Ficción
Taure, el Guardián de Kanaima – mención especial del Concurso de Cuentos Narrar la diversidad (2025)
Por Jean Carlos Lugo
*La ilustración de portada de Taure, el Guardián de Kanaima fue hecha por Chat GPT
Taure siempre había sentido que su corazón latía en otra frecuencia. Mientras los demás jóvenes de su comunidad corrían tras venados o entrenaban con lanzas, él caminaba descalzo junto al río, hablándole a las piedras, escuchando cómo los árboles contaban secretos con el viento.
Nació en Kamarata, en el corazón del territorio pemón, entre tepuyes eternos y el murmullo de los dioses escondidos en las cascadas. Sus padres murieron cuando él apenas tenía seis años, víctimas de una fiebre que ningún chamán pudo sanar. Desde entonces, lo criaron sus abuelos, Makunaima y Yara. Él, un viejo sabio de ojos grises como la ceniza, que aún recordaba cuando los hombres hablaban con los jaguares. Ella, dulce como el néctar del moriche, quien tejía con el alma y curaba con cantos.
Fue su abuela quien le habló por primera vez de Kanaima, el dios de la selva profunda. Pero no como lo narraban los guerreros —un espíritu vengador que castigaba con muerte—, sino como un ser que custodiaba el equilibrio entre los corazones. “Kanaima es quien escucha lo que el mundo no quiere oír”, le decía mientras le acariciaba el cabello. “No es hombre ni mujer, es lo que el amor necesita que sea”.
Con Kaiké, la conexión fue inmediata. Habían jugado juntos desde niños, pero la adolescencia los unió en otra danza. Kaiké, ya como un hombre era más grande y era un buen cazador. Taure un día lo descubrió mirándolo con una emoción distinta, como si su presencia hiciera florecer el bosque. Desde entonces compartían secretos bajo el gran samán, tocaban flautas talladas por ellos mismos y se cantaban a la luz de la luna. Un día, Kaiké le tomó la mano, temblando. No hubo palabras, solo un beso que supo al hogar.
Se veían en la espesura, entre las raíces y las luciérnagas. Allí donde el mundo no juzgaba, donde los jaguares dormían y las aves los cubrían con cantos.
Cada día se volvían a ver, ya era más a menudo, se tocaban las manos, se miraban a los ojos y sabían que eran el uno para el otro, en la inmensidad del bosque. Pero nada escapa al ojo del miedo.
Una noche, cuando sus cuerpos se fundían en un abrazo callado, una figura los observó entre los arbustos. Al amanecer, las voces furiosas de los ancianos despertaron al pueblo. Golpes. Gritos. Escupitajos. Los arrastraron al centro del conuco como si fueran bestias.
—¡Abominación!
—¡Los dioses están furiosos!
—¡Esto no es natural!
A Kaiké lo sacó su padre de inmediato, sin permitirle una última mirada. Lo llevaron lejos.
A Taure, el destino le tenía otro sendero.
Esa misma tarde, lo ataron con bejucos de moriche —los que sólo se usaban para los ritos de los traidores— y lo llevaron en silencio al Tepuy Araopán, uno de los más grandes y hermosos lugares donde solo los dioses habitan. Los hombres decían que allí dormían los espíritus más antiguos. Pero esta vez, no iban a despertar sabiduría, sino a sepultar vergüenza.
Durante días, lo abandonaron en una cueva húmeda. El hambre lo hizo delirar. Soñaba con su abuela cantando, con su abuelo tallando figuras en madera, con Kaiké tocándole el rostro.
Lo golpeaban. Le obligaban a pedir, a suplicar, que los dioses lo limpiaran.
—Si no matamos lo que tienes dentro —susurró uno de los hombres—, el dios Kanaima lo hará.
Una noche sin luna, decidieron hacer el sacrificio. Lo ataron a una piedra, frente a una hoguera ritual. La lanza ceremonial brillaba con aceite de serpiente. Su cuerpo golpeado, sus lágrimas mezcladas con la tierra húmeda. Todo estaba listo.
Pero entonces, la selva rugió.
El viento sopló con una fuerza desconocida. Las copas de los árboles se agitaron como si danzaran con furia. Un estruendo partió el cielo, y del abismo de la cumbre descendió una figura.
Kanaima.
Pero no como lo imaginaban.
La entidad emergió entre neblina, alta como un árbol joven, cubierta de raíces, lianas vivas, pétalos sangrantes y escamas brillantes. Su cuerpo era curvo y recto a la vez, una mandíbula firme, ojos como brasas y una voz de múltiples ecos. No parecía hombre, pero tampoco mujer, temible y hermoso, con una energía que erizaba la piel.
—Me llaman para castigar la diferencia. Yo castigo la crueldad.
El primer hombre fue tragado por la tierra. El segundo envejeció hasta disolverse como arena. Los otros dos huyeron, perseguidos por aves negras que salieron de las sombras como flechas vivas.
Taure temblaba. No por miedo, sino por algo más profundo. La entidad se acercó, se inclinó sobre él. Su aliento olía a ceibas, a huesos antiguos, a mariposas recién nacidas.
—Tú no estás roto, Taure —susurró—. El amor no ofende a la tierra.
Tocó su pecho. Las ataduras cayeron como pétalos mojados. Sus heridas ardieron, pero también sanaban. Kanaima le sopló en los ojos. Y entonces Taure vio.
Vio el amor en todas sus formas: dos ancianos pemones abrazados junto al fuego sin miedo, mujeres tejiendo con sus cuerpos desnudos en la orilla de un río, jóvenes de otras tribus besándose bajo la luna. Todo lo que su gente había querido borrar, siempre había sido parte de la selva. El amor entre los dos hombres, dos almas danzando como colibríes en la selva, diosas besándose bajo las cascadas.
—¿Por qué me salvas? —preguntó, llorando.
—Porque tú eres la semilla. Y la selva cuida y fortalece todo lo que crece.
Kanaima desapareció como humo. La niebla lo envolvió. El silencio fue total.
Taure cayó de rodillas. Solo. Pero por primera vez, completo.
No volvió a la aldea. No por cobardía, sino por amor a sí mismo.
El Araopán se convirtió en su refugio. Aprendió a vivir con la tierra. Las raíces le ofrecían yuca, los monos le dejaban frutas, los jaguares dormían cerca, como si lo reconocieran. Aprendió a cantar con los pájaros, a leer las estrellas, a curar heridas con resina de árbol.
Cada vez que podían sus abuelos lo visitaban, cuando ya no estaban, los recuerda cada día en el fuego.
Cada noche, encendía una fogata y contaba su historia al viento, las estrellas y a la luna como una gran diosa que alumbra en la oscuridad. Su voz resonaba en los ecos del tepuy, llevando su verdad a quienes quisieran escuchar.
Con el tiempo, tejió una capa con plumas de guacamayas, con su mirada luminosa, con un cabello largo negro como la noche. Pintó su cuerpo con pigmentos naturales, rojo como la sangre que no fue derramada y negro como la sombra que lo protegió.
Y así, nació la leyenda.
El Guardián del Amor Prohibido.
En las tribus se susurraba su nombre en las noches de tormenta. Algunos jóvenes, sintiéndose distintos, subían en secreto al Araopán, buscando respuestas. Y Taure los recibía. Les mostraba la verdad. No con palabras, sino con miradas, cantos, fuego y silencio. Les enseñaba que no estaban solos.
Una vez, Kaiké subió al tepuy.
Ya no era el mismo joven. Tenía canas en las sienes y una mirada rota. Pero al ver a Taure, el tiempo pareció retroceder. Se abrazaron en silencio. Lloraron bajo el Samán más alto de todos, el cual los había protegido.
No volvieron a separarse. Se prometieron estar juntos ante la luz de la luna.
Kanaima los observaba desde las hojas, desde el viento y desde los ríos, satisfecho.
Porque en lo alto del mundo, donde la ignorancia no alcanza y el viento canta verdades olvidadas, el amor florecía con forma de jaguar y con canto de colibrí el amor prevalecía.
Fin.
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