Ficción

39 segundos

por | Sep 3, 2026

Por Luz Aldazoro

*La ilustración de portada de 39 segundos la diseñó ChatGPT.

 

Siempre que algo ha marcado un antes y un después, me he dicho la misma frase: “Hoy es el primer día del resto de mi vida”. La dije al casarme, al ver nacer a cada uno de mis hijos, al cambiar de casa o de trabajo, al emigrar; mejor dicho, en cada desvío de la autopista.

Tengo demasiados puntos de inflexión para escoger uno solo.

Al mirar hacia atrás, mi vida se parecía a una película tranquila de domingo por la tarde. Con buenos momentos, algunos malos y varios giros de argumento, pero sin grandes hazañas ni tragedias definitivas. El balance seguía en azul.

Pasaron un par de días entre el trabajo y aquella extraña tarea, que me mandaron en un taller de escritura, sobre reencontrarme con mi pasado. Mientras tanto, se acercaba un viaje a Caracas para reunirme con los pocos afectos que todavía me quedaban allí. Dos de mis hijos se habían adelantado. Yo tenía boleto para el 26 de junio.

Como buena residente del imperio, el 24 me acerqué a una famosa tienda por departamentos con una larga lista de encargos. A las 5:45 de la tarde entró una videollamada de Mary. Estaba en la playa a la que la llevaba desde pequeña.

—Mamá, mira qué tarde tan espectacular.

Giró la cámara. En la mesa había tostones con queso y ensalada rallada.

—Cuando llegues, venimos sí o sí.

Giró de nuevo la cámara y asomó la cara con una sonrisa golosa. Sabía cuánto me gustaban aquellos tostones.

—Claro, mi vida. Bajándome del avión.

Antes de colgar, le dije:

—Porfa, no subas muy tarde a Caracas. Te amo.

Seguí con mis compras y al poco rato estaba tratando de encontrar las galletas que me había pedido Mary para su novio. Entre cien opciones, no lograba encontrar las “double milk chocolate” que me encargó con el afán de la que está dispuesta a todo por ese primer amor.

Sonó el pitido característico de los mensajes de uno de mis hijos. Porque sí: soy de esas madres cursis que le asignan un bip distinto a cada uno para interrumpir lo que sea y contestar.

A las 5:59 apareció en la pantalla un mensaje de Mary: «Saliendo de Camurí». Cuando aparté la mirada del teléfono, ahí estaban las condenadas galletas para el intruso que había aterrizado en nuestras vidas.

Ya en la caja, varios mensajes de WhatsApp comenzaron a repicar simultáneamente. Ninguno sonaba como los tres bips que yo habría reconocido de inmediato. Los «ping» del celular no paraban. Ya en el carro presté atención a lo que estaba sucediendo: decenas de videos se abrían paso, uno tras otro; nubes de polvo que se tragaban las calles. Gente corriendo sin dirección. Las notas de voz eran gritos. Alguien interrumpió aquellos fragmentos de una película de horror llamándome:

—¿Sabes algo de tu casa? Parece que «hubieron» dos terremotos en Caracas.

El «hubieron» quedó empequeñecido ante el frío que sentí al pensar que mi pequeño mundo estaba en medio de aquel infierno. Esa noche la gramática podía esperar.

Esta suerte de conectividad permanente me hizo buscar la localización de los míos: mi hija en Naiguatá. Cuando buscaba al otro, volvió a entrar una llamada:

—Má, estamos bien. Fue horrible, pero salimos bien. ¿Has hablado con Mary? —preguntó mi hijo.

—No, me sale que está en Naiguatá desde las 6:04 p. m. —le contesté mientras me atragantaba las galletas del novio.

Al principio nos convencimos de que era el tráfico.

Volví a abrir la ubicación de Mary: Naiguatá, 6:04 p. m. Cerré la aplicación y la abrí otra vez. El punto seguía inmóvil.

Saltábamos de los chats familiares a las redes y de las redes a los medios. Yo lloraba, intentaba respirar y volvía a llamar. Nadie sabía nada. La recordé pequeña, jugando conmigo en la arena de aquella misma playa, cuando nos bastábamos la una a la otra.

Sonó mi celular. En la pantalla apareció el nombre de Ale, el novio de Mary. Contesté y, al otro lado, escuché la voz entrecortada y llorosa de mi hija:

—Mamá, estoy bien.

La vida que había sentido consumirse durante aquellas cinco horas volvió de golpe. Esos pocos afectos que me quedan en Caracas se fundieron en un abrazo, mientras yo los veía desde la pantalla del celular.

Un terremoto con miles de muertos y desaparecidos no partió mi vida en dos. No perdí nada material y los míos salieron ilesos. Gané la lotería. El balance seguía en azul.

Un mes después, todavía digo “te amo” todos los días. Levanto la cara para sentir el sol y me detengo a contemplar la lluvia. Tal vez, con el tiempo, se me pase. Tal vez vuelva a darlo todo por sentado.

Pero siempre recordaré que la vida te puede caer encima en 39 segundos.

 

*Esta historia fue producida en el taller Hacer literatura con hechos reales, dictado por Lizandro Samuel.

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