Ficción

Los amores cobardes no llegan ni a amores ni a historias

por | Abr 24, 2024

Por Alicia Chávez

*La imagen de portada de Los amores cobardes no llegan ni amores ni a historias fue producida por Copilot.

 

Cuando conocí a Alfonso mi disco preferido de los Beatles era Magical Mistery Tour y mi canción Your mother should know porque me gustaba mucho más la voz de Paul que la del resto del grupo. Para ese entonces, Alfonso no tenía un disco preferido, pero le gustaban todas las canciones de George Harrison. Era más fan de John Lennon, pero decía que recién había descubierto que George era mejor músico. Cursábamos cuarto año de secundaria y, aunque yo tenía mi grupo de amigas, tenía más cosas en común con Alfonso que con cualquier muchacha de dieciséis.

Vivíamos en Maracaibo, una pequeña ciudad que por petrolera pintaba como la segunda más importante de Venezuela, popular por su lago y un sol muy intenso que condenaba a sus habitantes a padecer un verano sin final. Alfonso y yo éramos vecinos y compartíamos el mismo transporte hasta el colegio que quedaba cerca de una de las orillas del lago. Cuando la humedad apretaba él se las arreglaba para conseguir un aventón y fugarnos de clases; como el edificio estaba muy alejado de la autopista salir a pie no era opción. Mientras todos estaban entretenidos en el segundo recreo, yo le lanzaba nuestros morrales por la ventana de atrás y cuando era el momento de subir a los salones me escabullía al estacionamiento de primaria, donde esperábamos al lado del carro o camioneta de algún mensajero o repartidor oportuno que nos sacaría del colegio. Terminábamos en mi casa jugando Mario Bros 3 en el aire acondicionado. Cuando estudiábamos en grupo él coqueteaba con mis amigas que eran más delgadas que yo. Lo hacía desde una auténtica seguridad que no había visto en otros muchachos de mi edad, sobre todo porque nos hacía reír. Si no había trabajos en grupo él pedía venir a mi casa a hacer las tareas juntos y yo le compartía mis apuntes. Su papá le había prometido que si se graduaba con buen promedio podría irse a vivir con él a Caracas. Por eso se la pasaba en mi casa casi todos los días. Me sorprendía que mi mamá se sintiera cómoda con él, tenía el pelo largo y fumaba. Un día Alfonso me preguntó si podía almorzar en mi casa, “mi mamá se fue de viaje y mi hermano se gastó la plata de la comida”. Así fue como empezamos a comer juntos también. Hablábamos de todo, y siempre terminábamos en desacuerdo: desde si Fito Páez era mejor que Charly García, hasta la temperatura en la que cada uno prefería la leche del cereal. Si yo hablaba del Ave Fénix de los Caballeros del Zodiaco, él respondía con Jean de los X Men. Si yo decía Stephen King él me decía Herman Hesse, y así.

Mis padres organizaron una pequeña celebración la noche de graduación de secundaria. Alfonso no había logrado el promedio para graduarse antes de las vacaciones, iba a ir a recuperatorios. Pensé que no lo vería ese día, pero él se apareció en mi casa con una botella de vino de manzana y su guitarra. Había cursado los últimos años de secundaria con él y no tenía idea de que tocara la guitarra. Sorprendida lo vi empezar su improvisado recital con Something, su canción preferida de George Harrison. Siguió con Polaroid de la locura ordinaria y Rezo por vos, y después Ojalá de Silvio Rodríguez, a quién yo no había escuchado jamás. Esa noche me enteré de que Alfonso era admirador del Che y los ideales cubanos. En la Venezuela democrática de mediados de los noventas, jamás había conocido a nadie de mi edad con “ideología”, de hecho, no conocía a nadie que tuviera siquiera ideas.

Aunque yo quise estudiar Letras mis padres me “sugirieron” que me fuera por Periodismo, porque era más “rentable”. Cuando llegaba de mis clases ahí estaba él esperándome en la banca de la entrada de mi edificio, con su guitarra. Entre cigarro y cigarro, yo le contaba cuánto me aburría en Teoría de la Comunicación, él me contaba de lo cansado que estaba de pelear con su hermano y de que su mamá nunca estuviera en casa. Yo le pedía que cantara La era está pariendo un corazón, algo invisible lo poseía y la energía de su voz borraba todo lo malo del día; además notaba que lucía diferente cuando tocaba: los rulos sueltos se le batían por la fuerza del ras a las cuerdas, y la postura de su cuerpo mutaba en extensión del instrumento. Después de cenar se iba y al llegar a su casa me saludaba desde su balcón antes de apagar la luz.

Pero llegó mi prima de visita, la alta de lacia cabellera y el culo más lindo, y todo cambió. Cuando Alfonso la conoció las canciones y los chistes fueron para ella. Perdí la cuenta de las veces que le tocó Mariposa Tecnicolor. Una de esas noches en las que mi casa se volvía punto de encuentro de conocidos y desconocidos, él se trajo su copia de VHS de la película The Magical Mistery Tour… le dio play y se fue al balcón a conversar con mi prima; mientras Paul me cantaba The fool on the hill la escuchaba corear entre risas: “yo te conozco de antes, desde antes del ayer”.

Mi prima nunca tuvo interés en Alfonso y aunque con su partida todo había vuelto a la normalidad, ya yo no lo veía igual. Sentía una total y absoluta necesidad de él, como si su presencia en mi vida se hubiera revaluado. Me compré un CD copiado de Éxitos de Silvio Rodríguez y descubrí que ni Silvio cantaba mejor sus canciones que Alfonso. Si no me llamaba lo llamaba yo, y cuando no sabía de él me pasaba el día entero vigilando desde mi balcón el suyo. Cuando mi hermana me dijo que quería aprender a tocar guitarra hice que se comprara una para que él viniera a darle clases y pasara mucho más tiempo en casa. Empecé a llevar un diario en donde hablaba sobre la escalada de sus arpegios en mí y de la tristeza de sus ojos al final del día. Estaba segura de que yo también había significado para él un oasis en la desértica adolescencia. Y que aún seguíamos descansado uno sobre la espalda del otro como incomprendidos. Tenía la certeza de que él sabía que, si había algún lugar a donde él pertenecía, era conmigo. Me decidí. Deslicé una carta de cuatro hojas dobladas debajo de la puerta de su casa en donde le revelaba lo que sentía, y la traducción en español del bonus track de mi disco preferido de Alanis Morissette. “Si sientes lo mismo que yo, ven a mi casa”, decía el sobre. Cuando tocó el timbre eran pasadas las diez, nunca había venido tan tarde. Nos sentamos en la banca de siempre y cuando iba a decir algo, no se atrevió. Solo abrió la boca para decir trivialidades sin mirarme a los ojos. Al final empezó a llover y se fue.

Desapareció. Dejó de ir a mi casa y de llamarme. No sabía si comía ni qué hacía todo el día. Me compré unos binoculares para poder ver dentro de su casa desde el balcón y lo peor de todo: lo extrañaba con un dolor físico que ni Shakira con su Antología de pies descalzos podía contener. Vi los días hacerse semanas, hasta que, meses después, una tarde, tomaba una siesta cuando escuché una guitarra, la tonada de Here comes the sun.

—Tu mamá me dejó entrar a tocar la guitarra de tu hermana.

—¿Y tu guitarra?

—Tuve que venderla…

Encendió un cigarro y me lo ofreció.

—¿Quieres que toque algo?

—Sí, toca Quién fuera de Silvio…

Volvió a desaparecer. Mucho después, un 31 de diciembre, mientras me arreglaba para salir a celebrar el fin de año, Alfonso volvió a aparecer de la nada: “¿puedes hacerme una trenza?”. Llevaba la camisa por dentro de un pantalón de plises. Se sentó sin mirarme y yo, obediente y conteniendo la respiración, peiné y ordené sus rulos limpios en lento silencio. Así como llegó se fue, dejándome el olor de su pelo en mis dedos. En algún momento del año siguiente supe que había empezado a salir con una amiga de su hermano. Después que había estado llamando a la prima de una de mis amigas. Pero lo peor fue saber que estaba viendo a la vecina del primer piso. Las noches en las que sabía que él estaba en su departamento eran largas y eternas a la espera de verlo irse. Me fumaba las horas, esperaba en el balcón contemplando el amanecer bajo la mirada curiosa del encargado mientras regaba el jardín.

Terminando mi carrera, conseguí hacer las pasantías en un diario en Mérida, una ciudad de clima frío a seis horas de Maracaibo, así que empecé a viajar con frecuencia. Mi mamá me contaría que, durante mis ausencias, al menos dos veces, se consiguió a Alfonso sentado en la banca frente a la entrada de nuestro edificio.

—¿Quieres subir a tocar la guitarra?

—No, mejor cuando ella regrese.

Nunca me atreví a preguntarle qué pasaba por su cabeza, qué era lo que no me decía, por qué no lo decía, me conformé con esperar a que viniera a mí, así fuera de a ratos. En Mérida empecé a perder trabajos porque prefería estar de fiesta con mi novio que bailaba como Mick Jagger y que usaba pantalones al filo de unas caderas sensuales y masculinas. Cuando finalmente me quedé sin trabajo ni dinero tuve que volver a Maracaibo, a mi casa. Fumando, echada en mi cama, solo veía videos de música y repeticiones de Friends. Una noche Alfonso apareció otra vez. Tenía el pelo más largo y estaba más delgado. Me senté en la cama y él se acostó con su cabeza sobre mis piernas. El cuarto estaba lleno de la luz azul que salía de la televisión, sonaba una canción que se llamaba Abismo que siempre nos gustó a ambos. Yo acaricié sus rulos desparramados sobre mis caderas todo ese rato, hasta que se quedó dormido en un sueño ligero que lo hacía parecer un niño. La semana siguiente se fue a estudiar Cine a San Antonio de los Baños, en Cuba.

Yo no pertenecí demasiado a Maracaibo y tampoco me creí mucho eso de ser periodista, así que me mudé a Caracas en donde logré colarme en la televisión escribiendo guiones para un programa de viajes y turismo cultural. Escuchando conciertos de Soda Stereo y Manu Chao, viajé por caminos de tierra reseñando un país que se suponía hermoso, pero al que ya se le empezaba a ver las costuras por el caos político hasta en los pueblos más remotos. Después de un tiempo más en Caracas, yo también dejé Venezuela.

Hoy, si me preguntaran por los Beatles, contara que estoy tremendamente obsesionada con la canción Tomorrow Never Knows, apareció en un capítulo de mi serie preferida Mad Men para despedir la inocencia de la era de los sesentas; también diría que mi disco preferido es Abbey Road porque jamás se volvería a escuchar a un John Lennon más sensual. Ya no fumo y hace muchísimo tiempo que dejé de escuchar Silvio Rodríguez, no solo porque no me gustara tanto el tono de su voz, sino más bien porque, desde mi exilio provocado por la dictadura, sus ideas me aburren.

Volví a recordar a Alfonso cuando Paul McCartney cantó Something durante su último concierto en Buenos Aires en el 2016. También, cuando Fito Páez cantó Brillante sobre mic durante la gira por los 30 años de Amor después del amor: una seguidilla de fotos de amigos en tiempos pasados, en el balcón de mi casa, pasó en mi mente; en una de esas, una foto de él con la guitarra en la mano y un Belmont colgándole de la comisura de la boca. A ambas publicaciones en Facebook Alfonso le regaló un Like, desde Quebec, Canadá. Tiene dos hijos y varios premios a la mejor edición de sonido en documentales y cortometrajes en francés. También, le han gustado fotos de mi hijo, y en las que saliera con mi mamá y mi hermana. Nunca alguna en donde salga con mi esposo. Hace poco me felicitó por la publicación de mi primera novela. En una foto en donde salgo con un ejemplar entre mis manos comentó: “Qué talento, mi estimada, qué talento”.

 

*Esta historia fue distribuida por Autores Venezolanos en Argentina.

*Mira, vale, deja de preguntarte si eres bueno o no escribiendo, si podrás o no terminar esa novela en la que tienes tanto tiempo pensando. Mejor ponte a aprender de una de las mejores escritoras del mundo hispano, Ana Teresa Torres, e incríbete en su taller: ¿Cómo se escriben las novelas?

1 Comentario

  1. Valentina Itamary Bs As

    Precioso relato de adolescencia y «paraísos perdidos», que vuelven de tanto en tanto.

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