Ficción
Enrique Coll y el humor negro de su literatura
Por L.A
*La imagen de Deberías suicidarte conmigo es de cortesía
Deberías suicidarte conmigo sumerge al lector en un territorio donde la tragedia convive con el humor negro bajo una naturalidad incómoda pero magnética. Los catorce relatos funcionan como dispositivos de precisión milimétrica donde la fatalidad rara vez sobreviene como un cataclismo externo; más bien surge como la consecuencia inevitable de decisiones absurdas, silencios acumulados y la incapacidad de sus personajes para salvarse de sus propias rutinas.
A través de una prosa seca, afilada y quirúrgica, la antología aborda las fisuras emocionales de personajes comunes enfrentados a sus zonas más oscuras:
- La ilusión del control y el vacío: protagonistas que planifican el final de sus vidas con la minuciosidad de un proyecto arquitectónico, solo para ver trastocado su esquema por la irrupción de vecinos cínicos o afectos imprevistos.
- El orden como mecanismo de defensa: relaciones infantiles y adultas marcadas por el distanciamiento clínico, el apego a los objetos inanimados y la necesidad de archivar o clasificar los sentimientos para no quebrarse (como en La virginidad no se promete).
- La profanación y el duelo desmitificado: venganzas conyugales que pulverizan las convenciones sociales —como viudas que celebran su liberación esparciendo cenizas sobre las amantes del difunto en El polvo del difunto— o amantes furtivos que desafían el luto debajo de la cama.
- El territorio y la asfixia cotidiana: el reencuentro postergado de viejas amistades en espacios cerrados que operan como trampas territoriales y ruinas compartidas (como en La cuadra ciega).
- El archivo de la memoria: el resguardo poético y obsesivo de las historias de amor en anaqueles clandestinos para protegerlas del olvido social (como en «La colmena de amor y letras»).
Epílogo
Deberías suicidarte conmigo se inscribe en la tradición del cuento breve hispanoamericano que convierte el absurdo y la neurosis moderna en piezas de relojería emocional. Coll prescinde de juicios morales para retratar a personajes que «aman mal y desean demasiado», ofreciendo una lectura tensa, lúcida y desprovista de artificios complacientes, alineada plenamente con la búsqueda de narrativas audaces, directas y rigurosas que distinguen a su catálogo editorial.
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No se me ocurrió preguntar
Por lo tanto, lo mantenía en secreto con sigilosa discreción. Me daba la impresión de que los demás niños, mi hermano, mis primos, mis amigos, no experimentaban una sensación similar.
¿Cómo se sentiría Ricardo? No parecía tan indispuesto como yo.
Quizás, se sentía igual o peor. Quizás, como yo, prefería disimular. No se me ocurrió preguntar.
La colmena de amor y letras
—Te vi salir de ese edificio al cruzar –se sonrojó.
—Así es. Estuve ahí –dije apenado.
—¿Ahí queda la Colmena o algo así?
El despeño
Siento el derrumbe, el despeño y, entonces, cuando parece que acabará con el terreno, que no quedará rastro de tierra a su paso, cae al vacío, donde puede desplegar toda su potencia a sus anchas, donde nada lo detiene. Se convierte en cascada y llega al pozo que lo aguarda, sereno pero expectante.
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