Ficción

Desde la pecera

por | Feb 14, 2024

Por Becky Plaza

*La imagen de Desde la pecera fue creada por Copilot

 

El mejor recuerdo de aquella época es que podía mirarla todo el día a través del vidrio de mi pecera sin que ella lo notara. Era una niña de unos veinticuatro años, menuda como una flor, tan amable como honesta y con una sonrisa blindada que me dejaba desarmado apenas me saludaba. La recuerdo revoloteando de un lado al otro como una mariposa en primavera, tarareando canciones viejas y vestida con camisas de fútbol o beisbol. Era la pasante que el departamento de Recursos Humanos nos había asignado para revisar nuestros procedimientos y ajustarlos a las normas de calidad con la que la empresa quería certificarse. Me tocó la pasante más linda.

Cada viernes me entregaba sus reportes de avance para que los evaluara y se sentaba frente a mí con sus grandes ojos negros expectantes para saber si lo que había hecho me gustaba. Era tan audaz que me presentaba el procedimiento tal como funcionaba, y me daba una propuesta de cómo debía simplificarlo y automatizarlo para reducir costos y tiempos. Su cara de niña contrastaba con la profunda comprensión que tenía del negocio de producir y distribuir calzados.

Era tan apasionada por su trabajo que me hacía sentir culpable por la frustración que sentía con el mío. Una vez la oí decir que estudiar Ingeniería industrial fue lo que decidió el CNU para ella, pero que al graduarse y comenzar a ejercer se pagaría su carrera de cineasta. No quise romperle sus ilusiones, pero yo pensaba lo mismo a su edad. Pasaron los años y me quedé siendo un músico frustrado.

Por cierto, soy Andrés, tengo 45 años y vengo a contarles la historia de cómo terminé enredado con Joanna, la chamita de los dientes de lata que amaba el beisbol y defendía a capa y espada al fútbol nacional, aunque sabía muy bien que era de mala calidad. Cuando la conocí, yo tenía treinta y dos años, un matrimonio fallido a cuestas y una crisis existencial que se intensificó cuando me enganché con ella.

Mi matrimonio con Valentina era la consecuencia de un tórrido romance que comenzó en el bachillerato y que pensamos que nos alcanzaría para el resto de la vida. Nos casamos recién graduados de la universidad, jóvenes y salvajes como éramos, pero nuestro romance se vio estorbado por un “hasta que la muerte los separe”, que se nos hizo muy pesado año tras año, tanto que terminó instalando un muro justo en el medio de nuestra cama. Tal vez éramos muy jóvenes e inexpertos para comenzar el resto de nuestras vidas.

La cotidianidad era una guerra constante entre lo que ambos queríamos y lo que debíamos. Mutamos, crecimos y nos convertimos en monstruos incapaces de reconocerse el uno al otro, y más incapaces aún de reconocer por qué habíamos elegido pasar nuestra vida juntos. Vivíamos realidades distintas bajo un mismo techo. Yo me hice adicto al trabajo para huir de mi casa y ella se obsesionó con la astrología a niveles insólitos. Ponía la casa patas arriba para limpiarle la energía si la luna llena estaba en piscis, y se negaba a usar tecnología si mercurio estaba retrógrado.

Yo, que soy un agnóstico confeso, no solo extrañaba a la Valentina que lo cuestionaba todo, sino que comencé a agobiarme de sus constantes estudios sobre la posición del planeta y la influencia que tenía en nuestras vidas. ¿Sexo? Dependía de donde estuviera venus. ¿Cenar afuera? Dependía de la influencia de la luna en su ascendente. ¿Un viaje de fin de semana largo? Imposible si la luna estaba en Géminis. Llevarle el ritmo cambiante a mi esposa era un maratón agobiante y entonces apareció Joanna de la nada, que era tan terrenal y realista, que hacía que lo etéreo de mi esposa me doliera hasta los huesos.

Nunca propicié nada con Joanna. Nunca le conté la emoción incontrolable que me causaba el olor de su perfume cuando me saluda en las mañanas y lo dejaba pegado a mi mejilla. Tampoco le confesé que tenía cientos de fantasías con el trío de lunares de su pecho izquierdo, ni de los gestos y miradas que guardaba en mi memoria para recrearme en mi soledad. Me conformaba con verla a través del vidrio. Con soñarla en silencio. Ella estaba ahí, cercana pero no a mi alcance. Yo tenía muy claro que era un hombre agobiado al que la presencia de Joanna le daba una ilusión que le servía de bastón para no perder el equilibrio.

Una tarde de cervezada en la fiesta de cumpleaños que la empresa organizaba a final de mes, me pasé de tragos y confirmé los chismes sobre mi fracaso matrimonial. Les dije que mi esposa odiaba la barba y que me la había dejado crecer con la esperanza de que me viera y le naciera el deseo de afeitármela

—¿Será que se lo pido? –pensé en voz alta.

Una profunda tristeza se asomó en su mirada y me dijo con voz quieta:

—Andy, hay cosas que no se piden. Nacen o no nacen.

Me sentí desnudo ante la punzante verdad que acababa de decirme entre líneas: mi matrimonio estaba acabado y todo el mundo lo sabía menos yo.

Esa noche seguí la fiesta por mi cuenta en una barra en Las Mercedes. Encontré una vieja tasca a la que convertí en mi nuevo hogar durante los siguientes meses; en especial los jueves de Ladies Night, en donde me ahogaba en sexo y alcohol con la primera mujer que quisiera llevarse un amante casual a un hotel barato. Los labios extraños recorriéndome con anhelo me ayudaban a olvidar la frustración que sentía porque mi esposa, que solía amarme con tanta pasión, ahora sentía asco de mi olor corporal. Estaba lleno de odio contra Valentina, su equilibrio astral y sus rituales holísticos de sanación del alma. Pero sobre todo me odiaba a mí mismo, a mi miedo a estar solo y a la falta de valor para pedirle el divorcio.

—Andrés, necesitamos dejar esto o vamos a odiarnos por el resto de nuestras vidas –me dijo Valentina la última vez que me miró a los ojos.

—Tienes razón. No podemos seguir pretendiendo que somos una pareja o que esto funciona. ¿Nos separamos un tiempo?

—No, Andrés, yo quiero el divorcio.

—Entonces tramitémoslo cuanto antes, Valen.

Me sonrió como hacía años no me sonreía: con un amor absoluto.

Esa mañana de domingo pautamos los acuerdos del divorcio que ejecutamos de común acuerdo y en estricto silencio. Sus padres nunca me perdonaron que no la rescatara del lugar de donde ella no quería ser rescatada; los míos aun no me perdonan “que les manché el apellido”. Nadie entendió que el mayor acto de amor que nos dimos desde que nos conocimos no fue casarnos sino comprender que debíamos separarnos. Ahora que la veo feliz de ser la astróloga más popular de Latinoamérica, con sus miles de seguidores y sus recomendaciones cabalísticas, lo sé con absoluta certeza.

Pero saber que el divorcio era lo mejor para ambos no me quitó el sentimiento de fracaso. Eso, sumado a la presión familiar y el incipiente quiebre económico por la separación, me dejaron tirado en la lona de mi salud emocional. Mientras tanto, veía a Joanna convertirse en una mujer madura y fuerte del otro lado del vidrio.

Cada tarde salía corriendo a subirse a la moto del noviecito que la pasaba buscando para llevarla a la universidad. Su tiempo como pasante había terminado y ya casi no nos hablábamos; sin embargo, supe que estaba estudiando cine. En las tardes se iba muy rápido y en la hora del almuerzo siempre estaba enredada editando algún video o escribiendo algún guion en un minilaptop canaimita, que cargaba siempre consigo y que la hacía sufrir por no ser el equipo adecuado para sus tareas.

Yo quería comenzar una nueva vida desprendida de todo lo que estuviera relacionado con la anterior, así que decidí vender o regalar todo. Resolví que quería que ella tuviera mi laptop, le daría más utilidad que yo y dejaría de sufrir con los programas de edición. Aún la recuerdo negándose a aceptarla gratuitamente con los ojos llenos de lágrimas contenidas, y a toda la oficina hinchando mi iniciativa hasta convencerla de aceptar. Sólo accedió bajo el estricto acuerdo de pagármela cuando hiciera su primera película exitosa.

Mi situación personal terminó afectando la calidad de mi empleo y el departamento de recursos humanos me instó a tomarme los dos periodos de vacaciones que tenía pendientes. No había forma de negarme y me compré un boleto para estar un par de meses en Nueva York con mi hermano mayor.

Una tarde mientras veía a mis sobrinos correr en el Central Park, me llegó un mensaje suyo diciéndome que la habían llamado de una productora de contenido ubicada al otro lado de la ciudad y era el trabajo de sus sueños. La insté a tomarlo, aunque sabía que ya no la vería a diario desde mi pecera. Y así fue, no volvimos a vernos durante más de un año. Nunca dejé de escribirle y seguía sus pasos a través de las redes sociales con infinito interés, mis “me gusta” no faltaban en ninguna de sus publicaciones.

Ahora el vidrio desde donde la veía era el de la pantalla de mi celular.

Nos reencontramos en el mismo local nocturno de Las Mercedes al que no había vuelto desde antes de irme a Nueva York. Esa noche me animé a ir con los compañeros de la oficina a despedir a uno de ellos que se iba del país, y ella también se plegó al llamado de fiesta. Cuando nos vimos se me abalanzó encima y me envolvió en un fuerte abrazo que me hizo descubrir el olor de atrás de su cuello.

Hablamos de nuestras vidas, brindamos por mi divorcio y por su primera dirección de video musical para una bandita local de reggae, cantamos a voz en cuello lo que fuera que sonara en el local y nos embebimos uno del otro. Si le preguntan cuándo se enamoró de mí, seguro les dirá que esa noche cuando nuestros cuerpos amelcochados en pasión bailaron juntos por primera vez el merenguito de Chino y Nacho que estaba de moda. Y tiene razón: nunca volvimos de ese baile.

La subí por primera vez a mi carro esa noche y todo se llenó de ella. La ansiedad de tenerla sola conmigo me empujó a agarrar la Cota mil para llevarla directo hasta su casa en La Pastora, pero me pidió que paráramos en el mirador. Nos sentamos a contemplar Caracas en un silencio tan ensordecedor que apagaba la chispa con la que arrancó esa noche

Viendo mi inocultable angustia, Joa se viró para decirme algo de la luz de la luna sobre la ciudad y la atrapé por la cintura, la atraje hasta a mí y la besé hasta que me quedé sin aliento. Ella se dejó besar con timidez, sin moverse. Me detuve al darme cuenta de que no lo estaba disfrutando y me sentí como un completo idiota. Le pedí disculpas por dejarme llevar así y le pedí que subiera al carro para llevarla hasta su casa.

—Andy, espérate –me dijo. Se levantó, se paró frente a mí, y, mirándome a los ojos, continuó–. Déjame hacerlo a mi manera –se recostó contra mi cuerpo y me besó con ternura y paciencia. Su beso estaba lleno de paz y ternura. El mío había sido una maraña de urgencias.

—Llévame a casa –me pidió–. No a la mía, a la tuya.

Le ofrecí la llave del carro:

—Vamos a donde tú quieras –respondí.

Puso la llave en mi mano de regreso y cerró mi puño con fuerzas

—Confió en ti –y se subió en silencio al asiento del copiloto.

Mi apartamento era un desastre de cajas de mudanzas que seguía sin desempacar. Me disculpé con ella por el desorden y me respondió:

—Tranquilo, que cuando me mude para acá la decoraré: haré un árbol de rollitos de papel toalé en esa pared, abusaré de los vinilos con frases buenas vibras y pondré una alfombra de huevo frito en el centro de la sala.

Nos reímos con sus ideas de decoración y nos bebimos los restos de una botella de ron que había en mi cocina mientras ella cocinaba pasta con atún. Hablamos, jugamos, nos besamos, nos descubrimos a media luz y con paciencia.

Desperté con la curva de su espalda desnuda recortando la pared vacía de mi cuarto y sus cabellos regados sobre mi almohada. Abrió los ojos un poco después que yo y con una mirada pícara y la risa contendida me dijo:

—Sabes que no le puedes decir a nadie que me conquistaste, ¿no?

—¿Ah no? Será nuestro secreto –le respondí sonriendo

—¡No, no es eso! Cuando acepté ir al bar, lo acepté con la intención de que esto nos pasara. Fui porque quería desnudarte.

—Te creo –le respondí, regresándole la sonrisa. Ella siempre me había desnudado de formas en las que ni siquiera sabía.

Han pasado siete años desde aquella noche y la practicidad de mi chamita sigue siendo mi cable a tierra. Ya no es tan menuda e inquieta como en aquellos años, pero sigue canturreando canciones mientras está concentrada en su trabajo de posproducción de videos de banditas locales en cuyo talento cree tanto o más de lo que cree en el fútbol nacional.

Cuando desempacó sus cosas en casa, sacó de su maleta una bolsa de regalo y me dijo:

—Bueno, lo prometido es deuda.

La alfombra de huevo frito ha sido desde entonces la testigo más fiel de nuestras vivencias. Sigo siendo el loco que la mira con avidez. Solo que ahora nada conmigo en el mismo acuario.

*Esta historia fue producida en el Club de escritura, moderado por Lizandro Samuel.

 

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5 Comentarios

  1. Patricia

    Qué linda historia.
    Me gustó mucho.

    Responder
  2. Alejandro

    Disfruté el relato y hasta me identifiqué, en cierto modo, con Diego.
    Sigue adelante contando historias!

    Responder
    • Steffania Sanchez

      Hola, termine de leer la historia y de hecho la leí varias veces y no identifico a Diego, quedé perdida en tu comentario… Diego del relato de “Tus huellas en la web”?

      Responder
    • Eury

      Me encantó el relato, lo súper disfruté 😍

      Responder
  3. MARIA CARLOTA

    Me encantó tu relato y me gustaría leer los próximos que hagas.
    Un abrazo

    Responder

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