Ficción
Ya vamos a salir de esto
Por Orianna García
*La foto de portada de Ya vamos a salir de esto es de Ruralidays
Estaba en medio de mi jornada laboral cuando el teléfono empezó a sacudirse sobre el escritorio. Dejé de teclear, aparté la vista de la computadora y atendí extrañada. Mi mamá no solía llamarme. Desde que me fui de casa y me mudé a San Antonio de los Altos, siempre nos comunicábamos por WhatsApp. Creo que ella procuraba respetar mi espacio en pareja. Nos alternábamos para escribirnos cada dos o tres días. Pero ese viernes las palabras no cabían en un mensaje.
—Hija, creo que a tu abuelo le dio un ACV.
No recuerdo qué le contesté después del silencio. Por su respuesta, intuyo que le pedí explicaciones: ¿un ACV? ¿cómo que un ACV? ¿A mi abuelo? ¿Dónde está? ¿Cómo sabes qué le pasó?
—Lo encontré tirado en el piso del cuarto cuando fui a llevarle el desayuno. Decía cosas raras, como que veía a una gente que le hablaba. Sí, está despierto, sentado en el mueble. Quédate tranquila, él está bien. Voy a salir con tu papá y tu tío a buscar un hospital.
Colgamos. Como pude le avisé a mi jefe que no podía seguir escribiendo noticias sobre la inflación ni el precio del petróleo. Sentada en el borde de la cama, empecé a llorar.
Antonio me trajo agua y un abrazo. Se quedó sentado junto a mí. Debíamos bajar a Guarenas pero vivíamos enclavados en una montaña demasiado exigente para salir sin carro. Y el nuestro, un Honda blanco del 95, llevaba días parado en el estacionamiento por una falla en el alternador. Una de tantas. Lo habíamos comprado un año antes para facilitarnos el trayecto San Antonio-Caracas-Guarenas. Y aunque nos lo vendieron impecable y recién pintado, por dentro era una maraña tramposa de cables y remiendos.
Trabajábamos para pagarle una y otra vez a algún mecánico. Juntábamos nuestros sueldos para llenar tres bolsas de supermercado y medio comer. Lo poco que nos quedaba, lo guardábamos para la huida. Los pasajes a España ya estaban comprados. Solo había que esperar que reabrieran el espacio aéreo.
Yo contaba los días. Desde aquella tarde en la que pasamos más de ocho horas en una cola bajo el sol de la Panamericana y, cuando por fin estábamos a punto de entrar a la estación de servicio, un guardia de uniforme verde vómito nos dijo que se acabó la gasolina. Esa chispa bastó para incendiarme. Y todavía no sabía que ese era el menor de mis problemas.
Mientras intentábamos contactar a algún mecánico que pudiera venir cuanto antes, mi mamá, mi papá y mi tío recorrían hospitales por toda la Gran Caracas: del Seguro Social de Guarenas al Domingo Luciani. Hospital Vargas. Clínico Universitario. Pérez de León. Hospital de Guatire. Seguro Social, otra vez.
A mi abuelo le dolía mucho la cabeza.
—Hija, nos devolvemos. No nos aceptaron a tu abuelo en ningún hospital. Prefiero llevarlo ya a la casa para que descanse. Mañana veremos.
Dormí entre poco y nada. El mecánico venía esa mañana a ponerle al carro un pañito de agua tibia que me permitiera llegar a casa. Guarenas nunca me había quedado tan lejos.
Casi todos los fines de semana bajábamos a visitar a mi familia. Saludaba a mis papás, abrazaba a mi hermana, apurruñaba a mi perro Rocco y veía cómo la cara de cañón de mi abuela se transformaba, al verme, en una fiesta.
Después pasaba por donde mi abuelo. Vivía en el apartamento de enfrente, que era de los vecinos que emigraron a Ecuador y nos dejaron las llaves. Allí él pasaba las tardes viendo Globovisión, rasurándose la cara, limándose las uñas y leyendo el periódico con ayuda de una lupa.
Apenas me veía me echaba la bendición y, acto seguido, me pedía que le borrara los mensajes y las llamadas que tuviera. En realidad solo me miraba y me extendía el telefonito de teclas y ya yo sabía qué quería.
¿Me borraste todo, todo? Sí, abue, todo todo. Mira, te traje café. Cuidado que está hirviendo, mi papá lo acaba de colar. Se lo bebía de un sorbo. ¡Abuelo, te vas a quemar! Así es que se toma el café, me decía, y me devolvía la taza vacía. Abuelo, ya me voy, bendición, mañana tengo que trabajar. Mucho cuidado por ahí, mija. Mosca con ese carro, no vayan corriendo, espérate para darte una cosa, y entonces sacaba una paquita de bolívares de la pensión que cobraba cada mes, y me ponía un billete sobre la palma de la mano. Para que te compres una chuchería, decía.
Al día siguiente, por fin conseguimos bajar a Guarenas. Nos recibió sin compasión el calor de siempre. Mi abuelo estaba en mi cuarto, acostado en mi cama de toda la vida, con la cabeza levantada por una torre de almohadas. La mitad de su cuerpo había quedado inmóvil. Mi mamá le daba de comer y mi papá, como era el más fuerte, lo cargaba para llevarlo al baño.
—Dios te bendiga, hija. Yo estoy bien, estoy bien, solo me duele la cabeza. Mira, ¿y ese tatuaje? —me señaló la tacita de café que llevo en la muñeca desde hace muchos años.
Le di un masaje en los pies mientras hablábamos de cualquier cosa, daba igual si tenía sentido lo que me decía o si no. Nos reímos. Me pidió que le pasara la botellita de agua bendita y le pusiera un poco en la cabeza y en el cuello.
—Tranquila, hija. Dios me va a ayudar y vamos a salir de esto. Ya vamos a salir.
Para él había más gente en la habitación que la que yo podía ver. Y entonces mi corazón sintió antes que mi cabeza que esa podía ser la última vez. Busqué mi teléfono e hice una foto de nuestras manos juntas. Él mismo construyó la casa en la que me crie. No estudió, pero siempre me llevó al colegio. Cada tarde íbamos a la bodega a comprar leche y chucherías. Cuando yo era pequeña y él era gigante y fuerte, siempre me sostuvo. Y ese día intentaba sostenerlo yo a él.
Al final del día nos despedimos. Me dijo que fuéramos con cuidado. Que no corriéramos. Quédate tranquila. Ya vamos a salir de esto.
—Esta semana vuelvo, abuelo, espérame.
Los días siguientes sí llamé a mi mamá a cada momento. Volví a trabajar, con la mente dividida entre cifras y declaraciones oficiales y una búsqueda intensa a través de Twitter de medicinas que no se conseguían en las farmacias. Y un nudo en el estómago que no se deshacía.
A mí nunca se me había muerto nadie. Mi familia seguía completa. Apenas un mes antes habíamos cenado todos juntos en Navidad.
El sábado 23 de enero de 2021, después de una semana y un día en cama, mi abuelo amaneció con el abdomen muy hinchado. Apenas podía moverse. Mi mamá y mi papá lo levantaron entre los dos para llevarlo de urgencia al Seguro Social. Esta vez, después de una larguísima espera, le tomaron la tensión y lo ubicaron en una habitación. Pero ya era tarde.
No hubo camas. No hubo insumos. No hubo equipos. No hubo médicos. No hubo país.
Antonio estaba en el estacionamiento con el mecánico. Justo estaban cerrando el capó cuando mi mamá lo llamó a él, porque no sabía cómo decírmelo a mí. Me cambié en tres segundos. Bajamos en absoluto silencio.
Me despedí de mi abuelo en la funeraria más pequeña y humilde de Guarenas, en pleno casco central. Las puertas permanecían abiertas a una calle caótica, inundada por el ruido de las camioneticas destartaladas, las cornetas de las motos, los vendedores de plátanos. Los colectores gritaban:
—¡Guarenas! ¡Plaza Bolívar! ¡Calvario! ¡Atrás hay puesto!
El ruido terminaba por tragarse el llanto y los sollozos. Pero yo no me separé de él.
La decisión entre entierro y cremación ni siquiera fue una cuestión de creencias ni de voluntades. En Venezuela la muerte también tiene precio. Mi mamá y mi tío tuvieron que pedir dinero prestado entre amigos y vecinos para poder cremarlo.
El carro fúnebre nos llevó hasta los jardines de El Cercado. Mi mamá, mi hermana y yo íbamos abrazadas, sudando a chorros, mientras dejábamos atrás el caos del pueblo y nos acercábamos al crematorio. En medio de aquel silencio solemne, intercambiamos recuerdos. Nos hicimos preguntas que nunca encontrarían respuesta.
Pasaron varios meses y ya yo estaba viviendo en Almería, tratando de volver a juntar mis piezas a miles de kilómetros de mi hogar. Sin hallarme. Mi mamá me envió un video por WhatsApp. Estaba en una playa de Barlovento, la tierra de mi abuelo, esparciendo sus cenizas.
Me fui a caminar a la orilla de la playa. Pensé que ese mismo mar, de alguna manera, terminaría encontrándose con el mío. Se llame Caribe, Cantábrico o Mediterráneo, da igual. El mar es uno solo. Me metí hasta los tobillos y me agaché para tocarlo.
*Esta historia fue producida en el taller Hacer literatura con hechos reales, dictado por Lizandro Samuel.
*¿Ya te inscribiste en el taller «¿Cómo transformar el trauma en literatura?»?.
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