Ficción
Joana, yo no soy feminista
Por Ara López
*La imagen de Joana, yo no soy feminista la diseñó Chat GPT.
«Joana, yo no soy feminista».
Sentencia que hace pocos años dejé caer en una conversación con una amiga.
Feminista: una palabra que con sus nueve letras me hacía sentir rechazo hacia lo que consideraba una posición radicalizada hasta diluirse en el sinsentido, y que ridiculizaba la lucha por la que miles de mujeres, a través de décadas, habían dejado incluso la vida.
Feminazis.
Sí, esa era la palabra apropiada.
Y yo no era una loca de esas; yo estaba del lado que comprendía, que no generalizaba, que respetaba lo que habían hecho las mujeres que me precedieron. ¿Haciendo qué? No lo sé, pero sin duda alguna yo lo respetaba.
Los dichos y refranes no se ganan gratuitamente su lugar en nuestro diccionario de vida, y «la ignorancia es atrevida» me calzaba a la perfección.
No sabría decir exactamente en qué momento ocurrió, pero hubo un cambio en mi manera de ver las cosas, de leerlas, de procesarlas. Comprendí que parte de mi rechazo hacia el feminismo estaba muy arraigado en el miedo de aceptar que soy vulnerable solo por ser mujer. Y, en consecuencia, el miedo a tener la responsabilidad de no perpetuar los comportamientos misóginos, a tener que estar atenta y reconocer cuándo están vulnerándome, a cuidarme incluso de mis amigos más cercanos, que me quieren y los quiero; pero todos jugamos un papel en ese tablero, queramos o no, nos demos cuenta o no.
Y comencé a reconocer ciertos patrones en la manera en que somos tratadas ante una denuncia, ante el maltrato o al dar una opinión; en la lucha para que nos crean y no nos tilden de histéricas. Sí, aún en el 2026 eso es una lucha. Por primera vez descubrí claramente la condescendencia detrás del «hoy en día la mujer ocupa cargos importantes y tiene presencia en prácticamente todos los rubros», como si nos hubiesen hecho un favor; porque no están reconociendo igualdad en capacidades, están resaltando que nos dieron oportunidades aun siendo mujeres.
Ahora veo con alarma la proliferación de grupos misóginos que terminan siendo admirados y copiados por millones de niños y adolescentes.
Ahora veo a los grupos que consideran que hay que revocarnos el derecho al voto, que no deberíamos trabajar, que tenemos que guardar silencio, que nuestro disfrute sexual es una aberración.
Ahora veo la cantidad de grupos que existen única y exclusivamente de hombres para compartir fotografías y videos de mujeres, para alimentar a los depredadores sexuales, a los mirones, a los cómplices.
Ahora veo cómo un grupo de hombres justifica la agresión a una mujer porque no siente atracción por ellos.
Ahora veo que «el pacto» existe disfrazado de normalidad, fortaleciendo a los que disfrutan de su escudo, socavando a aquellos que forman parte de él y no lo saben, cubriendo de burlas y señalamientos a quienes lo exponen.
Ahora veo.
Ahora entiendo.
Ahora temo.
Los discursos que antes me parecían ajenos o exagerados, ahora los escucho en el día a día, camuflados de opinión, de chiste o de frustración colectiva. Son frases que se repiten en pasillos, redes y reuniones, en nuestra propia casa, y que de pronto empezaron a sonar con absoluta nitidez:
«Quiero una mujer femenina, no feminista».
«Ahora me vas a salir con que «el patriarcado…»».
«Ahora soy culpable de todo solo por ser hombre».
«Hay más leyes que protegen a la mujer y se quejan».
«Más neuronas y menos hormonas».
«Hablamos cuando no estés menstruando».
«Esa es una puta que se acostó con varios, yo también la cogí».
«Eres buen músico para ser mujer».
«Las mujeres son pésimas estrategas».
«Una mujer que no quiere ser madre no se puede llamar mujer».
«Con una falda tan corta y se molesta si le agarran el culo».
«Por estar saliendo sola es que le pasó eso».
«Eso se le quita con una buena cogida».
«A las mujeres hay que quererlas, no entenderlas».
Y entre tanto ruido, por fin me entendí yo.
Joana, si pasas por estas letras, quiero que sepas que soy feminista.
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