Ficción
YO – mención especial del Concurso de Cuentos Narrar la diversidad (2025)
Por Miguel Delli
*La ilustración de portada de Yo fue hecha por Chat GPT
Aquella mañana me sentí despiert() por primera vez en mi vida. Sin levantarme de la cama, desinteresad() en afrontar lo que tuviera el día para ofrecerme, examiné con incredulidad el cuerpo que ahora podía calificar como mío: la delgadez de mis brazos y piernas ya no era producto enteramente de mis descuidados hábitos alimenticios, y la planicie de mis caderas ahora portaba una curvatura que denotaba, al menos para mí, cierto atractivo. Mi pecho se pluralizó en dos relieves ovalados, en los cuales posé mis manos más tiempo del que me dispongo a admitir. Cuando consideré que ya había sido suficiente jugueteo, seguí descendiendo mis manos, frenándolas en el núcleo de mi entrepierna. Si los cambios anteriormente mencionados no me habían advertido de mi nueva realidad, la ausencia de mi más evidente biología masculina se encargó de generarme la dosis de pavor esperable.
A mi cabeza le inundó un ruido blanco que me impedía la formulación sensata de cualquier pensamiento. El rugido inicial de mi estómago evolucionó en una serie de reflujos, los cuales vaticinaron un vómito que nunca llegó. El calor de mis mejillas, el temblor de mis labios, la búsqueda incesante por respuestas que mis ojos realizaban en la habitación; todo seguía igual, los vasos vacíos regados por el piso, las novelas apiladas en la biblioteca (única imagen medianamente decente del lugar), un plato sucio oculto vagamente debajo de mi cama, carátulas de videojuegos regadas por el suelo… El mismo escenario de siempre, con su habitante recurrente siendo el único cambio.
En un intento por confirmar la teoría de que todo se trataba de un sueño, me levanté del colchón y pisé el suelo; el frío de este último me despojo de toda duda. No estaba soñando. Aquellas piernas, aquellos brazos, aquellos pechos… Eran míos. Eran yo. Toqué mi nuevo rostro, y las novedades siguieron revelándose; sin dejarlo de sostener, como si temiese que en cualquier momento pudiera caérseme, abandoné la habitación, crucé los pasillos nocturnos de mi casa a paso desenfrenado, despreocupad() de que mis pisadas y jadeos de estupefacción despertaran a mi madre. Entré al baño de la sala, y tras encender la luz me dirigí hacia el elemento de aquella casa menos frecuentado por mí: el espejo.
Conforme fui asimilando aquel nuevo rostro fui dejando que mis manos cayeran, hasta aferrarlas en los bordes del lavamanos. Un par de granos recientes seguían ahí, pero la tierra sobre la que descansaban era otra; más liviana, más delgada, más… Más linda (si es que tengo la potestad de usar esa palabra). Mi nuevo cabello me caía como cascada a los lados de mi cabeza, y mi frente, antes expuesta, ahora se encontraba arropada por múltiples mechones en cadena. Los rastros de su antigua forma eran casi imperceptibles, siendo los ojos las únicas piezas de mi antigua carcasa que se conservaron.
Tras varios segundos de contemplación a aquella imagen femenina reflejada en el espejo, mis preguntas se apagaron, el temblor de mis labios se detuvo, y el ruido blanco de mi mente se calló. La emoción tan cercana al terror que minutos antes había sufrido no dejó ningún atisbo de su existencia, y lo único que la reemplazó fue una sonrisa tímida, acompañada de un brillo infantil en mis pupilas.
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Durante los días posteriores agradecí más que nunca el hecho de encontrarme en periodo vacacional; no me sentía preparad() para ver la cara de mis amigos y tener que explicarles algo de lo que yo no tenía ningún conocimiento. También, mi nulo trato diario con mi madre me privó de tener que interactuar con ella a lo largo de los días, conmigo únicamente abandonando mi habitación cuando ella se iba a trabajar, hasta llegar a altas horas de la noche, borracha y llevada a casa por su novio actual.
Al despertarme cada día con mechones de cabello tapándome la vista, y notar como este iba adoptando cierta frondosidad con el paso de las noches, advertí la importancia de darle cierto mantenimiento diario a mi nuevo cabello si quería mantenerlo en un estado idóneo para mí. Con mi antiguo cabello, no importaban los tratamientos que le diera, nunca alcanzaba a crear una imagen con la cual me sintiera satisfech(). Ahora finalmente tenía un motivo para darle atención a aquella parte de mi cuerpo que solo me generaba total indiferencia; empecé a usar los shampoos y cepillos de mi madre, y hasta aprendí a cómo usar sus cremas alisadoras, aunque la (para mí) lenta aplicación de estas me hiciera perder la calma. El espejo del baño se volvió un punto recurrente en el que podía, además de verificar a gran escala que mi nuevo cuerpo seguía impecable, regocijarme en ver los brincos y remolinos que podía formar yo mism() con mi cabello al tan solo agitar la cabeza de un lado a otro.
Si antes comía poco, ahora lo hacía menos, presa del temor que me causaba el perder la curvatura de mi nueva figura. Cada día, apenas despertar, dejaba que mis manos se deslizaran lentamente por mis caderas, asegurándome de que el placer en aquella sensación siguiera siendo el mismo. Mi celular, artefacto casi exclusivo a la navegación de los suburbios sociales de internet, se volvió mi cámara, y por primera vez desde que racionalicé la existencia de mi propio ego, todo temor que yo antes hubiera tenido a dejar evidencia pictórica de mi existencia corporal se difuminó. Fotos de mi cara sonriente, fotos de mi cuerpo entero probando toda clase de poses… La rigidez de mis huesos que durante tantos años limitó mi libertad corporal, haciéndome parecer un maniquí en muchas ocasiones, finalmente me había abandonado; en la comodidad de mi cuarto bailé sin saber bailar; canté, pues la gravedad y oscuridad inherente a mi antigua voz ya no era un problema, y oírme a mí mism() ya no me hacía querer arrancarme las orejas.
Lo que en un principio me había causado pavor por su irrupción espontánea, se volvió materia de mi cuidado, de mi preservación. Durante esos tres, cuatro, cinco días (realmente ya no recuerdo cuanto tiempo dure así), mi rutina no fue muy diferente a la usual; navegar en internet y buscar nuevas series que ver, escuchar una y otra vez las mismas canciones, leer los mismos libros de fantasía juvenil en mi biblioteca, dibujar… Nada en mis costumbres cambió. Lo distinto, la verdadera mutación yacía en mi perspectiva referente a tales acciones. Llorar ante la escena emotiva de una película ya no era motivo de vergüenza; tan pronto tenía las ganas de hacerlo, lloraba con estridencia, sin importarme que mi rostro fuera evidencia de aquel desenfreno emocional. No me importaba si alguien entraba a mi cuarto y me veía llorando, pues ya no tenía que aparentar ninguna fortaleza artificial sustentada en el aprisionamiento de mi corazón.
Podía ser yo sin más. Sin ataduras, sin limitaciones autoimpuestas apoyadas por mi realidad… Durante aquellos breves días, atrapad() en la rutina, pude conocer finalmente lo que era no sentirte esclav() de tu cuerpo.
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El último de aquellos días decidí que quería llevar mi placer a otros lugares. Todavía no me sentía list() para ver a mis amigos, pero al menos quería experimentar mi nueva libertad a las afueras de las cuatro paredes de mi cuarto. Vestid() con unos shorts, unos zapatos deportivos, y una camiseta lo suficientemente gruesa para que no se me notaran los pezones (quise tomar un sostén de mi madre, pero ninguno de los que probé me quedó), salí de casa al medio día.
Fui a una de las bibliotecas de la ciudad más frecuentadas por mí, principalmente por lo cerca que quedaba del edificio en el cual yo vivía. Al igual que siempre, no tenía dinero para comprarme nada, pero el simple hecho de estar en ese sitio, de caminar y caminar por sus densos pasillos, y de dejarme cautivar por las múltiples portadas de libros que llegasen a mis ojos, eran el único aliciente que yo necesitaba para estar ahí. Me permití caminar entre pasillo y pasillo con la frente en alto, portando además una sonrisa de la que no fui consciente hasta que me empezaron a doler las mejillas.
¿Así que esto es la libertad?, me pregunté internamente en cierto momento.
—¿No es ese el hijo de la señora Marian?
Mi respiración se detuvo a la par que se endurecieron mis huesos. Mi realidad y la realidad objetiva se aliaron para apresarme cada una con sus manos los talones y los hombros, en un esfuerzo conjunto por evitar (o quizás solo atrasar) mi inevitable huida.
Sin voltear a ver a aquel par de viejas mujeres, cuyas voces rasposas ya las había escuchado en más de una vez en los pasillos del edificio, intente vencer el sobrecogimiento que no me resultaba desconocido; mis pies se arrastraron, esforzándose por vencer a la fuerza que los reprimía. Pero la misma voz continúo acechándome en forma de susurro, como cigarra colándose entre mis sábanas, decidida a estropearme mi único momento de paz. Desconozco si aquellas señoras siguieron murmurando hipótesis sobre mí, desconozco si pasaron de mi existencia o se enroscaron en por qué el hijo de su vecina estaba usando una peluca… Da lo mismo, pues mi mente solo reproducía la misma sentencia: ¿No es ese el hijo de la señora Marian?
Hijo… Hijo… Contrario a lo que yo creía, los ecos de mi anterior existencia seguían latentes a mi alrededor.
Con aquella voz todavía lamiendo los oídos abandoné el lugar, sufriendo el pudor de aquellos cuatro ojos clavados en mi espalda, diseccionándome con minuciosidad médica en busca de confirmar mi existencia. Mis pies aumentaron su velocidad, pero el cúmulo de fuerzas a mi alrededor siguió limitándome; mi visión se volvió limitada, asemejándose a los bordes oscuros de un túnel nulamente iluminado, en el que la única luz visible brillaba a una distancia vertiginosa. Me desenvolví en un paso torpe, y el camino que tantas veces había tomado de vuelta a casa parecía terreno inexplorado. La voz de aquella vieja continuaba reproduciéndose, y mi corazón latía a una velocidad que delataba sus deseos por detenerse.
Lo único que pudo callar ambos ruidos fue la estridencia del claxon de un carro, y las maldiciones lanzadas hacia mí por parte de un señor que asumí fue el conductor de dicho vehículo. Aquel grito logró alertarme, y alcancé a echarme hacia atrás, evitando ser atropellad(). En el suelo, durante un breve instante el silencio y la calma volvieron a mí, con mi visión predispuesta a volver a su rango habitual.
Pero tal calma murió nuevamente cuando un cúmulo de personas empezó a acercarse hacia mí; algunas miradas reflejaban preocupación, empatía esperable de personas decentes al ver a una persona casi ser arrollada. Pero otras reflejaban algo distinto: ¿confusión? ¿asco? ¿indignación? Independientemente de lo que pretendieran transmitir aquellas miradas su núcleo era evidente: rechazo. Rechazo absoluto, de aquel que no acepta intermediarios, y tan solo desea ver la erradicación de aquello que observa.
No recuerdo cuánto tiempo tardé en volver a mi casa. Me transformé en una nube negra arrastrada por inercia, empujada y limitada por fuerzas que me sobrepasaban. Tan solo recuerdo el instante en el que volví a mi cuarto y me encerré entre mis sábanas, regresando a la tranquilidad de saber que nadie me estaría mirando, ni siquiera yo.
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Cuando me desperté al día siguiente volví a sentir un cansancio que hace días no sentía. Me inspeccioné, y todo se había ido; mis pechos, mi cabello, mis caderas… Mi anterior apariencia regresó, y también lo hizo el mismo sentimiento de vacío que hasta el día de hoy me sigue acompañando.
—Michell
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