Ficción
San Jorge
Por Ariadna Sánchez
*La imagen de portada de San Jorge es de El Confidencial.
Finalmente, revelé unos rollos fotográficos que tomé con la Pentax viejita que me regalaste. Casi todas quedaron desenfocadas y oscuras, porque aún no me reconcilio con las máquinas analógicas. Pero hay una que sí me quedó bien. Es una foto de un restaurancito en El Jarillo. Y es tan nítida que siento que puedo entrar en el sitio, sentarme en la silla de madera y mimbre, ver por la ventana los capin melaos de las colinas y tomarme un chocolate caliente contigo mientras conversamos sobre trivialidades de la vida.
Hace unos días fue tu santo. San Jorge. El mismo santo que me hacía pensar en la colección de caballeros andantes sobre sus destreros y con lanzas que tenías en tu consultorio. Los ponías a pelear contra mis dragones de juguete y recreabas la icónica escena de las estampitas de San Jorge. Tú me decías que lo admirabas mucho porque no era un santo como cualquier otro. Porque no era un monjecito con túnica que cargaba un libro o al Niño Jesús, ni de esos que ponía una mueca en busca de piedad; sino que era un guerrero, un mártir heroico que vencía al mal personificado. Probablemente te gustaba porque tenía toda la pinta de ser peleón como tú. Un santo peleón y mandón. Parece contradictorio, pero tú eras la evidencia de que se podía ser santo y busca pleitos al mismo tiempo.
La figura de San Jorge te gustaba tanto, que recuerdo que para uno de tus cumpleaños agarraste uno de esos caballeros de juguete y lo colocaste sobre la torta. Al caballo se le llenaron las patas de merengue, pero tú te enorgulleciste de la brillante idea de que te cantaran cumpleaños con un caballero andante sobre la torta. Eras bastante creativo con tus ideas de niño, me gustaba que conservaras esa ingenuidad a pesar de tu semblante serio. Esa armadura de San Jorge no te quitaba al niño interior que amaba los carritos de juguete, una Coca Cola bien fría con tu perro caliente, el Flight Simulator de Microsoft y las películas viejas de Pixar.
También puedo entender porqué te cautivaba tanto ese cuadro de Arturo Michelena. Ese que se llama Vuelvan caras. En el que Páez parece el mismísimo San Jorge criollo aplacando a los soldados españoles con sus estrategias llaneras. Me repetiste la historia de la pintura miles de veces, y siempre me encantó oírla. Especialmente cuando comentabas «probablemente Páez no gritó eso de vuelvan caras, sino que usó una palabra más fea» porque me parecía cómico que me protegieras de groserías que eran mi pan de cada día cuando te topabas con un carro comiéndose la flecha mientras manejabas tu Baby Camry.
Todos esos detalles de tu personalidad son como estampitas de San Jorge que te dan en las iglesias. De esas que guardas en no sé dónde y te parecen poco importantes. Pero entonces cuando las quieres buscar para usarlas de marcalibros o para anotar un teléfono, no las consigues, y te frustras. Incluso te sientes triste o nostálgico. Te preguntas qué hiciste con esa estampita de San Jorge que era tan bonita. Te arrepientes de no haberla apreciado cuando la tenías en el bolsillo. Y como no la tienes a mano, sientes que siempre la necesitaste, que no puedes vivir sin ella. Es solo cuando dejas de buscarla que se multiplica en las gavetas de la mesita de noche, en los cajones de la cocina, en los compartimientos de la billetera o debajo de algún mueble. Cuando ocurre ese milagro, te prometes no volver a perderla y guardarla en un lugar seguro.
Esa foto del restaurancito de El Jarillo la atesoro como mi estampita de San Jorge. Me permite poder estar ahí, contándote que hace unos días fue tu santo. Quisiera poder raspar mis brazos con las miguitas de pan sobre los manteles de lino áspero; jugar con el farolito de hojalata en el centro de la mesa; agarrar tu mano y sentir que en cada dedo late tu corazón; y que vuelvo a escuchar tu voz diciendo que admiras a San Jorge porque no es un santo como cualquier otro.
*San Jorge fue producida en el taller «Cualquier estilo es bueno, menos el aburrido«, de Lizandro Samuel.
*Sin embargo, si tu pasión es la narrativa autobiográfica, si lo que realmente quieres escribir son tus historias más personales, te recomendamos el taller «Perseguir la memoria: cómo escribir ‘tú’ historia».
7 Comentarios
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Estoy segura de que seguirás consiguiendo estampitas de San Jorge que te van a acompañar toda la vida.
La mejor narrativa de un escenario para sentirte que estas allí en mismo restaurant viendo todo lo qie describes. Y sobre él es tan cierto lo que dices que en resumen fue un caballero de gran armadura para que no se notase la nobleza de su corazón. Muy bello, Ari
Preciosa Ariadna la narrativa y el sentimiento a flor de piel! Me los imagino a los dos…y haces sentir como si una estuviera observándoles .
Bello tu papi y guiado por su gran Patrono en todas las luchas que tuvo que lidiar.
Gracias niña bonita por compartir. Abrazo inmenso. Dios te bendiga
Hermosa manera de recordar a tu papá. Sigue escribiendo Ari.
Qué hermoso relato,Ariadna!.Me sentí allí.Gracias por compartirlo.Un tesoro haber guardado cada detalle y como éste,seguro tendrás muchos más.Mi «Jorgita» querida (cómo siempre te decía pequeña por ese gran parecido) ese ángel guerrero y romántico a la vez,con su niñito escondido con ganas de salir y jugar,está y estará contigo siempre.
Te quiero mucho!!!
¡Precioso y sentido relato! Que los recuerdos te den la fuerza para luchar contra todos los dragones!
Arianna querida
Que bello y sentido relato. Estuvimos en el restaurante, con todos tus detalles.
Dios te bendiga.