Ficción
Fetiche
Por Luis Guillermo Franquiz
*La imagen de portada de Fetcihe fue tomada por Michel Barbagallo.
¿Hace cuánto que me gusta así, con tanta intensidad? Me gusta su cuerpo. Es perfecto, pero tal vez no lo sabe, o no le importa. Me enciendo como una hoguera cuando me mira sin parpadear, fijamente. Todas mis respuestas se vuelven involuntarias. Es como un juego que disfrutamos sin saber hasta dónde podemos llegar. Es perfecto. Es hermoso. Es único. Sus manos suaves y sus piernas tan velludas, hacen un contraste enorme sobre su piel pálida, casi transparente. Ojalá no me mirara tanto, para poder disfrutarlo a mi antojo, sin interrupciones. Quiere que beba de nuevo. Otro sorbo a la botella. Debo ir con cuidado, no quiero intoxicarme demasiado; permanecer lúcido, concentrarme en eso. Pero no puedo decirle que no. Finjo indiferencia ante el nuevo pitillo de marihuana. Ríe. Los dos se ríen. Comparten una risa que parece ajena y lejana para mí. Hay un aguijonazo de celos que me empeño en ignorar. Sonrío. Disimulo. Amigos de muchos años, eso es lo que dice él, lo que repite Yoel. Supongo que es normal. Se conocieron y fueron amigos. A todos nos ha pasado algo igual. Nadie es una isla. Pero envidio un poco la camaradería que ellos transmiten, que disfrutan sin dar explicaciones; se entienden aun cuando el otro no finalice las frases. Me gusta ver su sonrisa empujando las comisuras de su boca hacia arriba mientras mantiene los labios firmes y apretados. Una sonrisa pícara, cómplice, adictiva.
—¿Qué tienes? –pregunta.
Encojo los hombros para responderle:
—Nada. ¿Por qué?
—No sé… Pareces ausente. ¿Estás aburrido? ¿Quieres otro trago?
El tono de su voz me emborracha más que el licor. Quisiera cerrar los ojos y hacer que me hable en la oreja, toda la noche, hasta explotar con cada estremecimiento de mi cuerpo. Estoy excitado, no es algo que pueda evitar. La simple cercanía de su cuerpo me hace sentir enervado, entusiasta, expectante; pero el aroma de la marihuana me desconcentra. Era un tema tabú entre nosotros. Él prefería no decirlo, no confesarlo, como si temiera que yo lo fuese a juzgar. No sabe que ya a mi edad vengo de regreso de muchos asombros y descubrimientos. Le devuelvo la botella con un gesto de agradecimiento. Ellos me observan y se ríen. Pareciera que se burlan de mí, pero sé que se trata del efecto de lo que fuman. Es algo inconsciente. Desearía que Yoel no estuviese aquí, pero lo necesito. Su presencia ayuda a que Carlos se desinhiba, aunque sigo sin entender por qué. Nos relajamos. Siento que nos relajamos. Yoel se mueve para acercarse a Carlos y Carlos vuelve a mirarme mientras sonrío para disimular mi desagrado. No quiero que nada altere este momento, este paréntesis, esta oportunidad de llegar más lejos, aventurarnos en terreno desconocido. Estoy muy excitado. Ellos están acostados frente a mí, en la cama de Carlos; yo permanezco en el borde inferior, como un testigo omnisciente de la escena que se desarrolla ante mis ojos. El pitillo de marihuana ya casi se acaba y luego de aspirar el humo, Carlos me busca con la mirada.
—Ven, chico… ¿Qué haces allí tan lejos? Acuéstate con nosotros.
Yoel también me observa. Es un gesto rápido, precipitado, y ya está otra vez concentrado en las manos de Carlos que sostienen el pitillo. Ríen. Ríen mucho. Parecen dos niños divirtiéndose en un parque al aire libre. Me agrada lo relajado que se ve Carlos. La botella pasa una vez más de mano en mano y nadie dice nada cuando me arrodillo frente a la cama y coloco los codos encima, alargando los brazos hacia los pies de Carlos. Yoel se inclina y muerde su hombro y Carlos se ríe porque quizás no sabe qué más hacer. Hay algo lúdico en los apresurados mordiscos de Yoel, como una cobra agresiva que ataca y se repliega con una sonrisa. Carlos se deja morder sin dejar de mirarme con los párpados entrecerrados y deja que las comisuras de su boca se eleven con lentitud. El ambiente se ha vuelto eléctrico, pesado, espeso y creo que todos lo notamos porque nos movemos con más lentitud. Intuyo que Carlos y Yoel están suficientemente intoxicados para comenzar nuestro juego nocturno. Los preliminares se han acabado. Abro la tercera botella de la noche y volvemos a compartir tragos y sorbos entre sonrisas.
—Hace calor –dice Yoel estirando los brazos hacia arriba y sacándose la franela–. Me molesta la ropa. ¡Fuera!
Los dos miramos a Carlos y él también se quita la camisa sin dejar de sonreír. Su piel resplandece. Creo que sobresale porque Yoel tiene la carne tostada y yo tengo la piel oscura. Pareceríamos un anuncio viejo de Benetton si no fuera porque ellos son demasiado jóvenes y yo me veo demasiado maduro junto a sus cuerpos firmes y medio desnudos. La conversación se extiende entre risas y frases inacabadas de cada uno, pero Carlos permanece inmóvil mientras Yoel se agita acercándose y alejándose de su cuerpo blanco y pulido sin dejar de reír. Yo los observo en silencio y me distraigo con el movimiento de los dedos de los pies de Carlos, muy cerca de mis manos en reposo. Yoel toma la iniciativa y propone otro juego: quiere que avancemos hacia la madrugada sin distraernos con tonterías. No entiendo muy bien lo que dice, pero es algo que se relaciona con nuestros cuerpos y forzar los límites de la tolerancia ajena. Los tres sonreímos y aceptamos con asentimientos de las cabezas. Nos dejamos arrastrar. Yoel bromea sobre la incorruptible heterosexualidad de Carlos y despliega su yo gay como si fuesen los pétalos abriéndose de una flor exótica y misteriosa. Sé lo que quiere. Sé que Carlos también lo sabe. Lo hemos hablado otras veces. Además, es lo que yo quisiera hacer, pero he temido enfrentarme al rechazo de Carlos, su ceño fruncido, su indiferencia. Yoel es mucho más atrevido que yo y se lanza en una apresurada zambullida. La sonrisa de Carlos es como una puerta entreabierta que seduce e invita en silencio. Estando solos, he llegado lejos con Carlos, pero no eran más que flirteos y zancadillas para ver si se dejaba tocar la entrepierna. Conmigo se ha relajado con comodidad porque ya comprendió que jamás iba a cruzar sus límites. Pero esta noche es diferente. Carlos es un chico curioso y disfruta toda la atención que recibe. Hoy sabe que ocupa el centro del escenario y que Yoel y yo sólo queremos complacernos con el gozo que emane de su cuerpo. Él es la diva y nosotros aplaudimos su reticencia mal disimulada mientras enciende otro pitillo de marihuana.
—Ya va… Ya va… –dice Yoel–. ¿Cómo lo hacemos?
—¿Cómo hacemos qué? –pregunta Carlos mirándolo de reojo y exhalando el humo–. ¿Qué es lo que quieres hacer, loco?
—Vamos a jugar, pues, ya lo dijimos. Y tú saliste ganando o perdiendo, porque es contigo con quien vamos a jugar.
—¿Y cuándo decidimos eso? –pero no puede ocultar su sonrisa de complacencia.
De alguna forma silente cada uno intuye que ya no hay vuelta atrás. Yoel se levanta de la cama y busca su bolso, saca un cuaderno y rasga una hoja sin usar. Encuentra un bolígrafo y hace una marca en la parte superior de la hoja, después rasga esa parte en tres tiras largas y asimétricas antes de arrugarlas con los dedos. El resultado final queda a la vista: tres bolas pequeñas de papel. Yoel dice que cada uno debe escoger una bola y a quien le haya tocado la tira de papel con la marca del bolígrafo puede decir primero lo que hará. Carlos fuma en silencio y cruza su mirada con la mía de vez en cuando mientras Yoel se agita en su lado de la cama. Carlos y yo esperamos sin intervenir. Los ojos de Yoel parecen fosforescentes sobre el cuerpo de nuestro amigo y sonríe con una especie de malicia anticipada. Se nota goloso, henchido, firme en lo que se ha planteado hacer. Carlos finge desentenderse de lo que Yoel hace, pero sé que en el fondo se remueve con la misma expectación que burbujea en Yoel y se agazapa en mí. Somos como jugadores en torno a una mesa y todos debemos jugar con las cartas que nos toquen en suerte, o con las tiras de papel arrugadas que cada uno escoja sin saber.
—Listo –dice Yoel después de haber sacudido las bolas de papel entre sus manos apretadas–. Ahora escojan, perras.
Carlos es el primero, luego me toca a mí; Yoel se queda con la bola más pequeña entre los dedos y sonríe. Su tira de papel muestra la marca hecha con el bolígrafo. Carlos y yo nos reímos con carcajadas de aparente resignación, pero ninguna se queja. Creo que ya sabíamos que todo era una simple estratagema de Yoel para salirse con la suya. Es el momento de reclamar el premio. Yoel se arrodilla encima de la cama y dice:
—Bueno, como salí ganando, me toca escoger primero y escojo tu pipí.
Lo expresa con una mezcla de guasa y contundencia que no admite reclamos. Carlos se ríe y me mira antes de preguntar cuándo decidimos eso, pero Yoel no se arredra, al contrario, insiste sin dejar de reír, mostrándose juguetón y alegre. Se ve tan pequeño, más pequeño de lo que es, allí encima de la cama, arrodillado junto al cuerpo inerte de Carlos, quien en un gesto inconsciente se protege los testículos y el pene con la palma de la mano que no sujeta el pitillo de marihuana.
—Te volviste loco, marico –dice Carlos–. Tú a mí no me vas a agarrar mi güevo.—¡Usted se calla porque vamos a jugar!
Permanezco en el borde de la cama, silencioso, con las cejas alzadas y los labios apretados como si quisiera evitar reírme, pero estoy atento a la movida de fichas sobre el tablero, para ver quién gana con la mejor estrategia, aunque sospecho que el final ya está decidido de antemano, sólo queda jugar un poco con las apariencias.
—¡José! –me grita Carlos riéndose–. ¡Sálvame!
—¿Qué quieres que haga? Tú solito te metiste en esa trampa. Ve a ver qué haces ahora…
—¡Suelta! –insiste Yoel–. ¡Quita la mano!
—¡No! Déjame quieto… Yo lo que quiero es fumarme mi monte tranquilo, coño.
—Bueno, fuma, pues, ¿quién te está diciendo que no lo hagas? ¡Quita la mano!
—¡José! ¡José!
—¿Qué pasa? Deja el escándalo, marico.
—¡Ayúdame! ¿Qué hago?
—Ay, ya, deja el show… Te van a meter la mano quieras o no.
—Pero si no quiero… A mí me gustan las mujeres, no los hombres.
—Cierra los ojos y hazte el loco.
Los tres reímos con fuertes carcajadas que no logran disipar la tensión palpable del ambiente.
—No quiero…
—¡Quita! ¡Quita la mano!
La mano de Carlos se aparta con cierta displicencia, un gesto de claudicación que no engaña a nadie. Yoel se mueve con rapidez y sujeta el bulto entre las piernas de Carlos con movimientos torpes y lentos. Nadie dice nada durante los siguientes minutos y Carlos se entretiene dándole caladas al pitillo de marihuana. Yoel finalmente se fija en mí.
—Tú esperarás tu turno, después que yo lo ordeñe, mamita.
Encojo los hombros de nuevo.
—No importa. Hay otras maneras para entretenerse.
Carlos me mira fijamente y la intensidad de su vista clavada en mí me hace estremecer. Yoel introduce la mano por debajo del borde superior del bóxer de Carlos y libera su premio. El pene fláccido descansa sobre el escroto. Un sexo tan velludo como sus piernas hermosas. Conforme Carlos vuelve a llevarse el pitillo a la boca, Yoel hace lo mismo con su pene dormido.
—¿No me vas a salvar?
—No –digo con una sonrisa–. Yo también te voy a atacar, cariño. Lo siento.
—Me cayó un par de hienas, Dios mío…
Mientras Yoel cierra los ojos y mueve la cabeza arriba y abajo para estimular el pene de Carlos, yo estiro la mano para acariciar uno de sus pies. Carlos podía saber que me sentía atraído por él, deseaba su cuerpo, eso era evidente, pero lo que ignoraba hasta entonces era la fascinación que siento por sus pies. La situación era ventajosa para mí porque necesitaba a Yoel para que lo entretuviera, lo distrajera con sus juegos de manos y lengua, dejándome libre para hacer lo que quisiera con los pies de Carlos. En el campo de batalla del cuerpo de nuestro amigo, a mí no me importa luchar calladamente en la periferia, lejos del enfrentamiento enardecido que se produce en el centro de aquella pálida y velluda planicie. Es mi más íntimo secreto y estoy a punto de revelarlo. Acaricio con cuidado la planta lisa de su pie y las puntas de sus largos dedos, con cautela, evitando hacerle cosquillas o quitar su atención de lo que Yoel hace con bastante destreza. Siento que mi excitación se inflama a la par de la de Carlos, quien ya llena la boca de Yoel y ha movido la mano donde sujetaba el pitillo para colocarla sobre su nuca. La pelvis de Carlos sube y baja para penetrar en la boca de Yoel. Es una imagen hipnótica. Es como sentarse en un cine, a solas, para ver una película en tercera dimensión saliéndose de la pantalla. Carlos tiene el pene grueso y eso me gusta mucho, pero sigo prefiriendo la tersura masculina de sus pies.
—¿Qué haces? –dice en voz baja, mirándome por encima de la cabeza de Yoel.
—Nada. Juego con tus pies. ¿Te molesta?
—Nah… Haz lo que quieras. ¿Te gustan?
Asiento con un rápido movimiento. Ya no tengo nada que ocultar. Estoy a punto de desnudarme. Me inclino para besar delicadamente la punta de su dedo gordo. El aroma de su pie me enerva más de lo que hubiese imaginado antes. Cuántas veces me había masturbado fantaseando que hacía lo que hago en este momento. Hay un campo de infinitas posibilidades desplegándose ante mí. Hago varias inspiraciones profundas y vuelvo a besar la punta de su dedo. Carlos me observa y sonríe mientras Yoel se atraganta con su pene ya hinchado al máximo. Es enorme y hermoso y se ve muy duro, palpitante, caliente, húmedo por la saliva de Yoel que desciende hasta sus testículos que se agitan con lentas sacudidas. Esa visión me hace sentir más atrevido y yo también me lanzo con la boca abierta para besar, chupar, lamer, morder, saborear la carne de su pie. Así de cerca asimilo por primera vez lo grandes que son. Sabía que eran grandes, pero no imaginaba que lo fueran tanto. Son tan suaves y tan masculinos a un mismo tiempo. Pies de hombre. Los pies de un hombre muy atractivo, además. Por un breve segundo me pregunto qué debe sentir Carlos mientras Yoel succiona su pene y yo beso y acaricio sus pies. ¿Cómo puede sentirse alguien con semejante protagonismo? Pero él se deja hacer, se abandona, se entrega con los ojos cerrados y aumenta la velocidad con la que su pelvis sube y baja frente a la cara de Yoel. Entonces hay una pausa, una breve interrupción.
—Espera –dice Yoel jadeando–. Marico, lo tienes muy grande y me ahogo…
Carlos sonríe y pareciera encogerse mentalmente de hombros.
—Tú querías. Sigue, sigue…
Empuja con firmeza la nuca de Yoel hacia su erección, pero Yoel se suelta.
—Ya va –dice–. No vayas a acabar todavía. No quiero que me acabes en la boca.
Carlos y yo intercambiamos una rápida mirada de incomprensión.
—¿Por qué no? ¿No quieres mi lechita, pues? Dale, sigue…
—Sí, sí la quiero, pero no en la boca –y sus labios se curvan en otra sonrisa pícara y oscura.
Me desentiendo de ellos para concentrar de nuevo mi atención en las plantas de los pies de Carlos y en el aroma que tienen. Yoel se mueve con la rapidez que le permite su cuerpo pequeño y se trepa al abdomen de Carlos, bajándose el bóxer mientras lo hace y dejando que el pene endurecido se restriegue entre sus glúteos.
—No, man –dice Carlos–. Así, no.
—Cállate.
—No, pero déjame buscar un condón, ya va…
—¿Para qué?
—Coño, Yoel, no sé… Yo no cojo tipos… ¡José!
—No sé. Tengo la boca ocupada.
El tono de voz de Yoel cambia y se vuelve zalamero, insistente.
—Ay, anda, un ratico… Anda…
Alcanzo a oír la inspiración profunda que hace Carlos antes de reírse.
—Coño de su madre…
Pero ya Yoel está manipulando con destreza el pene para introducirlo entre sus nalgas.
—Espera… Espera… Suavecito… No lo empujes…
El aire que antes inhalara Carlos pareciera ahora exhalado por Yoel cuando al fin logra meterse el pene hasta el fondo. Sus caderas tiemblan y se estremecen. Jadea y se queja, pero no desiste. Carlos está inmóvil y espera para reanudar el ritmo de sus penetraciones. Alzo la mirada y observo: el grosor de su miembro desapareciendo dentro del culo abierto de Yoel, como el cuerpo de una serpiente ocultándose en un agujero profundo. Hay algo allí, en esa imagen erótica, que me excita bastante. Soy un espectador, veo el placer ajeno mientras intento satisfacer mi deseo a través de un fetiche impronunciable. El movimiento ascendente y descendente de Yoel se convierte en una visión secundaria, porque Carlos ha abierto sus piernas y puedo subirme a la cama en una posición más cómoda. Los dedos de sus pies se encogen y se abren invitándome a seguir. Escojo el pie izquierdo para besarlo, para lamerlo con cuidado, porque aún me preocupa molestarlo mientras se complace con Yoel. No quiero interrumpirlo, pero tampoco tengo ganas de detenerme. He llegado hasta aquí. Puedo continuar. Dejo que su pie derecho, extendido, se pose encima de mi propia erección. El primer contacto es electrizante, caótico, sublime. Mi pene palpita con anticipación y rebeldía. Carlos presiona con un movimiento delicado y la planta de su pie se ajusta a mi erección enloquecida. Por el rabillo del ojo percibo que su cabeza se asoma detrás del cuerpo de Yoel.
—Mosca con llenarme los pies de leche…
Esa frase me inhibe, me obliga a detenerme, es involuntario; pero Carlos se da cuenta.
—Ah, pues, chico, te estoy jodiendo. No me pares bolas. Hazlo… ¿Quieres que te masturbe con los pies? Dime, ¡habla!
—No, vale, tranquilo… Sigue con lo tuyo…
—Te estoy jodiendo, Joseíto, era jodiendo. No me molesta. Haz lo que quieras.
Intercambiamos una breve mirada. Percibo un grado de complicidad entre nosotros que elude los bruscos movimientos de Yoel. Siento que hay más intimidad entre nosotros, conmigo presionando el pene contra la planta de su pie, que la que él pueda estar desarrollando al penetrar a Yoel. Es muy extraño y placentero al mismo tiempo. Vuelvo a comenzar con lentitud. Carlos mueve el pie para ajustarse de nuevo a mí. Bajo la cara para buscar sus dedos, su aroma intoxicante. Él sigue moviendo el pie y decido quitarme el bóxer yo también. Quiero experimentar la totalidad del placer que puede ofrecerme Carlos y sus pies tibios y fragantes. Cuando me ajusto una vez más a la planta de su pie siento que estoy a punto de volar, de explotar, de partirme en mil pedazos. Qué sensación tan indescriptible. La piel de su pie desnudo y mi mano encima de su tobillo, sintiendo la textura de sus vellos junto a mis dedos. Es el paraíso, sin ninguna duda. No puedo evitar un espasmo incontrolable y eyaculo con violencia, soltando un chorro de esperma que moja su pie y su pantorrilla. Escucho a lo lejos la tenue voz de Carlos diciendo: “¡Coño!”, y su risa. Me esfuerzo por abrir los ojos y contemplar el inusitado desastre que he hecho. La cabeza de Carlos de nuevo asomándose detrás de Yoel, con una sonrisa camuflada detrás de los gemidos de nuestro amigo, ausente por completo a lo que ha pasado. Carlos me mira.
—Ajá, Joseíto…
Intento recuperar el control de mi respiración. Nunca había sentido un placer semejante y eso me desorienta. Durante un momentáneo segundo me pregunto si Yoel pudiera estar experimentando algo parecido y sonrío. Esta noche será inolvidable para todos, lo sé. Ya respiro mejor, con más calma, pero me agobia la vergüenza por la inoportuna eyaculación encima del pie de Carlos. Lo veo: pálido, inmóvil, suave y salpicado de semen. Pienso que quiero más. Me gustaría haberlo prolongado más. Carlos dice una frase ininteligible y Yoel responde con más gemidos. Carlos lo repite, pregunta si hay algún problema en no acabar tan rápido, porque a él le cuesta llegar al clímax con rapidez. Yoel se echa el cabello hacia atrás y responde que no sin dejar de moverse. Yo miro de nuevo el pie de Carlos sin saber que soy observado también. Intuyo sus ojos, la agudeza de sus ojos sin parpadear. Nos vemos en silencio y él sonríe con esa curvatura de sus labios que tanto me gusta. Echo un vistazo a su pene horadando el culo de Yoel antes de concentrarme en sus pupilas.
—¿Ya? –me dice–. ¿Eso es todo? Pensé que querías más.
Sonrío y sé que es una sonrisa que mezcla dosis de entendimiento, aceptación y una parte de la misma picardía que viéramos antes en el rostro de Yoel. Me relajo. Me entusiasmo. Quiero reponerme con rapidez. Huelo el pie que descansa junto a mi codo. Lo acaricio con suavidad, familiarizándome con esa piel tersa y luminosa. Los dedos. El talón. El empeine. Los tobillos. Las piernas velludas. Entiendo que no hay prisas, no hay limitaciones, no hay tabúes que me detengan ahora. Puede que más adelante llegue a probar el gozo del pene de Carlos, no lo sé; pero estoy seguro de que sus pies me pertenecen, son míos y puedo gozarlos a mi antojo. Nuestra madrugada apenas está comenzando y mi erección vuelve a crecer.
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