Ficción

Ser dueño del balón es como ser dueño de la lluvia

por | Feb 19, 2026

Por Santiago Noguera

*La imagen de portada de Ser dueño del balón es como ser dueño de la lluvia la diseñó ChatGPT

 

Uno crece. Un día te levantas sabiendo que tienes que escaparte a altas horas de la noche para jugar un poco de futbol. No será en la mañana: esos días de juventud descarada se han ido. Ahora es el tiempo de la juventud desgastada, la de la queja prematura. Uno trata de no recordar esos días en los que se podía jugar en cualquier momento; pero es de noche y los sentimientos son traicioneros. Mejor ponerse los zapatos, no pensar en nada y salir a la calle.

Me llevo una botella de agua y un bolsito. También algunos chicles, para la ansiedad. Ha pasado mucho tiempo sin que me animara a salir a la cancha; me resisto a jugar de noche, porque sé que luego viene la costumbre y el abandono definitivo a las caimaneras matutinas. Me siento apagado: el fútbol determina mi ánimo. Pero hoy sí, aunque vaya en contra de mis costumbres, me abro camino en la penumbra para jugar al menos dos partidas. Para eso quedamos los inconformes: migajas de fútbol.

Veo las casas, sus luces y conversaciones que se escapan por las ventanas. La gente vive y hace vivir la noche. Me sorprende cómo vibran las calles. Reconozco entonces lo desconectado que estoy de mi barrio; me incomoda ver a tanta gente activa con la luna en plena jornada. Debería estar durmiendo. Pero no, aquí estoy, bajo un montón nubes amenazantes; en la oscuridad parecieran traer algo más que solo lluvia. Son unos sustanciosos quince minutos los que me toman hasta llegar a la cancha.

Ahora que estoy cerca, puedo ver de lejos a los muchachos: unos juegan cartas, otros hacen barras, algunos, en círculo vicioso, permanecen sentados mientras se pasan el cigarrillo. Todas son caras conocidas, algunas más que otras. Todos somos huérfanos, abandonados por el entusiasmo de una partida de futbol a primera hora de la mañana.

Aún hay que esperar a que se desocupe la cancha y, además, a que llegue el dueño del balón. Los que llevan el balón tienen un poder desmedido. Yo lo tuve alguna vez. Uno desarrolla un complejo de omnipotencia importante. Te pones los zapatos con la lentitud que otorga la calma, que, a su vez, otorga el poder de decisión. El dueño del balón, si así lo quiere, puede quedarse en su casa y joderle la tarde a todos los demás. La omnipotencia te da, además, el libre manejo de la misericordia. Si me da la gana, les presto el balón; si no, pues allá ustedes, resuelvan. Es un poder obsceno, inhumano. Ser dueño del balón es como ser dueño de la lluvia.

El omnipotente aún se hace esperar. Mientras, se dan las conversaciones de siempre: algo de actualidad deportiva, apuestas que se perdieron, la alta a los yankees. A veces alguien se anima a hablar de política y, aunque nadie sabe mucho de cosas tan serias, se opina con sobriedad. De la vida, muy poco, no es común contarse intimidades antes de una caimanera. Lo que importa es que una vez más estamos congregados para llevar a cabo este sacro ritual en el que nos pasamos la pelota y corremos dibujando figuras imposibles sobre el asfalto.

En el cielo aparecen ahora sordos relámpagos. Lloverá, dice alguno; es difícil saber si es una pregunta, una predicción o una sentencia. No, es pura bulla, dice otro. Y siempre es pura bulla, aun cuando minutos después empiece el diluvio. No pasan ni treinta minutos cuando ya se ha decidido de forma unánime que hoy no se juega. Cae un latazo de agua. Quienes tuvimos que caminar un buen trecho para venir miramos al cielo, rencorosos; este nos devuelve la mirada como diciendo, «pudiste verlo venir». Uno termina riéndose: «sí, es verdad». Lo que consuela es que no somos un solitario perro mojado; al fútbol se juega en equipo y no parece un mal plan resguardarse un rato bajo algún techo y conversar. Este diluvio es de esos que matan la timidez y despejan suspicacias. Ahora es cuando uno tiene permiso de preguntarle al compañero cómo se siente, qué tal la vida, dónde te ves en cinco años.

Si la lluvia es como un dios llorando, quizás valga pensar que aquella noche no era correcto llevar a cabo el ritual de pasar y pedir la pelota. O puede que alguno de nosotros haya cometido el pecado de salir a jugar en la mañana. Bajo el techo de zinc que amenaza con caerse no pensamos en nada de eso. El fútbol ha pasado a un segundo plano. Las cortinas de agua reclaman nuestra melancolía. Uno se resiste, pero al final la ofrece, dócil. Nos pasamos el turno de palabra; a diferencia de las caimaneras, somos solidarios, escuchamos, luego comentamos. Sin apurar, sin que nos apuren.

Cuando parece escampar, nos apuramos a buscar otro sitio para refugiarnos. Al mismo tiempo pensamos en si no sería mejor irnos cada quien para su casa: ya es tarde y la lluvia parece agarrar impulso. Yo, que vivo más lejos, me gano la piedad de mis panas, quienes me acompañan hasta donde su paciencia alcanza.

Dos perros nos acompañan. Uno, el típico callejero de raza indefinible; el otro, completamente negro. Ambos están empapados y sonrientes. Cuando llegamos a unas escaleras que marcan la mitad de mi camino de regreso, me despido y continuo el resto del viaje. Un perro se fue con los muchachos y el otro, conmigo. Me escoltaba, como una sombra que se confunde en la oscuridad de la noche. Me invitaba a jugar, arrancaba a correr y de golpe se detenía, esperando a que yo lo alcanzara. Ya era solo llovizna lo que quedaba de la tristeza divina. Cuando ya puedo ver de lejos mi casa, comienzo a sentir un despecho adelantado; el perro negro se adelanta hasta el portón, lo examina, como asegurándose de que sí, ahí es donde debe esperar a que yo llegue. Abro el portón y no puedo evitar mirarlo unos segundos: no vaya a ser que en realidad sea una sombra y yo esté volviéndome loco. Antes de cerrar se me lanza encima, como despidiéndose. Le hago mimos, le digo chau y cierro.

El camino era largo y el perro, negro como una sombra, me siguió, diligente, hasta la puerta de mi casa, en una noche de lluvia, truenos y relámpagos. Uno trata de no pensar en cosas fantásticas, porque es de noche y los sentimientos son traicioneros. Mejor entrar, quitarse los zapatos y tomarse un buen vaso de agua.

 

*Aprende a escribir con Ana Teresa Torres

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