Ficción

Lunar menguante

por | Mar 31, 2026

Por Enrique Coll

*La imagen de portada de Lunar menguante fue creada por Chat GPT.

 

Sábado 6:38 p.m.

Irene acaricia mi pecho. Deslizo mi mano buscando su seno, pero con un sutil gesto me detiene. “Recuerda que tenemos la cena en casa de mi tío”, me dice. “Quiero ir. La comida es buena y habrá vino”. 

Respiré profundo, cerré los ojos y cubrí mi vientre con su almohada para no delatar mis deseos. 

Sábado 6:43 p.m.

Irene se levanta de la cama, queda desnuda frente al espejo mientras se prueba la blusa blanca. La falda está sobre la cama. Su actitud no me sorprende. Es así, libre en su forma de ser. A veces impone sus deseos, pero mi amor por ella lo permite.

Disfruto de su espalda, y al darse cuenta de mi mirada, aprieta su almohada sobre mi vientre con descaro. Se quita la blusa, sus movimientos me desafían. Abre la gaveta, toma otra blusa y camina hacia el espejo. El movimiento de sus pequeños pechos me excita, y ella lo sabe; el espejo es su cómplice. Se ajusta la blusa, me mira por un instante, y no puedo apartar la mirada de su cuerpo. Irene vacila, pero el destello de duda desaparece cuando se ajusta la blusa. 

Sábado 6:54 p.m.

Retiro la almohada y me levanto. Irene se desliza entre mis brazos. Sin ropas, solo deseos mutuos. Irene no deja de mirar mi miembro, me reta, da media vuelta y cierra la puerta del baño. Frente al espejo, desnudo, cruzo las piernas y me controlo. Es obvio que la conversación aún no termina. La invitación llegó por los dos lados, su tío y su madre. Le contesto con sinceridad, no quiero ser rudo, es la verdad: “No me gustan los encuentros familiares. Me basta nuestro espacio, esta cama, tus ronquidos y tu sexo”. 

Sábado 7:06 p.m.

De pie, frente a la cama, espero paciente que salga del baño. Abre la puerta, sale desnuda, nada cubre su delgado cuerpo. 

Nuestro lunar me vuelve loco. 

Camina, no me mira. Franelas, camisas y faldas al azar. Su panti rosada acaricia sus piernas. De espaldas, está al tanto de que disfruto cada pedacito de su ser. Nuestro lunar desvía mi intención.

Sábado 7:12 p.m.

—En esta ocasión, me gustaría que me complacieras. Esta noche, quiero que seas tú mismo conmigo. Mi novio, mi pareja, sin sentirte juzgado ni juzgar a los demás. Esta noche, siéntete libre de ser quién eres. Sabes que ambos somos parte de esta familia —se me acerca y me da un beso—Pero… no quiero perderte de vista ni un segundo. Vamos, vístete, se hace tarde —Irene cierra la puerta del baño con determinación. 

Sábado 7:24 p.m.

Atrapo a Irene saliendo del baño, vestida para la fiesta. La abrazo fuerte y caemos sobre la cama. Sus pantis rosadas se enredan con mis calcetines blancos. Irene se aferra a mi cuello, suspira y me muerde los labios. Nos dejamos arrastrar por el deseo, sin pensar. Su cuerpo se tensa y se relaja en oleadas, una mezcla de pasión y culpa. Hicimos el amor sin evadir obstáculos. Irene seguía vestida para salir, yo con mis calcetines blancos. De nada sirve discutir cuando el sexo interfiere. 

Sábado 7:58 p.m.

Me levanto sin pronunciar palabra, sin ganas de enfrentar el compromiso familiar. El único sitio donde quiero estar es entre estas sábanas. Pero Irene se mueve con una determinación implacable, y ante su decisión, me doy por vencido. Me visto completamente de negro, buscando camuflarme, y me pongo mis calcetines blancos, un pequeño gesto de rebeldía. 

Sábado 8:47 p.m.

Irene no pronunció palabra durante el trayecto. Por lo general, es conversadora, está atenta a los automóviles, a los transeúntes, al parque a la derecha; siempre tiene algo que decir de ese parque que tanto le gusta. Pero Irene estaba en otra parte, en otro mundo, lejos del camino que nos conduce a la cena familiar. No era para menos: desde que nos mudamos juntos a nuestro apartamento, no habíamos tenido contacto con mi tía o con mi padre. 

—Gracias —me dijo Irene al bajarnos del coche. 

Comenzamos a escuchar risas y música de los años 80. Irene apretó mi mano. Su blusa transparente, su falda plegada color gris intenso y sus zapatillas de goma creaban un movimiento sensual. 

Le susurré al oído: 

—¿Por qué no volvemos a la cama? 

Me miró y sonrió. Recostó su cabeza en mi brazo. 

Entramos con una sonrisa, saludando a los presentes. Irene preguntó por su madre. 

—No ha llegado —le dijeron. 

Esa noche, mi padre, vestido con un traje azul profundo de corte personal, fino y pulcro, sujetó mi brazo con un gesto cariñoso. Me obligó a seguirlo mientras sostenía una copa de champagne. Me murmuró confidente: 

—Así como te lo digo… —levantó la copa, tomó un sorbo y continuó:— los nudos familiares confunden sentimientos y oscurecen las relaciones. 

De pronto, una densa oscuridad se me vino encima, borrando todo a mi alrededor. 

La sala, el comedor, toda la casa se sumió en una sombra intensa. La música cesó abruptamente, dejando un silencio inquietante. A pesar de las luces encendidas, el jardín, al fondo, se veía más oscuro que nunca, envuelto en una densa neblina que ocultaba el césped. Me acerqué a la puerta que daba al jardín, con la intención de desaparecer o de buscar mis recuerdos en aquella vieja casa. Las palabras de mi padre resonaban en mi mente: “Los nudos familiares confunden sentimientos y oscurecen las relaciones”. La ausencia de mi tía en el cumpleaños de mi padre me pesaba en la mente. 

Irene me miró compasiva, comprendiendo que estaba indefenso. Se acercó, besó mis labios. Me tomó del brazo, salimos en silencio sin despedirnos, picar la torta y cantar cumpleaños. 

Sábado 9:48 p.m.

Al llegar a nuestro apartamento, Irene se descalzó con un suspiro que le liberó del cordón umbilical. Se sirvió un vaso de agua, lo sostuvo en la mano, antes de dejarse caer en el sofá como si su cuerpo se hubiera evaporado. Permaneció en silencio absoluto, inmóvil, respirando una quietud demasiado profunda, con los ojos cerrados. Parecía una estatua, inaccesible, ajena a los más mínimos ruidos de la ciudad que se colaban por la ventana, a mi presencia muda, incluso a la sensación del suelo frío que lamía sus pies descalzos. Dobló las piernas, agarró el cojín azul del sofá y lo apretó contra su pecho, como si fuera el único refugio que le quedaba. Recostó su cabeza y, con los ojos aún cerrados, se borró del mundo. 

Por alguna razón recordé que mi tía, no había hecho acto de presencia en el cumpleaños de mi padre. 

Para no interrumpir su momento de tranquilidad, decidí salir al balcón. Abrí la puerta y sentí la brisa fría. Me estremecí, pero en lugar de decir algo, preferí el silencio antes de molestar la inesperada quietud de Irene. La oscuridad de la ciudad me envolvió, desconocía la hora, no me importó.

Apoyé mis brazos en la barandilla y permití que mis ojos se perdieran en las sombras. Disfruté de lo que no podía ver con claridad. Al regresar al salón, descubrí que Irene ya no estaba allí. 

Sábado 11:49 p.m.

La encontré abrazada a la almohada, aún con los ojos cerrados, al sentirme me sonrió, retiró la cobija de la cama y me invitó. Irene me esperaba desnuda. Nuestro sexo no tiene descanso. Después de estremecernos con lujuria y gemidos contenidos, nos quedamos dormidos hasta que la primera nube ocultó la luna y trajo consigo el desvelo.

Domingo 3:54 a.m.

A las tres y cincuenta y cuatro abrí los ojos. Con cuidado de no despertarla, me levanté de la cama y salí de la habitación descalzo. 

Toqué el amanecer con el olor del café recién colado. 

Sin motivo alguno para estar despierto a esa hora, observo con detenimiento nuestro apartamento. Irene es así, todo debe estar en orden, a pesar del desorden que la persigue cuando desea algo. Cuando duda entre una blusa, un blue jean, un pantalón de lino o una falda la ropa se derrama por el apartamento. Luego de vestida, todo vuelve al closet y a las gavetas. La magia de Irene para mantener todo en orden todavía es un misterio para mí. 

Con una taza de café caliente en la mano, me acomodé en el sofá, saboreando la paz que impregnaba la casa ese domingo por la mañana. 

Irene y yo habíamos llegado a un acuerdo: a la izquierda de la puerta de la habitación, tenemos una pequeña repisa con fotos, un florero y recuerdos sin memoria donde nuestros celulares duermen, conectados a sus cables de carga. Debo admitir que me costó acostumbrarme a estar sin pantallas en la cama, pero ahora reconozco que Irene tenía razón. 

Cómplices de una tregua sagrada, nos entregamos al amor, solo nosotros dos, sin ropa, sin interrupciones ni pantallas que se encienden sin importancia. Nos acurrucamos y descansamos, disfrutando de un tiempo a solas. 

Como un presagio diminuto, un parpadeo fugaz en la penumbra, a las 5:36, la pantalla del celular de Irene se encendió. 

La madre de Irene le dejó un mensaje. Sentí la punzada de la curiosidad por leerlo, pero me contuve. Era demasiado temprano para desear los buenos días un domingo, pensé. La madre de Irene es un torbellino, impulsiva e impredecible. Desde la muerte de su marido, se ha vuelto más posesiva y religiosa. Tal vez el mensaje era una disculpa por no haber ido a la fiesta de mi padre. Bostecé y entré en la habitación, mi único propósito: abrazarla y hundirnos de nuevo en el sueño, hasta que el sexo nos corriera otra vez por la sangre. 

Domingo 6:06 a.m.

Mis calcetines blancos abrazan tus piernas, nos parecemos tanto. 

Ese pequeño lunar en nuestras piernas siempre nos ha hecho reír, desde aquel día en que lo vimos por primera vez. Lo busco debajo de la sábana mientras te abrazo. 

El despertador del vecino repica detrás de la cama. 

“Los nudos familiares no los dejan respirar en paz”, murmuras somnolienta, sonriendo con los ojos cerrados. Me acerco, sin delatar intención alguna de querer tenerla entre mis brazos. La beso, sonríe, prefiero dejar que duerma. 

Es domingo, me voy a correr como siempre. Me visto en silencio. Con cautela de no hacer ruido. No quiero que Irene se despierte, no la quiero molestar. 

Domingo 6:31 a.m.

Desconecto mi celular, lo reviso, busco mi gorra y las llaves donde siempre están; me cercioro de que todo está como debe estar. Al salir, la ciudad se abre ante mí, y no dejo de pensar en nuestras vidas como pareja, en cómo cada rincón de este vecindario parece ser una extensión de nosotros, especialmente para Irene, con esa obsesión visceral por tener cada espacio suyo muy cerca. 

Allí está el parque, largo y angosto, sus árboles sembrados en una simetría que roza lo absurdo. Sus bancos invitan a la gente a revisar sus celulares o a matar el tiempo hasta que llegue la hora de alguna actividad innecesaria. Más allá, la parada de autobús, siempre con las mismas caras, y la clínica, un pulso constante de entrar y salir de pacientes o visitantes, aburrido. Reconozco el café de aquella esquina, que se ha convertido en rutina, y la panadería donde ya nos conocen y siempre nos complacen; el mercado, donde insisten que todo es más económico pero nunca tenemos ganas de averiguar si es verdad; y, finalmente, la frutería, a la que de vez en cuando le debemos frutas que semanas después cancelamos con cierta complicidad y un agradecimiento silencioso. 

Las sábanas, los zapatos, los calcetines, todo muy cerca. Evitamos distancias largas entre ambos para no extrañarnos. 

Domingo 7:48 a.m.

De regreso al apartamento la encuentro aún dormida; descansa, apenas comienza el domingo. 

—Relájate. Estoy aquí contigo. Te pienso mientras mis manos evitan acariciar tu pelo. 

Dejó a Irene en sus sueños, me desnudo en silencio para ducharme con calma, para disfrutar del domingo y de ella cuando despierte. 

Vivimos en nuestro pequeño apartamento. Nos acostumbramos a que mucho espacio es demasiado lejos para los dos. Basta una cocina de dos hornillas, la nevera pequeña, el sofá y cuatro sillas. En este hogar no caben dudas o falsas emociones. 

Domingo 8:45 a.m.

Al despertar cuelgas tu cuerpo sobre mis caricias. No dejas que me coloque la franela y mucho menos mi ropa interior. 

— Invité a mi madre a almorzar —mientras te acaricio. 

— Por cierto, te dejó un mensaje muy temprano en la mañana —busqué su celular en la repisa y se lo entregué— ¿Y qué te vas a poner? 

—La panti blanca, por supuesto —me mordió el pezón—. Nos besamos intensamente hasta perdernos en nuestros cuerpos. 

Lo necesario es suficiente para quererse así de cerca. La habitación es pequeña, acogedora, no muy lejos de donde estamos, como una caja de zapato para dejar recuerdos y sentir caricias. La cama es básica. Las almohadas que se quieren para acompañar nuestros deseos cuando el sexo se la pasa despierto. Muchas ventanas, muchas, para sentirnos libres cuando los cuerpos se funden. 

No queremos perder el tiempo en recorridos. 

Domingo 10:50 a.m.

Entre caricias, cuerpos desnudos y pensamientos que se pierden durante el descanso le comento: 

—Voy a comprar el almuerzo. ¿Te gustaría sushi? 

Más que un beso intenso fue un deseo en pausa. Se estaba haciendo tarde. 

Domingo 11:57 a.m.

—Te extrañamos ayer en la cena. Mis tíos preguntaron por ti. 

—Lo sé. Esta mañana conversé con tu tía. Me dijo que estuvo agradable. Me dijo que ustedes se fueron temprano, no esperaron por la torta. ¿Qué les pasó? 

—¿Quieres que te sirva un té? —Irene da dos pasos a la cocina y coloca la tetera sobre la hornilla, sin esperar a que su madre le conteste.

—¿Por qué no llevas sostén? No se ve bien a tu edad los senos colgando debajo de una franela blanca. 

— Mamá, estoy en mi casa, relajada. No me voy a vestir como anoche para almorzar contigo aquí. Si quieres, me cambio, pero es absurdo —contestó con temor al servir el té caliente. 

La madre se queda pensativa con la mirada clavada en su taza. 

—¿Y él? ¿Le gusta verte así? Casi desnuda… 

—Mamá… ¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¿Por qué no fuiste ayer a la cena? ¿Por qué? 

—Tu padre cumplió quince años de muerto ayer. Estaba muy deprimida. No sé qué me pasa. Será que extraño a la muerte. 

—O al muerto, mamá. Al muerto. No vamos a convertir este almuerzo en una terapia. Yo estoy feliz y tú deberías estarlo. Eres joven, saludable, con una familia que te quiere. Tienes a Logan y a Misy, tus fieles gatos. ¿Qué más compañía? 

—Es así… me resigno y despierto viva —se arregla el collar. 

—¡Mamá! Desde hace más de quince años has sido una sombra solitaria. Mírate. De negro hasta la ropa interior. Eres joven y llevas dos vidas muertas en ese cuerpo. ¿No te has visto en el espejo? — le toma la mano y le muestra las uñas—. Mira. La próxima vez te las puedes pintar de color claro. Es absurdo, mamá. 

La madre se encoge, cierra los ojos, saca un rosario de la cartera, lo besa e inconscientemente comienza a rezar. Toma un sorbo de té. 

—Mi tío preguntó varias veces por ti —dijo sin esperar respuesta. 

—Siempre. Siempre está pendiente de mí —la madre se estremece, un recuerdo, un padre nuestro, cerrar los ojos y respirar profundo. 

—Creo que le gustas. Se siente que le gustas desde hace mucho tiempo. 

—Es el hermano de tu padre. Debe sentir algo por mí. Somos familia —se persigna y le da un beso sublime al rosario. 

—Deberías invitarlo a tu casa uno de estos días. Quién sabe, a lo mejor amanece en tu cama junto con una profunda sonrisa en tu cara —toma un sorbo de té y sonríe. 

La madre aprieta el rosario contra su pecho. Cierra los ojos hasta que duele. Toma las manos de su hija, abre los ojos. La mira, retira la taza de té. Las dos se saben bien, se quieren, pero no se dejan. 

—¿Y ustedes no se cansan de estar tan cerca? —pregunta la madre preocupada. 

Las dos se alejan sin retirar la mirada. 

—Todavía no nos cansamos de hacer el amor sobre cada instante. Todavía no. Y estamos juntos mamá… Estamos juntos. Cuando él abre los ojos en la mañana me acaricia sin tocarme, me gusta mamá, todavía me gusta ese deseo congénito que con solo su mirada lo estremezco, así de juntos, mamá, en todo momento. 

Busca la mirada de su madre quien no deja de torcer la boca. Quiere decir algo. “Grita callada”. Diría el marido quien la conocía muy bien. Inquieta, pierde la mirada, quiere salir corriendo. 

Irene quiere abrazar a su madre, quiere sentir sus manos, quiere ese tacto que tanto espera que la quieran. 

—No me tienes que contar detalles. Los detalles déjalos. Siento que algunas veces se ahogan, se ahogan. En esta relación ustedes respiran el aire que el otro respira, no se dan cuenta, pero estar así de juntos los ahoga. No dejes que te ahogue. Respira por ti sola. No se trata, bueno ya sabes, no se trata solo de eso. También debes dejar que él respire, solo. Me lo dice mi relación de muchos años con tu padre, que en paz descanse… A quien todavía amo —se persigna, se arregla el collar. 

—Sabes, sabes que lo amaré, siempre —desvía la mirada, no se deja tocar, se arregla el vestido, se ovilla, se conserva lejana. Se arregla el collar, sujeta su cartera, le sudan las manos, intenta sentarse erguida. 

“Necesitas mantener la calma”. 

—Qué puedo hacer con los zapatos de tu padre? 

—Dile a mi tío que se los lleve cuando se levante de tu cama —Irene respondió con naturalidad, sin que le quedara sentimiento alguno por dentro. La madre reaccionó al instante. Petrificada, con el rosario en mano, en su cara mostró indignación. 

Domingo 12:47 p.m.

Al entrar al apartamento, me quito los zapatos, revelando mis calcetines blancos. 

Entro con la comida en sus respectivos empaques, una botella de vino blanco y una torta de chocolate, que coloco sobre la mesa de la cocina. Mi tía y yo nos saludamos como de costumbre, manteniendo la mirada a la misma distancia. Noté que parecía incómoda y molesta, pero no pude entender por qué. 

Si madre se levantó, se acomodó el vestido y el collar, y salió por la puerta sin despedirse. Desapareció en el pasillo sin cerrar la puerta, dejándola abierta. 

Domingo 12:51 p.m.

Un beso en la mejilla es suficiente. Después los labios. Irene revisa la comida y con delicadeza saca un sushi, lo degusta y sonríe con ganas. Irene evita la situación de su madre, aunque se siente culpable. 

—No perdamos el tiempo en encontrarnos, nacimos el uno para el otro. Estamos en la misma caja. 

—Le susurro al oído, mientras le quito la franela y la dejo con su panti blanca. 

Recorro su cintura. 

Cierro los ojos, me dejo llevar. 

Deja las sandalias en algún lugar. 

Deslizo mis manos sobre su piel, rozo su pecho. 

“Siento su dedo tan cerca de mi sexo”. 

Irene agarra mi mano, la obliga a continuar. 

Nos fundimos en el sofá. 

Un aliento, un temblor, un quiero más. 

La puerta está abierta. 

El almuerzo está listo. 

—Te imaginas la cara de tu madre si nos ve aquí, desnudos, con un orgasmo al mediodía. Se persigna, arruga la cara, tuerce la boca —con los ojos entreabiertos disfruta de ese desprecio inesperado. Abrazados en el sofá, desnudos, nos sentimos agradecidos después de estremecer nuestros cuerpos. 

Domingo 1:42 p.m.

Los dos platos uno frente al otro, con el cuidado y el orden que Irene impone.

—Servir, disfrutar, recoger y limpiar —una y otra vez. 

Al sushi le falta la salsa, a nosotros la ropa; un orgasmo al mediodía. Le doy una nalgada a Irene por encima de lunar que nos intriga. 

Mi tía se marchó, no se quedó para almorzar, para eso vino, estaba invitada, se fue con mi llegada. 

—No es la primera vez que mi madre nos deja cuando apareces —me dice Irene en voz a baja. 

—Yo solo la miré. Ella se levantó y se fue. ¿Hasta cuándo tu madre? Tu madre no me quiere. Siento que no soy merecido. Te cuestiona, me delata. ¿Qué esconde? Te reclama, nos reclama —con los calcetines puestos la acaricio, la abrazo, la entiendo. Nos besamos nos sentamos a comer. 

— No, en la mesa no —Irene camina hasta el sofá para ponerse la franela, igual de sensual, de provocadora, de amor intenso. 

—Tu madre no nos quiere como “Dios nos trajo al mundo”. Necesita su espacio, no el nuestro. El nuestro no, en esta caja no. No necesitamos tenerla cerca. 

—¡Ella también es tu tía! —la puerta está abierta. 

Con los palillos comienzo a comer, no muy diestro por supuesto. En cambio, Irene los utiliza como si comiera con palillos todos los días. 

—Sabía que tu madre estaba aquí. Me dijiste que venía a almorzar. Su partida despertó en mí un repentino deseo de hacer el amor, una rebeldía sexual, de esa que soñamos a menudo. Un salto rebelde de poseerte más de lo que ella te posee. No tenía intención de hacer incómodo el saludo, el encuentro y mucho menos el rato del almuerzo. 

Y de repente, un buen sexo. 

—¿Hasta cuándo tu madre? ¿Hasta cuándo tu padre? ¿Hasta cuándo los zapatos de tu padre? — me dirijo a la habitación, dejando la ropa en el piso mientras camino desnudo hacia el baño. 

—¡Otra vez la ropa en el piso! ¡Otra vez el desorden! —Irene se levanta, solo la panti y una franela cubren su delgado cuerpo. Con rabia dobla la ropa y la deja sobre el sofá. 

Me comenta en voz alta que mi tía está preocupada. 

—¡Dice que nos ahogamos! ¡Ven a comer por favor! —me llama en voz alta. 

—Voy —al llegar a la mesa me besa. Me acaricia, me excita—. No hay mucho que se pueda hacer —sus labios se confunden con los míos mientras coloca su mano en mi miembro erguido—. No hay mucho que podamos hacer para complacer a tu madre. 

Irene se sienta en el sofá. Debe recoger la cocina, pero primero se quita la franela y la panti, deslizándose en el sofá. Con la misma mano que acarició mi miembro, explora su sexo, sintiendo su profundidad. Se da un orgasmo, se estremece en silencio. La observo desde la mesa del comedor, sin querer interrumpir este intenso momento de intimidad y rebeldía. 

—¿Dejaste la puerta abierta? —exclamó, sorprendida. 

—Tu madre la dejó abierta al salir —la abrazo con todas mis fuerzas. Una extraña sensación me embarga el corazón, y sé que Irene siente lo mismo. 

Domingo 3:08 p.m.

—¡Tu padre! —gritó su madre desde la puerta. 

Los dos, cuerpo a cuerpo, no sabían qué hacer. Se sentó y comenzó a llorar. 

—Mi marido, cuando naciste, me decía una y otra vez: “Ponte en mis zapatos. Puedes tener el coraje alguna vez de ponerte en mis zapatos y ver cómo se siente”. Murió. Nunca me puse en sus zapatos, aún los conservo, pero siempre te quiso como su hija. Tu padre no murió hace 15 años, está vivo y aún me ama. 

—¿Quién? ¿Quién está vivo? —te acercas a tu madre “como tu madre te trajo al mundo”. 

—Tu padre. Su padre está vivo —nos miró a los dos por primera vez. 

—¡Dios! Es que ustedes no se dan cuenta —le dice su madre con voz temblorosa y el cuerpo descompuesto. 

—¿Ese lunar que tienen en las piernas no les dice algo? —grita la madre con el rosario en mano. Se lo coloca en el corazón, respira para no perder el control, cierra los ojos. Sí, le falta la respiración —¡Aún lo amo! Todavía amo a su padre. Tu padre no cumplió años de muerto ayer. Ayer tu padre cumplió años. Su padre está vivo y yo lo amo —declaró.

 

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