Ficción
Querida abuela – mención especial del Concurso de Cuentos Narrar la diversidad (2025)
Por Jonah Sira
*La ilustración de portada de Querida abuela fue hecha por Chat GPT
Dedicado a ella, La Machaquita, la primera que alzó la voz, la primera que le puso nombre a lo que vivimos.
Esta no es mi historia, ni la suya; es una mirada de la historia trans venezolana, hecha cuento.
Es un domingo cualquiera, la casa huele a café; y mi abuela, como siempre, está sentada en un viejo mecedor de mimbre, en el patio de la casa, admirando cómo unos loritos se comen la pulpa de los mangos y revolotean entre los árboles, cantando. Me hallo extraño, nervioso; tengo un cúmulo de emociones que no sé explicar.
Tomo una silla y me siento a su lado; no soy capaz de verla a la cara. Me quedo en silencio y respiro profundo. No tengo el valor de preguntarle nada… Pero, se me adelanta.
—¿Cómo estás, hija? Hace meses que no vienes para acá.
—Bien, abuela. He estado ocupada, trabajando —respondo sin más.
—¿Sí? Te noto cambiada —quizá, pienso.
Esquivo su pregunta y le cuestiono sobre la vida de otra persona, un vecino que había estado delicado de salud los últimos días. Al parecer, mi pregunta le causó gracia; de sus labios salió una leve risa, apenas audible… No contestó.
Me armo de valor y digo: “Creo que soy trans abuela, creo que soy como tú”. Silencio. Por algunos segundos sólo escuché el sonido del viento; hasta los pájaros dejaron de cantar.
Continúo diciendo:
—Llevo meses dándole vueltas al mismo asunto, pero no tenía la valentía de hacer este viaje, de enfrentarme a esto. De enfrentarme a ti —nuevamente, silencio.
Voltea, me mira directo a los ojos y sólo alcanza a decir: “¿A mí?”.
Imposible evitar sus ojos negros, como el carbón; de esos que observan la vida lenta y minuciosamente, una habilidad que solo los años te otorgan. Sonríe, pero logro ver cómo poco a poco su mirada se cristaliza, como si intentara no llorar.
—Sí, abuela, a ti… Porque no quiero ser esto; nosotros solo recibimos Golpes, Violencia y Muerte, al parecer estamos destinados a eso, ¿no? Somos zoquetes, desviadas, viciosos, anormales, la escoria de la sociedad. No somos mujeres, no somos hombres, no somos nada, somos la ridiculez hecha carne —ella sólo me veía, firme como un roble. Como deseando escuchar todo lo que tenía para decir—. Es un crimen ser nosotros. Nos tienen confinados en los bares, en los espectáculos nocturnos; y yo, como nací mujer, estoy destinada a los quehaceres del hogar y a casarme pronto.
Cada palabra que salía de mí era un puñal, que hiere en dos direcciones. Pasé años guardando toda esta rabia. Las palabras salían como líneas de un guion.
—Usar tacones y tener barba no pueden ir juntos en un mismo cuerpo; mucho menos tener vagina y usar el cabello corto. Mírate, eres una vergüenza, destruiste a nuestra familia. No sabes lo que vivieron tus hijos cuando descubrieron tu verdad —fue allí cuando su primera lágrima cayó. Y, con la voz quebrada, alcanzó a decir:
—¿A eso viniste?
—No lo sé… Vine por respuestas. Toda la vida mi madre se empeñó en evitar esto. Pero aquí estoy, queriendo respuestas.
—Al parecer ya las tienes, ¿o no?
—No… —dije, mientras ocultaba el rostro entre mis manos.
Otra persona me hubiese corrido, mi padre me hubiese golpeado. Pero ella no, ella se secó las lágrimas, y habló.
—Tienes razón. Parece que somos malandros. La ley de Vagos y Maleantes fue eliminada por allá en los 80, pero, al parecer la Policía todavía no lo sabe; aún se nos condena por cómo vestimos, por cómo hablamos, por cómo caminamos… Cuando yo era joven, la policía hacía redadas en lugares nocturnos y en las calles de la ciudad, llevándose a todo aquel que era un posible “malandro”. Una vez una amiga fue descubierta en un bar que está por el callejón de la puñalada, lleno de mariquitos, vestido de mujer y bailando en un escenario —respiró profundo, y con un tono tenue y calmado continuó—. Es más, hace poco estaba leyendo un libro y dicen que durante la vigencia de esa Ley se llevaban a 500 personas presas, cada año, solo por no parecer gente “decente”, cuyo único crimen era ser pobre, prostituta o travesti, como yo… Se los llevaban a Valencia o a Guayana, a una cárcel llamada El Dorado. Más de una vez tuve que viajar, para sacar a una que otra amiga de la cárcel. Una vaina muy arrecha —me atreví a interrumpirla, con un tono más calmado:
—Eso me da muchísimo miedo. Hoy la realidad no es muy distinta, uno no puede salir de noche sin temer que lo metan preso, ni siquiera podemos ir a lugares de día, porque nos llevan, así como se llevaron a los 33 gays, en Valencia. Venezuela no ha cambiado mucho, seguimos teniendo bares, discotecas y saunas clandestinos, seguimos creando tascas improvisadas en las casas de alguna persona que quiere hacer algo de dinero.
—Y ni hablar de los periódicos, inexistentes hoy en día. Me acuerdo de Miss Verónica, esa tipa era arrecha. Se cambió el sexo en los años 70; la trataron de loca, de pederasta, de exhibicionista; pero fue ella misma, eso es de admirar.
—¿Y eso de qué sirve abuela? Si hoy, al parecer, la única salida es huir del país… Aquí nos condenan a vivir con una máscara ante los demás, a vestir de manera “adecuada” para conseguir un trabajo mal pagado, a salir de nuestra casa a temprana edad, a vender nuestro cuerpo al mejor postor o a vivir con el temor de ser torturados por decir en voz alta lo que pensamos. Tú misma me contaste cómo en el 81 tuviste que salir huyendo de un bar, cuando llegó la PTJ y la guardia nacional, en una redada.
—Era el Plan Unión, sí; le decían el “Plan Mariposa”, porque sacaban a los mariposones de las calles —dijo—. Esa es parte de la realidad, sí. Pero no es toda la historia…
—¿Cuál es la historia? ¿Hay algo positivo en todo esto?
—¡Sí! —exclamó con una sonrisa en el rostro—. Yo sé que no lo hice bien; que no estuve lo suficiente con ustedes. Tu abuela Mirta nunca me perdonó las mentiras, las escapadas, la vergüenza que la hice pasar. Por eso les alejó de mí; yo también pensaba que era la mejor decisión. Hoy veo que no —noté un gesto de pena en su rostro—. Ser trans no es lo que nos pasa, es lo que somos por dentro y lo que hacemos con ello —de repente, como si se le hubiese olvidado algo, preguntó—. ¿Quién eres, un hombre?
—Sí… —dije, con la voz entrecortada. Ella sonrió, orgullosa. Y continuó.
—Hace más de 50 años yo tenía una amiga, La Machaquita, era Miss Nueva Esparta en un concurso que nos inventamos, muy parecido al Miss Venezuela, es más, era un Miss Venezuela de gente travesti. Eso es ahora que existen tantos nombres; en mi época eras travesti, y ya. Era una mujer imponente, hermosa además. Hacía vida nocturna con nosotros, un grupo de gente muy divertida, que amábamos el espectáculo y el arte. Y ese día ganó, se convirtió en Miss Venezuela. Era el 14 de julio de 1972; no se me olvida, porque justo en esa fecha murió Francisco de Miranda. Pero bueno, me estoy desviando —yo reí. La conversación estaba tomando otro rumbo. Además, ambos ya habíamos dejado de llorar.
—Continúa, no te preocupes.
—Esa noche, entre toda la celebración, llegó una redada de la policía y terminamos casi todos en la prefectura. Sin embargo, La Machaquita no paraba de gritar: “Nosotras también tenemos derecho y reclamamos nuestras reivindicaciones, pues pertenecemos a un grupo social definido, muy bien definido”. Esa mujer tenía las bolas bien puestas, esa sí que era una Miss —reflexionó—. Ella, en medio de todo el revuelo, alzó la voz. Fue la primera en hacerlo, por lo menos que yo sepa.
Por primera vez, durante esa conversación, me miró a la cara sonriendo.
—Ese acto de valentía fue un antes y un después en mi vida. Tomé la decisión de hablar con tu abuela Mirta y decirle la verdad, mi verdad… No fue fácil, tuve que recurrir a los centros nocturnos para ganarme la vida. Pero aprendí a ser feliz, con la carga que me tocó llevar. Con el tiempo encontré amigas que me ayudaron a cambiar mi cuerpo, a encontrarme a mí misma; emprendí un viaje de autodescubrimiento que aún no termina —dijo, sin más—. No importa lo buena o mala que sea esta sociedad; no importa el nivel de marginación que experimentemos, siempre que vivamos acorde a lo que somos. No puedes huir de ti; aunque hoy no lo veas, con el tiempo entenderás que negar tu identidad es el acto de traición más grande que cometerás.
—¿Pero, por qué soy trans?
—Eso no tiene respuesta… Nuestra identidad es algo que descubrimos y vamos formando con el pasar del tiempo; buscar razones no nos ayuda de nada. Pero, no te preocupes. Aquí estoy yo, para acompañarte; y tomarte de la mano, las veces que lo necesites.
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