Ficción

¿Qué es un taller literario?

por | Feb 26, 2024

Por Lizandro Samuel

*La imagen de ¿Qué es un taller literario? fue creada por Copilot.

No es ni un tinder para intensos, ni un club social, un muro de los lamentos ni el cofre al final del arcoíris. Aunque tenga características de todo lo anterior. Tampoco es, propiamente dicho, la zanahoria que cuelga frente a la cara del burro: aunque para muchos cumpla esa función. Un taller literario es simple y llanamente un espacio en el que se imparten clases de escritura creativa para quienes quieren aprender a juntar las palabras con arte.

Sin embargo, un taller literario no puede ofrecer la promesa de formar grandes escritores, del mismo modo que un gimnasio no puede prometerle a nadie que se convertirá en un deportista de élite. Ni siquiera que sus músculos se inflarán hasta el extremo de lo sexy. Un gimnasio, al igual que un taller literario, es un lugar en el que existen herramientas para entrenar. Y una de esas herramientas es un instructor de cuya experiencia uno aspira absorber algo.

Si los músculos crecen o no, si se baja o si se sube de peso, si la salud mejora, etcétera, depende de muchos factores: la disciplina de cada quien, la alimentación, el descanso, la fisionomía, el metabolismo, la edad, el tipo de vida, etcétera. Y sí, claro, también de la calidad de las herramientas que se ofrezcan en el gimnasio. Porque, al igual que en los talleres literarios, resalta lo obvio: cada alumno debe encontrar el entrenador más adecuado para sus intereses.

Escribió Cristian Vásquez en Letras Libres:

Si alguien se propusiera dictar un taller y les prometiera a los participantes que al terminar serán grandes o al menos buenos escritores, sí se trataría de algo muy parecido a una estafa. Sería como si un niño se acercara al club de su barrio para jugar al fútbol y el entrenador les prometiera a sus padres que hará del pequeño un futbolista profesional. Llegar a ese nivel implica una gran cantidad de factores, algunos que dependen de la propia persona, muchos otros, imponderables. Nunca supe de un taller literario donde se hicieran esa clase de promesas.

Si yo quisiera aprender a tocar la guitarra o a pintar cuadros, lo más probable es que me apuntara en algún curso y comenzara a tomar clases. Creo que en tal caso a nadie se le ocurriría decirme que me están estafando, pese a que esas clases no solo no me convertirán en un Jimmi Hendrix o un Picasso, sino que ni siquiera me garantizan que me convertiré en un buen guitarrista o un buen pintor. Parece claro que, si me aplicara y dedicara suficiente esfuerzo, podría al menos tocar un par de canciones en una fiesta con mis amigos o pintar un cuadrito más o menos aceptable para colgar en una pared.

¿Qué se hace en un taller literario?

Creo que la palabra taller, al menos como se le entiende en el mundo hispano, implica que es una actividad teórico-práctica. De hecho, mucha gente ajena al ambiente literario suele asociar el término a las manualidades.

Me parece una imagen linda. Hacer literatura tiene mucho que ver con artesanía.

No voy a hacer un aquí una investigación sobre la etimología de la palabra y sus diversas acepciones entre culturas. Si bien es cierto que la diferencia entre taller y curso puede ser justamente que el primero es práctico mientras que el segundo es solo teórico, he conocido personas para quienes esta distinción no es tal. De cualquier forma, el marketing es la biblia suprema de la era del Game, así que ambos términos han quedado más o menos homogenizados en función de qué determinen los algoritmos y los publicistas qué vende más.

Nosotros en Círculo Amarillo, por practicidad, llamamos a todo lo que hacemos talleres.

Es importante averiguar, en un principio, si la actividad será solo teórica o si será también práctica. Porque esto condiciona mucho la experiencia. Asimismo, en caso de la segunda opción, conviene preguntar si los ejercicios serán revisados por la persona que guía al grupo.

Entonces, en primera instancia a un taller literario se va a

  • Recibir herramientas teóricas sobre escritura.
  • Conocer la perspectiva sobre el oficio de la persona que dicta el taller.
  • Conocer de primera mano a alguien que se dedica a la literatura con cierto éxito comprobable y absorber parte de su experiencia.
  • Recibir orientación sobre qué leer y cómo leerlo.
  • Aprender a desarrollar una mirada crítica hacia la literatura.
  • Aprender a desarrollar una mirada literaria hacia la vida.

Y, en no pocos casos, se va también a

  • Escribir, en función de los ejercicios que él o la facilitadora consideren oportunos.
  • Recibir el feedback sobre nuestro trabajo de una persona profesional.
  • Recibir el feedback de los compañeros, que por lo general suelen ser personas muy interesadas en el tema.
  • Recibir un intercambio de experiencias artísticas con los otros participantes.

¿Funcionan los talleres literarios?

funcionan los talleres literarios

De todo lo anterior se desprende algo que me parece fundamental: para que un taller te funcione a ti, amiga o amigo que me lee, lo primero que debes tener en cuenta es qué estás buscando.

En mi caso, los talleres literarios han sido un espacio de crecimiento continuo. Tanto cuando he sido participante como cuando he sido facilitador. Pero del segundo caso no hablaré, pues este artículo está dedicado a quienes aspiran a cursar un taller.

Ahora, hay un aspecto importante a la hora de escoger en qué participar (más allá del tiempo y el dinero): quién lo dicta. Eso condiciona el grado de interés que pueda generar para cada quien. En mi opinión, un taller, más que el lugar para recibir herramientas incuestionables sobre literatura, es un lugar para recibir las herramientas que una persona que ha tenido cierto éxito puede dar sobre ese tema, así como su visión y opiniones.

Importante: uno puede estar de acuerdo o no con lo que se imparte. En el arte no hay verdades absolutas. Así que mientras más estudien más se darán cuenta de que los escritores acostumbran tener miradas disímiles.

Lo otro que me parece relevante es chequear si el taller va a suceder en tiempo real o si es una grabación. En mi opinión un taller grabado ofrece una experiencia más limitada. Hay muchos aspectos teóricos que se encuentran gratis en Internet o que están explicados al detalle en libros de grandes autores. Lo realmente importante de un taller literario, para mí, es la interacción que se pueda producir con la persona que está al frente: sus opiniones más informales sobre el oficio, así como la retroalimentación que ofrezca a las ideas y textos de los inscritos.

Además de otro elemento que es muy difícil lograr en un taller grabado, aunque incluya la posibilidad de enviarle correos al facilitador: el networking.

Los puristas y románticos no hablan de esto, pero es una de las posibilidades más importantes que pudiera o no surgir en un taller literario. No solo entre los compañeros, sino directamente con la persona que da las clases. Yo pude poco a poco ir entendiendo cómo funcionaba la industria literaria e irme insertando en ella en buena medida debido a la gente que conocí en talleres. Si ustedes supieran cuántas oportunidades se cocinaron entre cervezas en el after party de un taller.

Estos espacios también sirven para probar las cosas que uno escribe frente a un público especializado, así como para encontrar motivación en el colectivo.

No todas las personas vienen de ambientes artísticos o tienen amigos con intereses literarios. Y lograr maestría en esta disciplina, como en cualquier otra, demanda unas 10 mil horas de preparación (lean Fuera de serie, de Malcolm Gladwell). Acumular esa cantidad de horas de lectura y escritura es muy jodido: hay para quienes es más sencillo avanzar en grupo. Al menos, durante algunos tramos del recorrido.

¿Qué dicen los detractores?

los talleres literarios no sirven

Una vez le escuché decir a un escritor argentino al que admiro mucho que los talleres literarios solo sirven para garchar. O sea, para cuadrar, levantar, follar, fornicar, levantar, ligar, templar, cualquiera sea la expresión que se use en su país. Claro que el tipo en cuestión es un provocador de oficio: él mismo dicta talleres.

En esas lides anda también algún escritor británico que imparte seminarios de escritura y denuesta de esos espacios: en sus no sé cuántos años dando clases, se justifica, el 90% de los alumnos que ha tenido no disponen de talento.

Lo primero que se me ocurre es que hay que ser bien vanidoso para aspirar a que tu taller sea una máquina de escupir Chimamandas y Sacheris. Lo segundo es que, puestos a decir la verdad, ¿qué problema hay en que los talleres literarios sirvan para cocinar el amor o, al menos, breves instantes de deseo?

Tercero: seamos claros, en cualquier actividad humana que incluya adultos de diversas orientaciones e identidades sexuales unidos por un interés en común siempre, absolutamente siempre, va a haber alguien que esté viendo hacia los lados como garza que espera el descuido del pez. Empezando por los grupos religiosos y terminando en las universidades.

Otra crítica común es que, según esgrimen algunos, es imposible enseñar a escribir. No, perdón, a E S C R I B I R. Así, en mayúscula sostenida y con resaltador. Bueno, sí, quizá tienen razón. Claro, también es imposible enseñar a ejercer la medicina: con la vocación se nace y al médico, dicen los expertos, lo hace la práctica. Pero nunca he escuchado decir que las escuelas de medicina no sirven. Y miren que hay mucho médico mediocre y patán por ahí; sin embargo, ni yo ni ustedes nos iríamos a operar con alguien que no tenga sus debidos estudios.

El talento no se ensaña. Creo que con eso se nace o no. Por mucho que alguien haya tenido las mismas oportunidades que Lionel Messi es muy difícil que vaya a llegar a su nivel. Pero, uno, no hace falta ser Messi para ser un futbolista exitoso: con jugar en la primera división de Japón ya se está logrando, estadísticamente hablando, más que el 90% de los millones de niños que aspiran a patear balones como medio de vida. Y dos, Messi tampoco hubiese sido Messi de no haberse ido a Barcelona a formarse en la mejor cantera del mundo, con algunos de los mejores entrenadores y rodeado de los mejores talentos.

Volviendo a lo de las 10 mil horas, algo interesante para quienes defienden esta teoría es que cualquiera que emplee esa cantidad de tiempo en una disciplina logrará dominarla. Ahora bien, dentro de los maestros y maestras sigue habiendo quienes son mejores. ¿Por qué? Puede ser porque la disciplina basta para distinguirse del 99% de las personas. Para sobresalir entre ese 1% de maestros, quizá hacen falta habilidades congénitas.

¿Pero acaso no suena maravilloso destacar por encima del 99%? Con menos que eso probablemente se logra ser un artista solvente.

De cualquier forma, lo importantes es que, para mí, los talleres literarios son espacios de encuentro y entretenimiento. Lugares a los que van mucha gente que en algún momento se ha sentido bicho raro para encontrar compañía en personas con intereses afines.

Ustedes no saben la cantidad de alumnos y compañeros que me han dicho que esas dos horas de taller a la semana son su momento de alegría.

Cuando escucho eso, pienso: chapeu. Porque si dos horas hablando de literatura bastan para darle alegría a una sola persona, el mundo ya es un lugar más agradable.

 

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