Ficción
Sobre Madrigueras: una antología de la imaginación
Por Luis Guillermo Franquiz
*La imagen de Madrigueras: una antología de la imaginación es de cortesía
En el comienzo estuvo una película: La historia sin fin, de 1985. El adolescente que fui se sintió muy impresionado por las escenas que mostraban personajes fantásticos y lugares lejanos en los que un chico valiente vivía muchas aventuras y descubrimientos. Me quedé con eso. El exotismo. El asombro. La magia. Yo no era más que un muchacho impresionable atrapado en un pueblo pequeño en el que esos personajes y situaciones parecían tan remotos como los paisajes marcianos. El cine era mi puerta de escape, mi salida de la burbuja que me mantenía cada vez más apretado. A través de las películas y los libros que leía en esa época, pude sentirme diferente, ajeno; al menos, durante un par de horas. Algunos años después, recibí un espléndido regalo de una amiga: el libro de Michael Ende en el que se había basado la película de La historia sin fin. Me atrajo de inmediato el texto impreso con dos colores diferentes y el juego de espejos que ofrecía la lectura: yo leía sobre un chico que a su vez leía sobre otro chico en un mundo muy distante. Me pregunté si alguien podría estar leyendo sobre mí y lo que estaba haciendo. Creo que fue una de las primeras veces en que ese estimulante juego de espejos narrativos me obligó a pensar en otras posibilidades, otras alternativas distintas a las que yo tenía al alcance de mis dedos, en mi vida cotidiana; pero eso no lo entendí sino hasta muchos años más adelante, cuando la experiencia acumulada me permitió una nueva mirada por encima del hombro. Me atrevería a decir que las lecturas juveniles se convirtieron en la semilla para todo lo que vino en el futuro. Pero esto no va sobre mí ni sobre mis lecturas de adolescente.
Todo lo anterior es simplemente para decir que he vuelto a sentir ese regocijo al leer varios relatos que se salen de lo corriente, que ofrecen una mirada y unas experiencias inusuales, porque el hilo conductor es la fantasía; pero no cualquier fantasía, sino la que ocurre justo al lado de nosotros, la que se camufla en los pliegues de la cotidianidad, en las curvas inesperadas del trayecto. Me estoy refiriendo a Madrigueras: una antología de la imaginación, un compendio de cuentos reunidos por el ojo atento de José Miguel Mota y publicados por Entretierras Editorial, este mismo año. Se trata de un libro recién salido del horno y, entre lo que más me sorprende, está el hecho de que son autores venezolanos, talento venezolano; y no quiero sonar condescendiente, en nuestro país hay bastante talento literario agazapado todavía, sino enfatizar el hecho de que los narradores locales muestran un abanico impresionante de historias que comulgan con las realidades paralelas, fantasmagorías, el realismo mágico, los misterios, el misticismo, las leyendas y mitos agazapados en nuestra sabiduría ancestral, en la oralidad de los que nos precedieron. Aquí ya no se trata de universos lejanos y personajes fantásticos, encantamientos y dragones, sino de una explosión de asombros e inquietudes que ocurren al alcance de los dedos, justo al lado, hechos y acontecimientos que pudieran sucederle a cualquiera de nosotros, y quiero hacer mucho énfasis en esa peculiaridad, en ese guiño literario.
Sigo creyendo que la verosimilitud es muy importante dentro de un relato narrativo. Si lo que se cuenta carece de verosimilitud, la lectura se diluye, pierde interés, afloran las costuras, y al lector que se quiere mantener atrapado desde el comienzo, se le disipa la sensación de conexión con lo que lee. No importa qué tan rebuscado sea lo que se nos cuenta, que suceda en un plano alternativo, en un giro de la Historia con hache mayúscula, con animales que hablan o mundos con leyes físicas ajenas a las que conocemos, lo importante es que eso que se narra y se cuenta sea plausible, reconocible, identificable para el lector. En mi memoria se agitó un viejo cuento de Julio Cortázar, “Carta a una señorita en París”, en el que la narradora nos cuenta y nos convence de la naturalidad con la que vomita conejitos de forma involuntaria, sin mayores artificios y una lógica propia maravillosa. Los cuentos reunidos en esta antología rebosan verosimilitud porque están escritos con sencillez, con giros comprensibles, con una afinidad que permite de inmediato una espléndida conexión con lo narrado. Hay un juego de espejos muy diferente al que yo experimenté en mi adolescencia y eso es fascinante, porque se convierte en una puerta entreabierta hacia una habitación que se desea explorar con más detenimiento. Es indiferente que lo que se nos describe parezca ilógico, rebuscado, incierto, porque al finalizar la lectura de cada uno de los relatos aquí contenidos permanece la sensación de una unidad, de un conjunto que puede ofrecer mucho más en el futuro, en nuevas lecturas, en distintas aproximaciones a sus personajes y sus formas de enfrentar la cotidianidad; al menos, esa cotidianidad fantástica que nos susurra al oído que muy bien pudiera sucederle a usted o a mí, dependiendo de las circunstancias.
Estoy seguro de que volveré a este libro más adelante, por curiosidad, por la certeza de que podré descubrir nuevos guiños en el futuro, porque algo me dice que estos narradores tienen mucho que ofrecer en sus próximas historias. Me contenta repetir que hay talento, talento venezolano, en estos cuentos, en esta magnífica antología organizada por José Miguel Mota, cuyo relato “Fénix” cierra el volumen. No suelo deslizarme con facilidad hacia las etiquetas, porque pueden ser engañosas o insuficientes, pero me permito comentar aquí que la literatura fantástica venezolana no es nueva, sigue viva y aún tiene bastante que mostrar en futuras ediciones. Valoro el olfato y la intuición detrás de esta antología y celebro que también sea el primero de diferentes títulos en un catálogo que se expandirá sin muchas prisas y sin muchas pausas para sorprendernos y deleitarnos con páginas que permanecen inéditas o que ni siquiera se han escrito todavía. Hay futuro. Hay talento. Hay ganas de narrar. Hay oportunidades de crecer y hacerse un lugar en la menguada oferta editorial de nuestro país. Me quedo con eso y aplaudo la iniciativa desde mi pequeña esquina.
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