad de ver a alguien cuyo mundo se transforma y que, sin embargo, comprende en cierta medida.
Gracias a la técnica de enfrentar a un ícono del rock and roll con otros géneros musicales populares, vemos cómo el paso del tiempo también mueve los recuerdos de distintas edades lectoras. Referencias más cercanas como Akapellah o el Festival Nuevas Bandas, Juanes, Belinda, Willie Colón, junto a nombres clásicos como Hugo Blanco y su tema “Moliendo café”, al igual que chistes relacionados con las caricaturas notables de Hanna-Barbera (un buen ejemplo es la banda “Mardito Roedore”) hacen de esta aventura un documento intergeneracional y de coincidencias entre distintos tipos de lectores.
La estructura de la novela es un viaje. Es un mapa de emociones y sobre todo físico
La novela va mostrando lugares donde ocurren situaciones risibles, angustiantes, incómodas y ciertamente reconocibles. Cuando leemos detenidamente nos adentramos en un croquis caraqueño que se amplía hacia distintos destinos, y que son justamente los de la migración forzada venezolana. Nadie se va porque quiere, siempre hay una razón que detona esa partida (o esa permanencia) lejos del terruño.
El extraño caso del Elvis veneco acentúa una forma muy venezolana de mudarnos: una que casi siempre deja la mitad de las emociones en casa, llevándose las otras bien guardadas en el equipaje. Si bien es cierto que la propuesta es festiva, estamos en presencia de una tragicomedia. Vivimos momentos de pena ajena cuando el retrato del ego humano pasa por encima de la empatía y de la propia autoobservación. Se pasa vergüenza por el otro, quien está poniendo la torta, pero también nosotros pasamos vergüenza añeja cuando vemos lo idiotas o engreídos que pudimos haber sido en el pasado con actitudes parecidas.
El venezolano sobrado y altanero choca de frente contra las leyes y autoridades extranjeras, al igual que se da contra la pared de culturas que nos aceptan, muchas veces porque no les queda otra opción. Así como hay un mapa de emociones compartidas, el libro de Elio Casale recorre los puertos y las fronteras que los venezolanos hemos tenido que cruzar por propia penuria o por la necesidad creada de huir dejando todo atrás.
Es una metáfora de los prejuicios
El extraño caso del Elvis veneco es una metáfora tras otra de temas venezolanos en la diáspora, y si bien no es un informe de la Unesco, del Friedrich Ebert Stiftung o de alguna alcaldía fronteriza colombiana (o brasileña), tiene todos los conceptos desplegados como en una nube de etiquetas de redes sociales. Ese Elvis somos nosotros los venezolanos porque es alguien que ya se mueve como un personaje creado y que busca seguir siéndolo en otro sitio. Y no sólo es un tema de imitación de alguien de afuera, los venezolanos somos remedos de nuestros propios antecedentes. Copiamos la caricatura del venezolano, hasta que nos damos cuenta de que la caricaturización exagera defectos constantemente, pero no las virtudes de un venezolano ideal.
Cuando nos vamos del país viajamos con nuestras tascas y locales nocturnos a cuestas, con nuestros amores y mañas, con la risa, con el chalequeo, con la amistad inmediata, con nuestros rótulos y prejuicios, con el amor solidario que se hace más fuerte en la frontera o que se rompe como los zapatos consumidos por el camino hacia la fantasía del mejor destino, sea que lo llamemos Estados Unidos de Norteamérica, Estados Unidos de Centro América o Estados Unidos de Suramérica. Así de mal están nuestros sueños, que sólo queremos replicar la abundancia del cine hollywoodense a donde quiera que marchemos; eso sí, con música alta, actitud de picapleitos y consumo por arriba del presupuesto. Ese venezolano mal portado no debe opacar al venezolano de bien y esa es la tarea diaria del emigrado real.
Sin perdernos en los orígenes y la etimología
Todos los que van y vienen de un lugar tienen en común la torcedura, el desencaje, el estar y no estar, el ser y el no ser. Los retornados, los expatriados, los Nuyoricans, los Maras, los Irish o Scotch Americans y los Italian-Americans… todos los buenos y malos tuvieron su tiempo bajo el sol; ahora le toca al veneco que es como un sudaca reloaded. Es un nigga y un maracucho y un gocho y un guaro y un veguero y un panita y un curso y un causa y un bro… todo a la vez. Seguramente escuchamos “Veneka”, de Rawayana, con menos lágrimas, pero no con menos sentimiento que un italiano agarrándose el pecho mientras pasa alguien silbando Torna a Surriento.
Las ideologías del racismo y la otredad
Ya sea que busquemos el nombre que mejor comprendamos, los estereotipos, los estigmas, la intolerancia, los prejuicios… pueden servir a las ideologías extremistas para cohesionar internamente o para simplemente señalar al distinto. Sobre racismo y xenofobia hay mucho escrito en sociología, en informes de la Acnur, en propuestas de políticas públicas, pero también se lleva en la piel, en las cicatrices y en el acento.
La descendencia no te salva, la raza fenotípicamente hablando no siempre ayuda, la religión, la etnia y hasta la orientación sexual se vuelven un rosario de subconjuntos en donde al menos a una persona le vas a caer mal, estadísticamente hablando. Imaginemos que en Venezuela hasta casi pequeñas guerras civiles vivimos gracias a conflictos limítrofes entre el Zulia y Mérida (por poner sólo un ejemplo), azuzados en épocas vacacionales durante los tiempos de la democracia puntofijista.
El que habla gana y, si la palabra no se usa, pues murió
El triunfo al final de la palabra “veneco” dependerá de la resignificación o revaloración del nombre. Ya lo vivieron los gochos, los adecos, los maracuchos, los escuálidos y los sifrinos. Todos estos adjetivos en sentido peyorativo terminarían enlazando positivamente a todo un conglomerado de personas y lugares, más allá de las malas intenciones de aquellos que quisieron burlarse de los orígenes o costumbres de sus adversarios. Muchos elementos conviven dentro de la llamada lengua: la inventiva popular, las estrategias de comunicación del usuario de un idioma, el compilador, el creador de las formas del lenguaje, todo eso siempre será superado por el uso. Así que las intenciones (malas o buenas) del hablante luchan contra la realidad y en última instancia contra el buen humor.
El humor y la inclusión siempre van de la mano y sin duda más hacen la amistad virtual o escrita de distintos grupos humanos que la contradicción y la incomunicación (las más de las veces) creada desde el poder para segmentar a la sociedad y así manejarla y reconducirla, por medio de la complacencia de los pequeños intereses inmediatos.
Sin duda, duele mucho más escuchar la palabra “pobrezolano” que veneco; igualmente una alta autoestima hace que al migrante se le conviertan en teflón los poros y los oídos se vuelvan sordos.
Volvamos a la novela, mapa en mano
Como la novela también es un éxodo, seguramente te detendrás más de una vez en La Candelaria, en el centro de Caracas, en los imitadores de tantos artistas pop, muchos se verán retratados por el cruce entre México y Arizona, tendrán nostalgia por Las Vegas (que ya va también camino al recuerdo), se sentirán con los dos pies dentro de los premios Grammy, escucharán con grandes carcajadas los nombres humorísticos de los circuitos radiales de la Venezuela profunda.
De la gran Venezuela a la locura migrante, pasando por la Patria Grande hasta llegar a la crisis humanitaria compleja (que por cierto es la mejor forma de ponerle nombre al éxito que se llama guerra de quinta y sexta generación… y que se ha llevado por el medio al menos a ocho millones de corazones rotos y seguimos contando), y de esa crisis a la creación de un nuevo venezolano, renacido de sus cenizas, está escrito este libro que hemos tratado de reseñar sin muchos spoilers.
Para los corazones rotos existe el Heartbreak Hotel; para los culpables de todo el mal, les sale un golpe de kata del invencible Elvis desde el cielo… y que, por favor, los mande a donde verdaderamente pertenezcan.
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