Ficción
Fetiche #2
Por Luis Guillermo Franquiz
*La imagen de portada de Fetcihe #2 fue tomada por Michel Barbagallo.
La muchacha toma la iniciativa y hace algunas sugerencias, me explica los ingredientes de varios de los platos ofrecidos en el menú. Yo asiento mientras me decido por una comida ligera y nada complicada. Bebemos y hablamos. Reímos de vez en cuando. En algún momento posterior, la muchacha se levanta para ir al baño. Se disculpa antes de alejarse hacia el interior del local. La sensación de incomodidad regresa al quedarme solo con Étienne. Ignoro si él lo nota.
—Tenía muchas ganas de verte, ¿sabes? Quiero contarte un montón de cosas.
—Ajá —digo—. Qué bueno. Por cierto, no te he preguntado por tu padre. ¿Cómo está?
—¿Mi papá? Bien. Tranquilo. Contento. Quería venir hoy a verte, pero no se sentía bien. Mañana comemos con él, si estás libre.
—Claro. Por favor, dile que le mando un abrazo grande.
—Él siempre está pendiente de lo que compartes en Facebook y me lo dice. Te nombra mucho.
—Tan espléndido. Es muy especial.
Alzo el vaso para darle un sorbo a la bebida.
—¿En serio no quieres que salgamos hoy? Quiero llevarte a varios sitios que sé te van a gustar. Sabes que me gusta mostrarte lo mejor.
—Gracias, Étienne. Te lo agradezco bastante, pero necesito organizar lo que tengo pendiente. Tú sabes cómo es todo. Es mejor salir de las responsabilidades primero, antes de lo demás.
—Pero, ¿ni siquiera un rato esta noche? Te prometo que no vamos a amanecer.
—No, no. No puedo, de verdad —hago una pausa antes de seguir—. Vayan ustedes.
Étienne me mira.
—Queremos hacerlo contigo. Tú eres el invitado de honor, Lucas.
Hago un leve movimiento negativo con la cabeza y me escudo detrás del vaso antes de soltarle:
—No tiene importancia. Déjalo así. Ahí viene…
La muchacha vuelve a sentarse y comenta algo sobre la música que suena y el ambiente musical de la oficina donde trabajan. Yo aprovecho para calcular mis movimientos de despedida y salida, lo más limpiamente posible, al terminar de comer. Agradezco en silencio la excusa de las actividades literarias que tengo al día siguiente, porque lo que menos deseo es prolongar la incomodidad intermitente que me empuja a salir de allí con rapidez. Aprovecho una pequeña pausa, justo antes de pedir algún postre, para decir que debo irme, que ya no puedo retrasarlo más.
—¿Qué es? ¿Qué pasó?
La sonrisa de Étienne disminuye poco a poco. La muchacha alza las cejas y abre la boca para decir algo, pero parece confundida. Ya me he levantado y alterno la mirada entre ellos.
—No pasa nada. Todo ha estado maravilloso, en serio; pero mañana debo levantarme temprano. No puedo escaparme. Tal vez otro día. Lo tengo pendiente. Discúlpenme, por favor.
—Qué chimbo, Lucas. Quería sorprenderte esta noche. Queríamos llevarte a pasear. ¿Es en serio?
—Sí, es en serio. Lo siento. Vamos a tener que posponerlo para el próximo viaje.
Étienne hace un ademán de incorporarse.
—Te acompaño hasta el hotel. Espera. Déjame…
—No, no —lo interrumpo—. No hace falta. Tranquilo. Yo sé cómo llegar. Gracias.
—No, vale… Nosotros te acompañamos.
—No, Étienne. De verdad. Todo ha estado espléndido. Se los agradezco muchísimo. Por favor.
Extiendo la mano para sujetar la mano de Susana. Ella parpadea, indecisa.
—Susana —digo—, mil gracias por este paréntesis. Lo disfruté mucho. Espero vernos de nuevo.
—Muchas gracias a ti, Lucas. ¿En serio no quieres que te acompañemos hasta tu hotel?
—No hace falta —repito—. Quédense aquí y disfruten por mí —aprieto sus dedos—. Te deseo mucho éxito, Susana. Muchas sonrisas. Mucha felicidad. Te lo mereces.
Ella no sabe qué decir. Parece desorientada. Y giro para enfrentar a Étienne. Estrecho su mano con fuerza.
—Mil gracias a ti también, Étienne. Todo estuvo fenomenal. Dile a tu papá que le mando mucho cariño y que espero verlo pronto. Feliz noche.
Sonrío. Sonrío con amplitud. Es como el gesto final antes de que caiga el telón. Trato de salir con un paso ligero para disimular mi apresuramiento. Queda la vaga sensación similar a la de haber esquivado una bala, de haberme salvado de una experiencia desasosegante. Camino algunas cuadras hasta llegar a una avenida ancha, donde no me cuesta mucho conseguir un taxi que me lleve de vuelta al hotel. Respiro con inhalaciones profundas, como si saboreara una libertad recién obtenida. Me digo que lo peor ha pasado ya y que merezco una tibia felicitación por haber superado sin tropiezos un paréntesis tan inesperado. Estoy de vuelta en la habitación del hotel y emerge una rara sensación de refugio, de calma, de sosiego. Me repito que lo peor ya ha pasado. Resulta evidente que reencontrarse con un antiguo amigo, por el que encima me sentía muy atraído, no ha sido una buena idea. Hay algo en la luz rojiza proveniente del enorme aviso de neón rojo que calma mis emociones sublevadas. Él está bien y la muchacha que lo acompañaba pudiera ser su novia, podría convertirse en su novia bastante pronto. ¿Para qué intervenir? ¿Para qué entorpecer algo que ya se ha iniciado con buen pie? También resulta evidente que el plan original de reencontrarme con Étienne y confesarle mis sentimientos hubiese sido un error imperdonable. Los hombres heterosexuales no sienten atracción sexual por sus amigos homosexuales. Percibo que mis hombros caen con desgana, con desánimo, al comprobar que me he convertido en un simple cliché, un cliché iluminado por una intensa luz roja de neón en la fachada del hotel. Otra inspiración profunda antes de decidir que es mejor ocupar la mente con algunas páginas que debo leer pronto; entonces me inquieta el sonido del teléfono en la mesa de noche. Al atender se me informa de que alguien me busca y su nombre es pronunciado con torpeza. Un rápido estremecimiento recorre la piel de mis brazos.
—¿Quién? —pregunto temiendo haber escuchado mal.
—El señor Étienne… Sí, el señor Étienne Fu… ¿Four…? Sí, Étienne Fournier.
Un segundo. Dos segundos. Tres…
—Okey… Dígale que suba, por favor.
—Sí, señor.
—Gracias.
Cuelgo el auricular con un gesto lento y automático, sin siquiera mirar el teléfono. Muevo los ojos con calma, pero mi mente salta en varias direcciones distintas y simultáneas. Los objetos familiares de la habitación parecen distorsionarse iluminados por la atractiva luz rojiza del neón. Objetos que parecen incorporarse en una escena surrealista, inconexa. ¿Por qué está aquí? ¿Qué es lo que quiere? ¿Para qué pudo haber venido? ¿No era más fácil vernos en la feria del libro? ¿Vino a buscarme para salir? Todas las opciones me parecen posibles y rebuscadas a un mismo tiempo. Suenan tres golpes en la puerta. Clavo la mirada en ese rectángulo de madera salpicada de tonos rojos que me separa de algo desconocido que aún no ha tenido la oportunidad de materializarse. Pienso que pudiera quedarme callado, inmóvil; pero sé que se trata de una tontería. ¿A qué le temo? Ya lo peor pasó, me repito, pensando en la reunión de unas horas antes. Me levanto para abrir la puerta. Él está allí, sonriente y expectante; sujeta una bolsa de papel entre las manos. Sonrío también y lo saludo antes de pedirle que pase a la habitación. La palabra clave es “naturalidad”, digo con insistencia dentro de mi cabeza. Y “espontaneidad”. “Fluye, relájate”, susurro sin que Étienne me oiga mientras pasa junto a mí. Se detiene junto a la mesa pequeña llena de papeles y libretas, cerca del rectángulo de la ventana donde es más intensa la luz del aviso de neón. Un rostro enrojecido. Un rostro caricaturesco.
—Te traje unos dulces, para que los pruebes. Espero que te gusten.
Levanta la bolsa de papel. Avanzo hasta él y recibo el regalo con una media sonrisa y agradezco en voz baja. Le pido que se siente. Aunque me esfuerce en evitarlo, poco a poco emerge la incomodidad de no saber por qué está aquí ahora. Pregunto si son dulces argentinos. Étienne asiente y dice que sí. Es normal, es lo que suele ocurrir: la permeabilidad de Étienne toma las riendas de la situación. Yo me limito a fluir con él, detrás de él, dejándome guiar por sus palabras y gestos y sonrisas alternativas. En pocos segundos, ya se ha apropiado del momento. Es el maestro de ceremonias en el circo de tres pistas que se despliega con rapidez dentro de mi cabeza, sin olvidar los potentes reflectores de luz rojiza que nos iluminan en el plano real. Lo dejo hacer. Poco a poco, la conversación deriva hacia lo sentimental, hacia las aventuras y relaciones que hemos tenido durante los cinco últimos años. Pareciera que la única palabra que compartimos es “insatisfacción”, porque ninguna de las mujeres u hombres con quienes hemos estado lograron sorprendernos. Hay un elemento de complicidad y comprensión inexpresado entre nosotros, algo intangible que nos aleja y acerca alternativamente. Yo lo siento. ¿Lo percibe él? No quiero equivocarme ni cometer errores de cálculo; por eso prefiero fluir con la energía de la situación. En un determinado instante, sonríe sin apartar la mirada de mí. Se levanta y pregunta si puede abrazarme. Digo que sí y dejo que sus brazos me aprieten con fuerza.
—Discúlpame —dice—. Tenía muchas ganas de hacerlo. Te extrañaba bastante. ¿Huelo mal?
—No. Para nada.
Me suelta y pregunta en voz baja si hay alguna posibilidad de bañarse aquí. Comenta que todavía no ha ido hasta su apartamento y aún quiere intentar convencerme para salir; sólo desea darse una rápida ducha con agua fría para despejarse.
—¿No te molesta? Es rápido. Estoy tan cansado que no quiero esperar hasta llegar a la casa.
—Sí, vale; no hay problema. En el baño hay toallas limpias.
—Gracias, Lucas.
Se aleja hasta el baño y me quedo inmóvil junto a la silla donde estaba sentado. Hay la sensación de una escena repetida, de los bordes de una trampa cerrándose sobre mi cuerpo. ¿Qué podía responder? ¿Qué podía hacer? ¿Decirle que no y pedir que se fuera? Se supone que ya he superado mis inseguridades y mis debilidades. Étienne no puede —no debe— imponerse con la misma fuerza de antes. Paseo la vista por la habitación y los bordes alumbrados con la luz roja de neón se vuelven casi irreconocibles. Trato de pensar en otra cosa para distraerme de la tensión del paréntesis que atravesamos. Al cabo de unos veinte minutos, él sale del baño con una toalla alrededor de las caderas. Se ve húmedo y limpio, luminoso, muy atractivo. Sospecho que lo sabe y que lo hace adrede. Vuelve a agradecer la oportunidad de darse una ducha y camina con lentitud. Va descalzo y eso agudiza mi desasosiego. Tenía mucho tiempo sin admirar la belleza delicada de sus pies desnudos. Étienne repite que se siente muy cansado. Me mira.
—¿Te puedo pedir otro favor?
Ladeo la cabeza, anticipándome a su pregunta, y le repito que no tengo intenciones de salir.
—No, vale —dice—. No te voy a insistir con eso. Es otra cosa.
Alzo las cejas y espero.
—¿Será que puedes ayudarme con los pies? ¿Hacerme un masaje en los pies?
—Pero… —trago saliva— una vez dijiste que no te gustaba que te tocara, que tocara tus pies.
—¿Cuándo dije eso? —sonríe— ¿Y tú le paras a todo lo que digo?
—Por supuesto… Recuerda que la última vez que dije algo sobre tus pies dejaste de hablarme. ¿O se te olvidó eso también?
La sonrisa disminuye unos decibeles y parpadea con rapidez. Intuyo que está nervioso. Intuyo que no esperaba esta reacción de mi parte. Quizás no era así como se había imaginado la escena mientras se duchaba. ¿O está improvisando? Otra inspiración profunda, es lo único que puedo hacer. Me siento confundido y quiero hacer las cosas bien, no repetir los errores que nos alejaron una vez.
—No quiero discutir, Étienne. Yo no vine aquí para discutir contigo. Ni siquiera tenía planificado encontrarme contigo. No sé qué hacer. Quiero creerte…
Étienne asiente.
—Todavía no confías en mí. Está bien. No importa, me lo merezco; pero voy a demostrarte que soy otra persona, que estoy cambiando y que valoro mucho estar aquí contigo. Eres como mi hermano, Lucas; el mejor amigo que tengo. Tú sabes que es así. Además, he pasado la mayor parte del día parado y los pies me duelen. Es en serio.
Me toca el turno de asentir con lentitud. Es imposible apartar la mirada de su rostro, de su cuerpo desnudo envuelto en la toalla, blanco sobre blanco, con los bordes de sus hombros pintados de luz roja, con una inusitada aureola rojiza envolviéndole la cabeza; y encima la certeza de sus pies tan cerca de mí.
—Lo sé —digo—. Lo sé.
Se acerca para darme otro abrazo. Me aprieta con fuerza. La fragancia de su cuerpo me emborracha y cierro los ojos por un instante. Nos soltamos y sonríe de nuevo.
—¿Entonces? ¿Me vas a ayudar con los pies? Por favor…
Hago un gesto de resignación mezclado con una vaga sonrisa.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto.
—¿Me puedo acostar en la cama? ¿Te importa? —se ríe mientras lo hace—. No cargo nada debajo. No quise ponerme la misma ropa otra vez.
Se sienta en el borde de la cama, junto a la mesa de noche donde está encendida la única luz de la habitación; entonces gira su cuerpo, se contorsiona, y se acuesta boca abajo, agarrando una de las almohadas para apoyar la cabeza. Está acostado en la cama de manera casi transversal, no como uno lo haría de forma natural, sino a lo largo, de lado a lado, con los pies hacia la mesa de noche desde la que nos observa en silencio la lámpara encendida. Sus pies se ven muy hermosos, frescos, limpios, con una secuencia alternada de la luz de la lámpara y también los destellos rojizos del enorme aviso de neón suspendido junto a la fachada del hotel. Es una visión que me estremece y me paraliza a un mismo tiempo, como si esos pies se pudieran convertir en un guiño de complicidad. Queda tendido sobre la cama, boca abajo, y aplasta la cabeza contra la almohada, con la cara hacia un lado, antes de cerrar los ojos. Un ligero escalofrío recorre la piel de mis brazos.
—¿Qué quieres que haga? —repito.
—Lo que tú quieras —dice en voz baja—. Lo que te parezca mejor. Estoy agotado.
Hay una pausa. Estoy seguro de que todo debe de ocurrir en el tiempo que tarde un relámpago en aparecer y desaparecer en la oscuridad, vertiginosamente, pero dentro de mi cabeza los segundos adquieren una consistencia elástica y pastosa que los alarga como si todo sucediera en cámara lenta. El cuerpo de Étienne sobre la cama, medio desnudo y los pies tendidos, relajados, cerca de la parte lateral de la cama, como dispuestos a un reposo que él mismo me está pidiendo interrumpir. Qué hermosos se ven sus pies bañados por la tenue luz de la lámpara de la mesa de noche mezclada con la intensa luz roja del neón exterior. Todo su cuerpo parece transformado en una masa pálida con bordes rojizos. Una parte de mí cree que lo hace adrede, que pone a prueba mis defensas, que se aprovecha de aquella ingenua declaración que nos separó, que lo ahuyentó, cuando le revelé la potente atracción que sentía por su cuerpo y, especialmente, por sus pies desnudos. Yace inmóvil, absorto a mis pensamientos, tal vez tan expectante como yo, pero sabe disimularlo con una destreza que yo ignoro. Un cuerpo tendido sobre la cama y unos pies reposando sobre el mullido cobertor, eso es todo lo que ocupa mi campo visual; y los cambios casi imperceptibles entre la luz blanca y la luz roja, alternativamente, distrayéndome.
—¿Qué pasó? —pregunta en un suave susurro, como si fuera una caricia muy lenta.
Entonces reacciono.
—Nada —digo—. Tranquilo. ¿Por dónde quieres que empiece?
Deja caer la cabeza otra vez sobre la almohada.
—Por donde tú quieras —murmura—. Yo voy a relajarme aquí y a disfrutarlo.
No puedo evitar la sensación de que algo se oculta camuflado entre esas palabras, una invitación, una promesa, una derrota. Me arrodillo con calma junto a sus pies y la imagen se agranda, se amplifica, se magnifica dentro y fuera de mi cabeza. Sé que no habrá vuelta atrás desde el momento en que mis dedos toquen la piel de sus pies. Respiro profundo y extiendo la mano con lentitud, mucha lentitud. El primer contacto parece cargado de electricidad. La piel de sus pies se siente suave y un poco rugosa bajo mis dedos. Las plantas de sus pies. La forma de los talones. Los dedos. Sus pies son grandes y hermosos y me cuesta asimilar la idea de que estoy frente a ellos de nuevo. Levanto la mirada para lanzarle un rápido vistazo, pero él permanece con los ojos cerrados, casi ajeno a mi presencia. Hay tanto que quiero hacer y, al mismo tiempo, estoy cohibido, temeroso del resultado. Sostengo su pie izquierdo entre mis manos y aprieto con los pulgares en pequeños movimientos circulares, cerca del talón. Me excito sin poder evitarlo y creo que Étienne lo sabe. El silencio se expande entre nosotros, como una sustancia espesa y pegajosa, hasta que su voz parece emerger desde las profundidades de mi mente.
—Sabes que me acordé de ti, por un video que vi hace tiempo… Un video porno.
Alzo la mirada y me tenso un poco.
—¿Qué?
Él sonríe sin abrir los ojos. Yo sigo masajeando su pie.
—Tonto. No es eso. Era el video de una tipa masturbando a un hombre con los pies… Nunca había visto eso. El hombre parecía disfrutarlo mucho… Y después acabó durísimo encima de los pies de la tipa.
—Okey…
—¿Nunca lo has hecho? O sea, ¿nunca te lo han hecho?
En la pausa que sigue, reconozco la bifurcación de dos respuestas diferentes; una está asociada con la indiferencia, con la ignorancia, y esa senda nos conduciría lejos de esta intersección. La otra, más íntima, abriría la puerta hacia algo desconocido que me llena de temor e incertidumbre. Trago saliva y fijo la vista en su pie, en la piel delicada de la planta de su pie, y en la forma relajada con la que el otro pie reposa encima de la cama. Es como un reto, una prueba, un código secreto que siento la curiosidad de descifrar. Le respondo bajando mucho la voz:
—Sí… Hace tiempo… ¿Por qué?
—Por nada. Quería saber, porque me acordé de ti y me pregunté si alguna vez te habían hecho algo así, y si te había gustado… Yo nunca he hecho eso…
—No tiene importancia. Fue hace tiempo.
—¿Qué te pasa? ¿Te molesta?
—No, Étienne, no es eso; es que no entiendo para qué quieres saberlo.
—Bueno, porque me da curiosidad, pues. ¿No puedo preguntar?
—No. ¿Para qué? Eso es mío.
—Anda, Lucas, cuéntame. ¿No somos amigos? Yo quiero saber… Anda… ¿Quién fue?
—Nadie… Un muchacho que tú no conoces…
Otra pausa. Otro paréntesis de silencio entre nosotros. Mis dedos frotando su talón.
—Cuéntame, vale… ¿Te da pena conmigo?
Frunzo el ceño, incómodo.
—No… No es eso… Es que no entiendo para qué me lo preguntas.
—Porque sí, pues… ¿Cuál es el problema? Tú eres mi amigo y quiero saber. Dime, ¿qué hiciste?
—Nada, de verdad…
Después de otra pausa, él sigue:
—Yo pienso que debe ser excitante… En el sexo hay que probar de todo.
—Ajá…
—Dime, pues…
Suelto un suspiro que suena a resignación.
—Ay, Étienne, nada del otro mundo. Simplemente hice lo mismo que tú viste en el video porno, sólo que dejé que un tipo me masturbara con sus pies. ¿Ya? ¿Satisfecho?
Él vuelve a levantar la cabeza de la almohada.
—Pero no te molestes, Lucas… Sólo quería saber, pues.
—No estoy molesto…
—¿Y te gustó?
Retrocedo en mis recuerdos sin proponérmelo. Los pies de Simón. El placer de los pies de Simón.
—Bueno… Más o menos…
—¿Por qué? ¿Qué no te gustó?
—No sé… Es que era un muchachito. No sabía mucho de eso. Pero me dejó hacer todo lo que quise.
—¿Y entonces?
—Nada… Se quedó unos meses viviendo conmigo y poco a poco nos acostumbramos a hacerlo. Él me dejaba hacer lo que quisiera con sus pies… Los tenía muy bonitos…
—¿Más bonitos que los míos?
Hay un acento de arrogancia mal disimulada en su pregunta. Decido ser sincero.
—La verdad, no… Los tuyos son más… No sé… Diferentes…
—Pero ¿los de él te gustaban más?
Otro suspiro.
—No, Étienne… No. Y prefiero no hablar más sobre eso. Me gustaban y ya.
Él mueve el pie entre mis manos, un movimiento delicado, como si estirara los dedos. Y se ríe.
—Seguro que, si me quedo dormido, mañana me despierto con los pies llenos de semen.
Mis músculos se tensan. No sé si mi reacción se debe a sus palabras o al tono de broma con que las ha dicho. Es como si se burlara de mí sin darse cuenta. Suelto su pie y respiro profundo.
—No, Étienne, tranquilo. Eso no va a suceder. No te preocupes… Ya terminé. Listo.
Esta vez levanta la cabeza mucho más que las veces anteriores. Me mira.
—¿Qué es, chico? Te estoy jodiendo. No te pongas así. ¿Qué pasó?
—No pasó nada, Étienne. Tú tranquilo. Es mejor dejarlo así. Yo sé cómo eres tú y no quiero más problemas… Ya. Levántate.
—¿Qué es, Lucas? ¿Por qué te pones así? —hace una pequeña pausa—. ¿Y cuál es el problema si amanezco con los pies llenos de semen? Ni que me fuera a morir por eso…
—No, no, no… Yo me sé esa canción… Primero dices una vaina y después me sales con otra. Además, yo no quiero hacer nada con tus pies. Olvídalo.
Deja caer la cabeza sobre la almohada y cierra los ojos.
—Bueno, yo no sé… Lo único que quiero es que me hagas masaje en los pies. Lo que pase queda entre tú y yo. Para eso somos amigos, ¿no? ¿Cuál es el problema?
—No, Étienne —insisto—; yo te conozco. No quiero malentendidos…
—Sigue, sigue… Hazme masaje, chico… Haz lo que quieras…
Tardo unos segundos en decidirme. Abandonar en este punto o seguir adelante. ¿Qué es lo que puedo ganar? ¿Qué es lo que puedo perder? ¿A qué me estoy enfrentando? Me acuclillo frente a su pie y lo vuelvo a sujetar. Se siente como si un cepo se hubiese cerrado con violencia sobre mi mano. Lo deseo, eso no puedo negarlo, ni siquiera a mí mismo, y creo que él lo sabe también. ¿Hasta dónde me dejará llegar? Étienne mueve la pierna derecha y levanta el pie, lo mueve delante de mí, mientras habla. Estiro las manos y lo sujeto. También mueve el otro pie para tocarme, pero no estoy cerca de él.
—Ven —pide—, acércate. No seas así.
Me pongo de rodillas para quedar más cerca de su pie izquierdo. Todavía sujeto el pie derecho. Lo acaricio con cuidado y dejo que él haga lo mismo con el otro pie, cerca de mi cadera, de mi cintura. Es algo que me estremece en pequeñas oleadas eléctricas.
—No entiendo por qué te pones así —dice—. Relájate, vale. ¿Cuál es el problema? ¿No somos amigos? ¿No somos adultos? ¿Cuántas vainas no hemos compartido? Estoy aquí, Lucas. Aprovéchame.
—Yo no quiero problemas, Étienne…
—¿Y quién dijo que hay algún problema? ¿No hay confianza? Yo quiero que confíes en mí…
—Yo también quisiera hacerlo.
—¿Entonces? ¿No te gusta? —se ríe—. A menos que me digas que el tipo aquél tenía los pies más bonitos…
—No —casi tartamudeo—. Claro que no.
—¿Te gustaban más sus pies?
—No… Los tuyos son más bonitos, y suaves.
Étienne intensifica el movimiento de su pie izquierdo en mi costado. Me acaricia. Me excita.
—¿Seguro?
—Sí…
—¿Qué te gustaría hacer? Dime. Vamos a volvernos locos —y vuelve a reír contra la almohada.
—Los tienes muy suaves… Provoca morderlos…
—Bueno… Pero no me muerdas muy duro… Suavecito…
El tiempo parece detenerse conforme acerco mi cara con cuidado hasta la planta de su pie y pego la nariz contra su piel. El aroma me enloquece, me desequilibra, me emborracha. Supongo que es un olor tan íntimo como el de su entrepierna. También pego los labios y lo beso con cuidado, con timidez. Él deja que lo haga. Parece muy relajado. Yo me concentro en la piel de su pie llenando todo mi campo visual. Es algo casi indescriptible. El otro pie se las ingenia para buscar el bulto de mi erección y el primer contacto me provoca un estremecimiento involuntario. Siento pena y deseo y hambre en pulsaciones superpuestas. Me dejo arrastrar y apago la voz racional que explota dentro de mi cerebro. Me convierto en un cuerpo con millones de terminaciones nerviosas estimuladas simultáneamente. No pienso, no razono; sólo siento, y ya eso es demasiado. Reparto besos delicados por la planta del pie de Étienne y dejo que el otro pie presione mi erección. Yo juego con la lengua, él juega con la punta de sus dedos. Casi pareciera como si estuviéramos sincronizados.
—¿Te gusta? —dice él.
—Sí —susurro—. Mucho.
—A mí también. Se siente rico lo que me haces.
—Me gustan mucho tus pies, Étienne…
El movimiento de sus dedos se concentra sobre mi pene.
—Lo tienes muy duro… ¿Por qué no lo sacas? ¿No quieres?
—No sé…
—¿Te da pena conmigo?
—No…
—Anda —pide—: sácalo.
Desabrocho mi pantalón y bajo la línea superior de mi ropa interior. El pene se asoma con violencia, con hambre postergada, con hilos pegajosos desde la punta hasta el camino de vellos de mi abdomen. Él lo mira y sonríe y alza las cejas.
—¡Susto! —dice.
Estira los dedos de su pie derecho para tocarme, para acariciarme, para empujarme y atraerme.
—Me tienes loco —confieso.
—Yo sé. A mí también me tienes así.
—Étienne… —susurro—. ¿Qué quieres hacer?
—Lo que tú quieras, bebé… Lo que tú quieras. Tenemos toda la noche para hacer lo que queramos.
—¿En serio?
La presión de su pie contra mi pene se incrementa. Lo aplasta. Vuelvo a tragar saliva.
—¿No te gusta? Haz lo que te provoque… Sorpréndeme —y sonríe.
Mis labios sobre la planta de su pie, el otro pie encima de mi pene, presionando cada vez más y acariciándolo con movimientos circulares, la certeza de que apenas está iniciándose la noche y que las horas se diluirán en la madrugada: todo eso se suma dentro de mi mente y se expande por la piel de mi cuerpo, dejando diminutas explosiones de placer a su paso.
—¿Prefieres que hagamos otra cosa? —pregunta.
Lo miro sin entender a qué se refiere, qué es lo que tiene en la mente.
—¿No te parece que pudiéramos haberlo hecho diferente?
—¿Cómo así?
—No sé…
Detiene el movimiento circular de su pie y abre más las piernas, no mucho, apenas lo suficiente para que la luz rojiza del neón ilumine sus testículos aplastados y se asemejen a dos bolas pequeñas de un árbol de Navidad. Esa misma luz rojiza baña su cuerpo tan pálido y alarga la visión de sus piernas, de los músculos relajados, de la protuberancia de las nalgas; entonces entiendo, en otro relámpago superpuesto, que todo lo que deseo es comerme su culo, chupárselo, penetrarlo con la lengua y, sin detenerme a pensarlo mucho, me trepo sobre la cama, entre sus piernas, antes de introducir las manos bajo la toalla húmeda y acariciar sus glúteos. Algo parecido a un gemido se diluye entre sus labios entreabiertos. Sus nalgas están duras, duras como mi erección, y levanto la toalla para contemplarlo mejor. Hay una alternancia de luz blanca y luz roja y piel tibia bajo mis dedos, apretando sus nalgas. Es una zambullida placentera e irreflexiva, mi boca contra su orificio, mis dedos separando sus glúteos, y ese aroma, ese sabor tan íntimo, tan suyo, tan irrepetible en otra persona. Siento que Étienne abre más las piernas, dejándome acercar mejor mis labios a la aureola de su culo apretado y ya humedecido por mi saliva.
—Lucas… —alcanza a murmurar.
Apenas lo escucho, enfebrecido como estoy. Reconozco la singularidad que atravesamos y no sé si es el principio de algo o si se trata de un final pospuesto por mucho tiempo. Lo único que parece importar es la intensidad, la vivacidad del momento presente, y es en eso en lo que concentro mi atención. Manipulo el pantalón para sacármelo, con breves y espasmódicas patadas, hasta quedar desnudo como él. Trepo más sobre su cuerpo y me ajusto a su espalda, me aprieto contra su espalda, aplasto su espalda con mi peso y con mi deseo mortificante. Introduzco las manos por debajo de sus axilas para atraerlo más hacia mí, hacia mi cuerpo y hacia la penetración torpe y violenta que nos sacude a los dos casi de manera simultánea. Un fogonazo de luz blanca y roja uniéndose en múltiples salpicaduras color rosa detrás de mis ojos cerrados. Alcanzo a oír la voz de Étienne como si proviniera desde un lugar muy lejano:
—Lucas… —murmura de nuevo—. ¿Qué haces?
—Quiero tu culo…
—No…
—Sí… Quiero tu culo… Dame tu culo…
—Lucas…
—Sólo dame tu culo… Anda…
Y dos embestidas después:
—Qué culo tan rico tienes… Me encanta tu culito…
—Pensé que sólo te gustaban mis pies…
—Sí, también… Me gusta todo…
—¿Todo?
—Sí, me gusta todo… Tienes los pies ricos y el culito mucho más. Quiero todo.
—Me duele —se queja en voz baja—. Me duele, Lucas…
—Aguanta un poquito, bebé, anda… Aguanta un poquito…
—Me duele…
Su voz se difumina, se aleja, se distorsiona detrás de los destellos de luz blanca y roja que inundan la habitación y nuestros cuerpos trenzados. El interior del culo de Étienne se siente tan cálido como las plantas de sus pies y eso me enerva aún más. No quiero acabar todavía, pero tampoco quiero soltarlo, soltar este cuerpo que al fin me pertenece y se me ofrece como la luz intermitente del aviso de neón que adorna la fachada del hotel, justo cerca del rectángulo de la ventana de la habitación. “Aguanta un poquito más”, me digo en el interior de mi cabeza, mientras el interior del culo de Étienne me recibe cada vez con velocidad y más quejidos apagados. Acerco mi boca a su oreja y murmuro:
—¿Quieres que vuelva a masajearte los pies?
Sólo alcanzo a vislumbrar una media sonrisa en los labios de Étienne y eso es suficiente.
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