Ficción
Maneras de ver el sol – Primer lugar de la XIII edición del Concurso de cuento de la Policlínica Metropolitana
Por Juan Manuel Romero
*La imagen de portada de Manaeras de ver el sol fue creada por Chat GPT.
1.
Me propuse sacarle provecho a aquel bicho de dientes pelados, amarillísimos y nicotinosos que trepaba por mi garganta. Lo intenté, a decir verdad. Porque Aquella cuestión solar fue su encendida manera de oscurecerme la vida.
Lo intolerable ocurrió cuando me decidí a colocar en letras su mediodía: apenas me salieron unos arreboles. En realidad, yo lo que quería era intentar manipular su insolación y volverla el aura de un libro que solo quedó minado de ocasos. A ese intento, a ese arrebato, terminé llamándole, más por una urgencia nominal que por dignificar una simpatía cromática: “Elogio a la luz de vísperas”.
Aunque lo mismo hubiera dado llamarle: “Asuntos del declive”, o “Maneras de ver el sol”, incluso “Esto se jodió”. En definitiva, fue un libro agobiante al que no supe darle otro destino que abandonarlo en un concurso.
Resulta temible decirlo, pero tengo para mí que no gané el tal certamen. No en buena lid.
*
En términos –aún más- románticos, el libro nació de un montón de retazos y de su corte de patas. De su constante sombrearme y suprimirme.
Claro que si me declaro fiel a lo que pasó, nunca podré obviar que Meche lo que hizo fue irse con otro. Con un catire grandulón de Los Teques, graduado en diseño gráfico, quien era como dos veces yo.
Meche y él, me enteré después, cayeron muy bajo –y esto es solo un mal chiste–: se mudaron para Holanda. Holanda – Países bajos – cayeron bajo. ¡Dios!
Por el famoso libro mi teléfono hubo de sonar varias veces.
En efecto, terminé por ganar “El concurso de escritura” de un Ministerio donde crear no era precisamente el requisito para escalar o, al menos, para ser tomado en cuenta.
De aquellas aguas encontradas, surgió un nombre: Irma. Ella era la correctora de estilo del Fondo Editorial que me premió. Por la forma como la escuché reír –ella también escupía ese maleficio– nunca pude precisar si en esa editorial me iría mal o me iría pésimo.
A veces, estas cosas hay que despacharlas rápido: me enamoré de Irma porque, creo, no me quedaba otra opción. Para entonces, la sonrisita quemante del despecho solo se podía llamar Meche y sus fantasmas le dispararon a quemarropa a mi autoestima.
Después las cosas ocurrieron a mechones, valga la vulgaridad del despecho ubicuo que me dejó la mechuda de Meche. Y como la ley de Murphy –esa otra vulgaridad– suele meter su trompa en todos lados, entonces Irma salió embarazada.
Nos casamos.
Empeñamos hasta los pelos para comprar un apartamentillito; en Guatire que comparado con una a minúscula, la a tiene pinta de galpón.
El espacio nos resultó insólito, incluso para hablar. Me sentí como el submarinista que ya no distingue si su sudor está más frío que el chorrito de océano que, de pronto, empieza a invadir el casco del navío.
Hubo mucho roce de cachetes para pasar de un sitio a otro. Me incomodó tener que estar pendiente cada vez que estiraba los brazos para no hacerle daño o tumbar algo. Varias veces intenté escribir (incluso a media noche) pero sus arcadas, debido al embarazo insufrible, fueron más persistentes que mis cuentos pasajeros.
Muchas veces debí enjugarle las secreciones que se le escapaban durante aquel fervor. Por su parte, ella nada más podía compensarme con una sonrisa mortuoria.
Y para terminar de hacer aguas el apartamento, nuestros vecinos, bendecidos con el don de lenguas, se esforzaron en cumplir su misión de vida: acabar con los tímpanos del prójimo cada vez que conectaban las cornetas para hacer oraciones de sanación en el nombre del Espíritu Santo. ¡Qué el Padre Celestial ya los haya llamado a su diestra!
Lo recuerdo bien: el primero de junio –justo en la fecha que se cumplía el quinto mes del embarazo de Irma– fue cuando la insolencia de la preclancia nos voló de cuajo la tembleque armonía que ya veníamos arrastrando.
Fue incontrolable. Nos abrimos a la tristeza como una vagina durante un parto natural. Por aquellos días rompí mi marca personal de decir brutal más veces por hora.
De agrio. De piche. De arenoso. Así calificó Irma su vientre. A mí se me volvió arenosa, piche y agria la escritura. La maldita escritura enfatizaba ella.
Por aquellos días fue cuando me topé con unas hojas amarillas. Un lugar común al que me agarré duro para no sentirme agitado como una bandera populista: Irma se fue a la casa de su mamá en Caracas y nunca más regresaría.
Juro que necesité encontrar alguna luz, alguna letra que me ofreciera algún amanecer, o al menos un bochorno diferente. En todo caso, durante aquella primera jornada en solitario supuse (aunque aquello más se parecía a un anhelo) que encontraría dentro de un cajón unas hojas amarillas –doradas por un sol negro- en las que Irma profería una despedida en llamas. No fue así. Las que encontré fueron las del libro de Daniel Matos.
Dentro de lo que cabe, aquella lectura, me brindó una (sepia) epifanía, una reorientación de las posibilidades para seguir narrando. Incluso la posibilidad de ganar dinero por ello. Y, tal vez, darle matices sanadores: contar y olvidar. Lo último no lo logré.
Digo, leí con anacrónica fe a Matos. Incluso tuve la valentía de practicar frente a unos críticos feroces: los niños de mis vecinos, a quienes convidé puerta por puerta al rudimentario anfiteatro de planta baja: las escaleras que dan al primer piso. Con caramelos y Ruffles mediante, la actividad y mi pericia de cuentacuentos se potenciaron.
Luego me interesé en que me vieran los amigos: más mamadores de Estado que de gallo. Estos enseguida mordieron el anzuelo de la oralidad. Al darme la espalda, tuvieron su revelación: mi propuesta era la mejor manera folclórica de entretener al pueblo, invirtiendo la menor cantidad de dinero. Pero en mi caso resultó una mina de plata. Para entonces la “Promoción de la lectura” fue una circunstancial prioridad de la Nación. Por más de dos años, cada fin de semana tenía al menos dos y hasta tres sesiones. Muy bien remuneradas cada una.
Varios meses después, todavía intentando evadir al feto que no logró ser mi hijo, acepté la baja invitación de Meche –sí, la mismísima– para ir a los Países Bajos, a no sé cuál festival de narración oral internacional. Quizás hasta allá fue a dar la fama de Cuentos de lo tenue –así hice llamar a “mi grupo”–. Y como me sonó bien, le compré la idea, el riesgo y el boleto.
2.
Se dice fácil: España uno, Holanda cero.
Así culminó el mundial del 2010. Cuando arribé a Ámsterdam, ese resultado lo arropaba todo. La mayoría tenía aún en la cara el color de las naranjas piches.
Muchos se desplazaban con movimientos mecánicos, ausentes, como si la pasión se le hubiera extraviado con la derrota de su equipo. Este ambiente como de zozobra, como de ganas colectivas de escapar, fue para mí un imán. Un asunto familiar.
En el apartamento de Meche, el ambiente más bien era otro. De entrada, todo parecía tan ligero como una canción de Guillermo Carrasco. Un gueto evidentemente caribeño o caraqueño, en donde la cacofonía no era lo único que nos hermanaba. Era un espacio en el que había mucho bicho (venezolano) raro.
–¿Cómo está la creación? –fue lo primero que me preguntó Meche mientras su sonrisa me producía, otra vez, una raspadura en la rodilla. Ordinariamente nada de lo que ella decía era inocente. Ni siquiera su sonrisa.
Tuve que ser claro y directo:
–Cuando un bebé muere no se puede ser muy creativo.
La respuesta la agarró desprevenida. Le conté todo, como si vomitara.
Poco a poco fueron llegando los otros. Algunos hasta me dijeron qué pasó mi pana. Según Meche, mi llegada marcaba el inicio del sol de medianoche, aunque en realidad solo era una coincidencia. U otra mentira.
Cuando cada uno tuvo una Heineken en la mano le dimos paso al comentario villano que hacemos quienes andamos lejos del líquido amniótico:
“Esta vaina no está por encima de una Solera verde”.
Cerca de la embriaguez, supe que no habría ningún festival de oralidad. El único narrador estrella sería yo. Y los únicos espectadores estarían muy ávidos y todos serían venezolanos. Lo que a la larga vendría a ser lo mismo.
La boletería estaba vendida hacía varios días. La reunión estaba tramada semanas atrás. Meche fungió como la organizadora. Julio, el de Los Teques, accedió medio incómodo a llevar a cabo el pretexto. También dijeron que sí, ilusionados, Augusto y Carola, que vivían en Rotterdam. Betzabé y Ricardo, por su parte, quienes llegaron desde Dublín, no lo dudaron, aunque sin tanta mentira patriotera instalada en el pecho.
Así nació el eufemismo: Festival Internacional de Oralidad (el gran FÍO). En criollo: una reunioncita de habladera de paja, con el plus de un cuentacuentos como “plato fuerte”.
En aquel apartamento fuimos un concepto mal interpretado del intelectual exiliado. Una parodia de desterrados. Un fin de semana venezolano fuera de Venezuela. Con una supuesta hora de inicio, pero definitivamente –lo normal entre nosotros– sin hora de conclusión. Lo único raro, lo único no criollo, sería la poca oscuridad de la medianoche.
Las Heineken volaron para decretar el mal: todos querían subir la ceja izquierda, aunque no pudieran. Y a todos el verbo escanciar les resultó un tesoro entre los labios cuya articulación fue hecha como si se tratara del jueguito de la papa caliente.
–Betzabé y Ricardo trajeron unos tempranillos de Pomar para que escanciemos como en casa. ¿Deseas una copa? –dijo Meche.
–Dale –respondí como para no entrar en polémicas; pero me habría gustado preguntarle que como en la casa de quién…
Las clásicas no se hicieron esperar:
–¿Y cómo está todo por allá?
El que está fuera de Venezuela nunca nombra al país, solo suelta el adverbio.
Y el todo significa que desea pormenores, chismes, resultados de encuestas patrias o apátridas, rumores. Los que están dislocados sobre todo necesitan rumores.
Afuera había un sol diagonal y tembleque. Como para abrir la expectativa por mis respuestas, me aproximé al ventanal y luego hice un paneo por el cielo: otro truco que aprendí de Daniel Matos. Un avión rebotaba plateados y tras de sí quedaba una kilométrica línea nimbada, lista para que un gigante le aspirara.
–Igualito que un abasto a punto de quebrar –sentencié.
Meche que aún no estaba curda del todo, asintió. Pero Julio (Julio De Sousa, para más señas), incómodo desde hacía rato, quiso marcar terreno pronto: “¿Cómo el abasto de quién?”. Ninguno entendió la gota ácida. Sólo yo.
Me arranqué a contarles lo de las turbinas paradas del Guri. Que allá las tuberías nunca habían exhalado tanta desidia. Les pregunté si se habían enterado de que Montejo había muerto, de que Manuel Bermúdez había muerto, de que Graterolacho había muerto (“¡No me jodas! ¿En serio? ¿El de El Camaleón?”), de que José Ramón Medina había muerto, de que medio país, intelectuales o no intelectuales, se estaba muriendo. Nadie respondió nada. La mayoría no sabía a quienes les estaba nombrando como muertes recientes.
Cada uno se acercó al ventanal y vio su pedazo de cielo. Tal vez deseaban que aquella nube lineal los atara duro del fuselaje del avión y les llevara lejos. Ya no había cómo ni para qué ocultar que nos empezaba a arrastrar un invisible río Pomar.
–Mierda, la cosa está fea –dijo… no importa quién lo haya dicho.
–Fea, seca y violenta. Pero cuando uno menos se lo espere caerá el agua pareja. Y ahí sí es verdad que todo será más feo y más violento –solté con mis aires de meteorólogo del desastre.
Varias copas después, el país pasó a ser una gárgara. Todos supimos o creímos saber dos cosas: o la luz del sol al fin le iba a ceder un poco de terreno a la noche forajida, o mi sesión de cuentos estaba por llegar. Ambas cosas acabaron por suceder.
Me ausenté de la reunión un rato. Debía cambiarme. Después de todo tenía que asumir mi rol. Meche me llevó hasta su cuarto. Me dijo: tómate tu tiempo, la noche es larga. ¡Ja!
En el cuarto solo olía al perfume de Meche. Al principio, la fragancia acariciaba con frutas cítricas y en la coda llegaba lo dulzón. El closet era riguroso: a la izquierda la ropa de ella, a la derecha la de Julio. Abajo estaban los zapatos. La cama queen tenía dos islas: las almohadas bicolores. Al lado de la cama una cesta de revistas perfectamente intercaladas: una de farándula y una pornográfica, o una de dietas y una pornográfica.
Me cambié frente al espejo. Sin necesidad de voltear pude atrapar a toda la habitación y a su escala de grises.
Para la ocasión usé una franela manga larga y un mono holgado. Las dos piezas eran negras. A última hora decidí salir descalzo. Aquellos cuentos necesitaban una conexión directa a tierra.
De vuelta a la sala, mientras escuché un par de aplausos borrachos, Meche me recibió con una estrambótica copa. El buqué me recordó, no sé por qué, el tatuaje de su nuca. La copa parecía un cetro. De pronto me erigí como un rey o quizá solo empecé mi show de bufón con cetro bufo.
Mi ritual consistió (y aún consiste), al principio, en pedirle permiso a las sombras para darle inicio al miedo. Pero en Amsterdam, si no me avispaba, las sombras me iban a dejar a solas con el miedo y con aquella cuerda de bichos.
Los cuentos fueron libérrimos. Mostré mis manos limpias y con ellas decoré la sala. Mis talones resultaron ser los recursos ideales para lograr patéticos efectos de sonido. Conté un esbozo de Ligeia. Dos cuentos (dos aproximaciones) de Lovecraft. El remanente canalla de un cuento de Quiroga. El esqueleto de una noveleta de Sergio Aguirre. Y, como broche llameante, Roald Dalh, por supuesto.
Una sesión redonda, o hinchada como un cadáver.
Dentro de la legión de recién llegados (a la intelectualidad o a ese país) fui yo quien logró por un rato tener el poder absoluto. Fui el totalitario de los cuentos de terror. Al menos eso decían sus caras desencajadas, el parpadeo lento, las bocanadas voluptuosas que se abrieron en la sala como bombas atómicas de nicotina.
El derrocamiento vendría después.
El amanecer se apuró, como una patada.
Volví a cambiarme: me puse un pantalón viejo y una franela verde. Sobre todo para evitar los ridículos comentarios cromáticos que este tipo de panas suelen hacer cuando están curdos y desarraigados: una franela roja hubiera implicado un grado alto de pastelero por España, o una sospechosa e incómoda huella chavista, o, incluso, una alusión al preescolar luego de narrarles unos cuenticos de miedo.
De seguido le dimos curso a nuestro curdo gentilicio: alguien se sintió encandilado por los rayos nacientes de afuera y recordó que aún quedaba lo de los CD.
Antes de salir de Venezuela Meche me pidió que trajera algún disco para una actividad. Me dijo esfuérzate. Fue lo último que hice antes de irme para Maiquetía.
No recuerdo a quién le brillaron los ojos cuando se supo que yo traía al frito de Beck. Lo cierto es que pusieron el disco mío de primero.
Con Beck empezamos a girar fuerte. Escupimos disparates. Alguien dijo que los listones de Caracas flotan raro en Rotterdam. En todos lados, dijo otro.
¿Listones o vivones? Siempre seremos unos súper vivones. En realidad, unos outsiders, unos fuerísticos. Unas aguas encontradas. Mejor, unos aguos. Unos aguados por tanta caña. Fuimos –Meche dixit– unos odiantes. Porque la Meche resulta que todavía habla. La mujercita que convocó toda esta inverosimilitud escribe haikús con el humo que sale de su nariz. Dice que somos odiantes sin raíces y sin dólares. Su atractivo y su malicia también tienen fecha de caducidad.
Nos encandilados por una resolana y una deriva y una borrachera y una miradita que vienen del allá caliente que no es el aquí tibio. Esa miradita que todavía esconde un no sé qué que aquí no calza en ningún lado y hay que tragársela con vino.
Fogonazos en la sala.
Botellas relumbrando en una bodega olvidada.
Chispeantes canciones fritas de Beck, valga la redundancia.
Comentarios melómanos empalagosos.
Comentarios cinéfilos y melómanos descarados, por supuesto, sin sustento. Ya todo lo habían escuchado. Ya todo lo habían visto.
El Ganges debería estar en Rotterdam.
Que viva Beck, dice Meche y salpica saliva que nadie nota y menos en cámara lenta.
Si él fuera venezolano tocaría joropo tuyero. En estos días leí que fue de anónimo al país y que se entrevistó con el presidente. Cuando habla la mechuda de Meche la alumbra una constelación de súper novas. La Dolce vita llegando a su final y las plumas alucinando en blanco y negro.
Alce la mano quién volverá a Venezuela. Todos los dedos índices niegan y luego me apuntan.
Es verdad, marico, Tarantino vivió cerca de aquí. Uno sabe que el asunto desembocará mal –muy mal– cuando hombres y mujeres empiezan decirse marico.
Los intelectuales odiamos diferente. Y nos volvemos dizque diques (esa palabra tan holandesa).
Volver a casa es paladear las mentadas de madre. El show de visitar a la familia. Caer en huecos. Reír y disparar.
Los símbolos patrios van cambiando. Son ocho estrellas de improvisación.
Leonardo Padrón dice que sobre el caballo blanco va el olvido. Padrón es un cabrón. Y el insulto nuestra bandera. La boca abierta de Meche, esa boquita abierta, es otro de nuestros símbolos, de facto.
Carcajadas que entran y salen por el ventanal. Listones tristes que se carcajean en una deriva. En un cielo de nubes larguísimas y de plateados lejanos.
¿Te imaginas a Beck cantando el himno? Cuando diga la ley respetando la irrespetará con una incoherencia. Pero igual será aplaudido. O abaleado…
Alguien tuvo la estrambótica osadía de quitar mi disco y poner uno de Yordano en aleatorio. Y creo que lo primero que sonó fue La mujer equivocada. ¡Su madre!
En la sala había una solitaria botella de Pomar en la bella mesita de centro. A la botella le quedaba un cunche. Una onza. Era como el último compás del Alma llanera. Fui a por ella. A lo español. Pero en el caminito que iba de mi sitio a la mesa había un obstáculo: Meche. Plácida en la madrugada de aquel domingo.
Abandonada en la música que la hacía volar. Sus alas cortaban el amanecer del alcohol. Cuando le pasé por al lado se me ocurrió decirle que la melancolía voraz (así dijo una vez Iván Losher y yo me lo copié) de las piezas de Beck me recordaban a ella y que, en especial, la última que había sonado, se la dedicaba tardíamente.
Seguí hacia la mesa. La cogí por el cuello y me tragué su contenido con grosería. Me babeé como un bebé, como pudo haberlo hecho el mío.
Julio se levantó de su poltrona y se me abalanzó como un Mandela fuera de sí. Me estrujó la franela y casi me cargó hasta una pared.
–Durante la noche, mi Edita no te quitó los ojos de encima.
–Ninguno lo hizo y todos le decimos Meche, no ese horrible Edita –respondí intentando ser temerario en el momento menos adecuado.
–No te hagas el güevón. Lo que pasó entre ustedes en Venezuela allá se queda. ¡Ok!
–En eso estamos claros –le respondí atenuado por la ridiculez y el miedo.
–Y no me vas a venir a mi casa –dijo con la lengua trabada– con tus cuentos sublimes…, subliminales…, subli verga, a enredarme a la jeva.
–Chamo, pero si lo de Meche y yo… –volteé a verla: seguía echada en el mueble central de color vino tinto; no sé si estaba despertándose o durmiéndose, o simulando hacer cualquiera de las dos cosas, con sus mechas opacas a la deriva, no como una borracha amaneciendo, sino como si ella fuera un astro rojo hundiéndose en el horizonte- …terminó. Y terminó bien. Bien para ti. Porque fue por ti que…
Chispitas de plata sobre manto negro sin oxígeno por el mega coñazo.
Mi cara fue una odiosa publicidad de Planet Green. De pronto rodaba por la cuesta cubierta de monte que, en las tardes cuando era niño, siempre me pareció un abismo verde.
Me incorporé como pude, salpicado de vómito. A las mujeres –a quienes agradezco que hayan tenido la amabilidad de ayudarme– el pánico repentino les dio por vomitar y cuando se agacharon a recogerme, el espectáculo se destapó (literalmente). Julio, de pronto, se había vuelto el más temible malandro de los Altos mirandinos, ese que siempre había temido su familia que llegara a ser. A aquella fiera ni Augusto ni Ricardo podían contener.
Al marcharme (¿para dónde?) quise dar el clásico portazo, pero ni eso pude.
Si no me apuraba a correr por el pasillo y bajar las escaleras, Julio cobraría venganza contra la corona española y se volvería Arjen Robben y transformaría mis nalgas en una Jabulani frente al arco de Casillas cuando la final aún estaba cero a cero.
A veces el pasaje de retorno, con fecha distante, se vuelve un desasosiego.
3.
Salir, contar, cagarla. Es una trilogía que hay que evitar a toda costa.
Por lo general, uno debería optar por una sola de estas posibilidades. Jamás todas juntas.
Jamás.
Como pude regresé. Sin maletas. Y con un sol de medianoche en el despecho.
Apenas volví, Irma me dio caza.
Algunos timbres telefónicos hieren más que otros. El mío sonó un mediodía.
Los rayos eran recios afuera. Cerré los ojos mientras ella decía que teníamos que vernos.
Nos vimos.
*
Positivo. En mayúscula sostenida, sin titubeos.
Una cosa tan específica como la gonadotropina coriónica humana estaba inoculada nuevamente en su cuerpo, esta vez de manera irreversible. Y no iba a haber, según dictaminó, ninguna preclancia que pudiera decir lo contrario.
Cualquiera puede entender que Irma, la correctora, hizo un trabajo correcto con el texto ganador del concurso del año siguiente y, como quedó absolutamente seducida por aquellos sesenta y nueve minicuentos eróticos, se hizo de los datos de la plica: así como es probable que haya hecho cuando yo gané.
Lo demás es un empalagoso lugar común, al que solo Sabines sabría darle una grandiosa vuelta de tuerca.
En pocas palabras: Irma salió embarazada de otro perdedor.
*
Subo la mirada, trato de enfocar. Allí está su sonrisa: luminosa y triste como otro arrebol. Jamás como la de Meche.
Gesto y paro –rápidamente– algo que se relacione con la misericordia. Un puente. Al menos un pequeño mecanismo de coherencia. Pero la telenovela mayamera (a su vez venezolana, a su vez mexicana) que me he vuelto, hace que oiga que ese hijo que está esperando –en su vientre, por supuesto– no es mío. Que está feliz, otra vez. Que ahora está livianita al decírmelo. Que no intente hacerle nada porque muchos están enterados de este encuentro entre ella y yo. Que no sea insolente, que no la salpique con esa maldita carcajada amarilla y nicotinosa, que no me vaya…
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