Ficción

Librerías y Panópticos

por | Mar 31, 2026

Por Juan Manuel Romero

*La imagen de portada de Librerías y Panópticos la diseñó ChatGPT

 

Una lluvia, de pronto.

Otra vez poco dinero.

Salí de la Casa Rómulo Gallegos para que me azotara la lluvia.

El obelisco les hace juego a las líneas del agua. No hay feria del libro por ahí, está lejos eso. Todavía no se va a ubicar por esos lados.

Me refugio en una cafetería de la que me echan educadamente: ¿qué desea? No parecerme a una esponja, le digo.

Esa educación me hizo recordar aquella vez que, unos metros más al sur de donde estoy, en la librería del Banco del Libro, mi morral no dejaba de sonar cada vez que intentaba salir de ahí, ilusionado y triste con los títulos que no me podía llevar.

Esa vez, me atajaron y debí sacar cada una de mis pertenencias y exponerlas en el mostrador. Un suéter. Una bolsa que ya no tenía un sándwich. Un cuaderno en el que estaban apuntados «los mejores». Dos lapiceros. Ningún libro. Ningún libro robado.

La bancolibrera pasó varias veces mi bolso flácido por el maldito detector: el que nunca ha dejado de sonar hasta ahora. Su cínica educación le hizo ver el nombre de mi cédula —porque hasta eso hicieron que le entregara— y decirme: Juan, en tu próxima visita obtendrás un descuento. Descuento, no está de más soltarlo, jamás conseguí, debido a que ni ese día, ni ningún otro, pude comprar algo en ese sitio.

Por supuesto, escampa. Mi rabia también relumbra como ese sol caraqueño que azota Altamira.

Llego a la esquina y me enrumbo como quien va hacia Parque Cristal, que a esa hora era una alucinación: estaban colocando unas placas conmemorativas de una marcha…

El olor de las hamburguesas de McDonald’s vuelve a cautivarme y generarme náuseas al mismo tiempo, cosa que solo me pasaba con los libros: el deslumbramiento con tal autor, el mareo por el precio del ejemplar.

Por fuerza de atracción, otra vez ingresé a Centro Plaza: un espacio de olores repulsivos, donde me creía por algunos minutos —horas, realmente— un pendejo que no era yo.

Entraba allí para ejercitar la apnea, ya que jamás pudieron controlar las emanaciones de la basura.

Me paseaba por allí porque había un (pésimo) restaurante de sushi.

Lo visité una y otra vez porque me permitía ilusionarme mientras caminaba por los abigarrados pasillos de un supermercado de la era pre-bodegón.

En Centro Plaza recaía para volver a ver aquellos chamos reunidos; y, ahora que lo pienso, hoy deben ser hasta mayores que yo —qué miedo—, a jugar unas cartas épicas con poderes.

A ese centro comercial fui a parar docenas de veces porque allí estaba una sala de cine que gozaba de un título tembloroso: pasaban cine de autor y muchos señores mayores —con bufandas— iban hasta allí para deleitarse con películas «no comerciales».

Pero tal vez toda esta enumeración no sirva de nada si no digo la razón principal por la cual, a cada tanto, Centro Plaza me parecía —palabras de un carajito no nacido en la capital— el mejor sitio cultural de Caracas: allí había dos secretos (dos joyas), un par de librerías emblemáticas: Templo Interno y Noctua.

La primera estaba ubicada en una mezzanina y la regentaba el poeta Alexis Romero, librero que una vez me preguntó —algo así como que— si nuestros árboles genealógicos no estaban unidos en alguna parte. Fue la única vez que me atendió más allá de los monosílabos. De resto, a mis preguntas le seguía su desaparición bajo una mesa o en un estante y la posterior aparición con el libro solicitado, su dedo índice apretaba la cubierta y exponía el precio. En otras oportunidades era todavía más escueto: No lo tenemos. En cualquier caso, la pasé bien en ese templo de libros. Una vez, a modo de paradoja, mientras revisaba unos libros de postales de cine, vi que afuera estaba Ednodio Quintero viendo las vidrieras. Por supuesto, no tuve tiempo de reaccionar. Cuando salí, ya se había ido a escribir otro agreste artefacto narrativo.

La segunda era una extensión de Andrés Boersner. Un tipo calmo e ilustre que incluso vio cómo su Noctua se convirtió en piscina.

Su exquisita iluminación de la puerta recordaba otras librerías extranjeras. Entonces yo, con desenfado, entraba allí para volver a plantearme ser otro o creer que entrando allí dejaría —no sé en qué plazo— de ser el chamo poco leído. El asunto crítico es que aún arrastro la sensación de tener pocas lecturas.

Aunque, si soy del todo sincero, lo que me acecha desde una deliciosa sombra, con su gozo plus ultra, es la violenta (y romántica) toma cinematográfica, en la que me “apropio” de un ejemplar —varios ejemplares— y salgo corriendo hacia la avenida soleada o lluviosa, y me carcajeo de los panópticos.

En Noctua, antes de la ridícula huida con mis tesoros de letras bajo el brazo, hubo una oportunidad en que, mientras estaba distraído en la apetecible colección de Compactos Anagrama, sonó el móvil zen que se activaba con la entrada o salida de alguien.

Era un tipo alto, casi enjuto, con un pulóver verde oscuro y pantalón de vestir azul. Aparentaba una sapiencia a prueba de catástrofes. Tenía porte de sabio romano.

Desde luego, el señor Boersner le conocía, o al menos sabía de quién se trataba. Se dieron la mano. El dueño de la librería le espetó así: Aquí tengo varios libros tuyos. ¡Increíble!, era otro escritor.

Sin duda, yo pasé a la mutación. Me invisibilicé y me hice estante. Pero lo que le dijo el señor Andrés después fue demasiado para mí: «Te tengo como deuda, nunca he leído nada tuyo». ¡Espeluznante! Hasta entonces había creído que los libreros se habían leído todo lo que hubiera en su tienda.

Pasada una media hora, entre elogios y discretas sonrisas educadísimas del escritor, terminó la visita. Minutos después, me abalancé sobre los libros de aquel escritor.

En efecto, tenía tres títulos de cuentos. En aquel entonces solo había publicado narrativa corta y sus novelas habrían de llegar mucho tiempo después. Por aquellos días seguía teniendo el mismo rango que Gustavo Díaz Solís: era un cuentista absoluto.

Una vez más, al salir de Centro Plaza, creía que sí atesoraba un rasgo para ser otro: conmigo llevaba —y sin correr— Viviana y otras historias del cuerpo, un libro carnal, de diversos humores, hasta erótico si se quiere, un libro que parecía haber sido escrito malintencionadamente, decidido a apalear la mojigatería.

Desde entonces inició mi predilección por la grandiosa propuesta narrativa de Miguel Gomes.

 

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