Ficción

Se murió tu abuelita

por | Oct 3, 2026

Por Zoe Ruiz Robertiz

*La ilustración de portada de Se murió tu abuelita la diseñó ChatGPT.

 

La primera noche, la noche en que me enteré, no lloré. 

En aquel momento, viajaba en un asiento de copiloto mientras intentaba repasar las líneas de mi libreta. Frente a mí, los ojos de gato destellaban en la carretera, burlándose de mi astigmatismo. 

—¿A qué hora te presentas? —me preguntó mi amigo mientras conducía. 

—El flyer dice que a las 8:30 pero eso empieza como a las 10:00. 

—¡Carajo! O sea, que hay que esperar una hora para que se presenten. 

—¿Viniste a beber y estás apurado? 

Una llamada se apresuró a responder esa pregunta. 

—¿Quién coño jode a esta hora? —dije en voz alta. 

Saqué el teléfono de mi koala y vi la pantalla. Era mi papá. 

—Aló. 

—Hijo. ¿Dónde estás? 

—Llegando a la tasca. Hoy me presento. ¿Vas a venir? 

—Necesito que te devuelvas. Que por favor pases buscando a tu hermana. 

—¿Pasó algo? 

El pecho se me hundió. Sentí el corazón detrás de mi asiento. 

—Se murió tu abuelita. 

Ambas voces callamos, esperando que la otra reaccionara ante la noticia. Por un instante, el carro pareció detenerse. Se sintieron dos golpes secos en el piso, uno primero y el otro después. 

Habíamos cruzado un policía acostado. 

El carro nuevamente tomó velocidad y mi padre, tomando la iniciativa, con tono resolutivo me dijo: 

—Vente rápido que nos vamos a las diez para Barquisimeto. 

Corté la llamada y le dije a mi amigo que no se detuviera en el local, que siguiera de largo y diera vuelta para la trinchera. 

—¿Qué pasó? 

—Se murió mi abuela. 

Hubo un segundo silencio, pero no hubo ningún policía acostado. 

—Bueno, ahora tienes material para un nuevo chiste —dijo mi amigo bajando la voz casi al final. 

Aunque imprudente, no me molestó. A lo mucho, sentí algo de pena. El tercer silencio después de su comentario y la ausencia de más policías acostados solo me hizo pensar: ¿será que lo dijo porque no me vio llorando? 

La idea tomó más fuerza con el pasar de las horas. El suceso se hizo eco más rápido de lo que pensaba, y, antes de que saliera a Barquisimeto, mi teléfono rebosaba de sentidos pésames, de sinceras condolencias y de acompañamientos en sentimiento, que juzgando mi actitud, precedían a “no sé qué tan cercanos eran”. 

El traje de luto me empezó a asfixiar. 

Así daba pie a mi viaje por la capital musical de Venezuela. Me acompañaron mi papá, mi mamá, mi hermana y mi novia. Durante las 16 horas que duró el trayecto de ida, no hice más que cuestionarme. 

En el proceso, me vi obligado a visitar, en lo más recóndito de mis sesos, al Tribunal de Juicios Morales, buscando argumentos suficientes para enfrentar el remordimiento y la culpa. 

—Disculpe, señor Ruiz, podría usted explicar al jurado la razón por la cual no parece lamentar la partida física de la señora Juárez —dice el fiscal. 

—¡Objeción! Argumento basado en conjeturas —responde mi abogado. 

—Ha lugar —sentencia con voz grave el juez. 

—Entendido, Su Señoría. Paso a mi siguiente pregunta. 

Se levanta las gafas el fiscal y me mira con sonrisa cínica. 

—Señor Ruiz, ¿puede decirme cuándo fue la última vez que habló con ella? 

Trago saliva. 

—No lo recuerdo. 

—¿No lo recuerda? 

—No. 

—No tengo más preguntas. 

Apenas el autobús llegó, fuimos directamente a casa de mi abuelo, quien debía tener casi 40 años felizmente divorciado de mi abuela. Allí tocó hacer escala, dejar las maletas, sacarnos la mugre y llenar el buche con algo antes de salir a la funeraria. 

—¿Dónde la tienen? —pregunté. 

—Tu mamá me dijo que en Cabudare. Una funeraria que encontraron por allá cerca de la casa que era más económica —dijo mi novia. 

—¿Y cómo se llama? 

—El Sueño Eterno. 

—Me estás jodiendo. 

—Deja de tomarlo todo a mamadera de gallo. 

El traje de luto me seguía asfixiando. 

—Señores del jurado, mi cliente no pretende hacer chistes al respecto —dice mi abogado—. Simplemente es su naturaleza. En el fondo, lamenta mucho la muerte de su abuela. 

—¡Que lo demuestre! —grita el fiscal. 

—¡Orden!, ¡orden! —reclama con voz grave el juez. 

—Señor Ruiz, díganos cómo define la relación entre su abuela y usted —pregunta el abogado. 

—Bueno, mi abuela era muy chavista. Solo veía Venezolana de Televisión. Solo ese canal. Ni películas, ni series, ni libros. Solo Venezolana de Televisión. Así que no teníamos mucho en común ni de qué conversar, además de que cumplimos años el mismo día. Su vida giraba en torno al chavismo y… bueno, soy estudiante de comunicación social, así que siempre terminábamos discutiendo. 

—Claro, pero… me refiero. ¡Ustedes se querían! —corrige el abogado, intentando buscar oxígeno dentro del cuello de su camisa. 

—Sí. Yo amaba a mi abuela. Solo que… creo que la situación del país nos alejó un poco. Quiero decir, mi abuela me enseñó a nadar, me llevaba con ella al zoológico de niño y me compraba libros. 

—¡Ah! Por supuesto. Por lo que tu abuela debió ser muy buena contigo —ensalza el abogado abriendo sus ojos como dos platos. 

—Creo que sí. Bueno, de niño, supongo. 

—¡De adulto también! No cabe duda. 

—No. No le gustaba que tuviera tatuajes. Me decía “marico” por tener un zarcillo y el pelo largo. Creo que tampoco le gustaba que hiciera chistes al respecto. 

Vi por la ventana y me asaltó el chillón de una casa amarilla de negros portones y negras rejas. 

—Ya llegamos —me dijo mi novia. 

Bajé en El Sueño Eterno y pasé, con algo de pena, al salón donde ahora descansaba mi abuela. El piso de granito hacía rechinar las suelas de los niños, las luces estaban apagadas y el aire acondicionado se había detenido a medio soplido, permitiendo que el olor a formol inundara el ambiente. Era clara la situación: no había luz. 

Al fondo, mi tía y su rosario esperaban por mi madre, entre quejidos y lamentos de otros familiares. 

—¿Ya la viste? —me dijo un tío. 

—No. No me gusta ver a la gente cuando fallece. 

—Le pusieron los colores de María Corina. ¡Debe estar arrechísima! —bromeó. 

Desearía haber tenido cerca un policía acostado. 

—Qué vaina lo de tu abuela —continuó. 

—Coño, sí —dije fatigado. 

—Bueno, ahora está descansando. Ella estaba sufriendo mucho. 

—Igualmente, fue muy inesperado —respondí, intentando sacudirme la insensatez—. El traumatólogo le dijo a mi mamá que la infección no estaba tan avanzada y se podía volver a operar. 

—Sí, pero es que tu abuela no se cuidaba. Se puso a tomar esos remedios. Llevaba locas a las hijas. 

—Qué te puedo decir, tío. 

Al final del día, el viaje, los familiares y la funeraria nos dejaron agotados. Quizás por eso la segunda noche tampoco lloré. 

—Y bueno, señor Ruiz, cuénteme de esa dolencia que padecía su abuela —dice solemne el fiscal. 

—¿Cuál de tantas? 

—Puede empezar por la primera que se le venga a la mente. 

—Bueno, mi abuela era hipertensa, también sufría de incontinencia, sobrepeso y artritis. 

—¿Era lo único que tenía? —ríe el fiscal. 

—No. Era operada de una pierna por un accidente de tráfico que tuvo de joven. Tenía una prótesis en la rodilla. 

—¡Eso! —clama el fiscal—, ¿y puede decirle usted a nuestro jurado qué sucedió con esa prótesis? 

—No estoy seguro, pero debían retirársela. Mi abuela estaba perdiendo la capacidad de caminar, por lo que debían operar para colocarle una prótesis nueva. 

—¿Y por qué usted y su familia no lo hicieron? 

—No teníamos dinero. Ella sí. Por un momento. Vendió su casa y usó el dinero para comprarse otra cerca de mi tía, ya que ella no quería vivir en la misma casa que ella, pero al mismo tiempo necesitaba que la cuidaran. Estaba perdiendo fuerza por la artritis y necesitaba ayuda para cambiar sus pañales. 

—¿Y ella…? 

—Ella decía que se iba a curar —interrumpo—. Hacía ejercicios que no debía hacer y se metió a yerbatera. Mucha moringa y otras cosas que le salían en cadenas de WhatsApp. Dejó de tomar algunos medicamentos, y empezó a suplirlos con remedios naturistas por su situación económica. Solo recibía una pensión de adulto mayor y un bono de guerra. Y aun así seguía siendo chavista. Para ella todo estaba bien. 

—Una abuela enferma y una familia negligente, ¿me dice usted? 

—¡Objeción! —grita desesperado el abogado. 

—Retiro la pregunta, Su Señoría. 

—Hágase constar en el acta que la pregunta fue retirada —responde el Juez. 

—¿Y tengo entendido que su abuela luego se cayó? —acribilla el fiscal mientras hojea sus anotaciones. 

—Unos meses después. Una noche se cayó de la cama, y se arrastró hasta la entrada de la casa pidiendo ayuda. Pero nadie la escuchó, estaba sola. Mi tía la encontró al otro día. 

—Permítame adivinar, ni así la llevaron a operar —dice burlón. 

—La prótesis se había salido de su sitio, causando una herida expuesta. Todo se complicó porque la herida se infectó rápidamente. Las opciones eran muy limitadas. Tuvimos que esperar a que el estado le ayudara, pero tomó tanto tiempo que la infección se extendió demasiado. 

A la mañana siguiente me costó sostener mi propia mirada en el espejo del baño. Una voz tronó tras la puerta: 

—Vístete y baja, que a la una nos está esperando el cura en el cementerio. 

Podía sentir cómo el traje de luto cortaba la circulación de mis tobillos y muñecas. 

Bajé apresurado y anuncié a mi novia: 

—Entierran a mi abuela y nos vamos. 

Llegamos a El Sueño Eterno antes de que el sol escondiera sus rayos entre nubes oscuras. Ante la amenaza climatológica, la familia hacía coro para un último rosario. 

Mi novia sostuvo a mi madre, y limpió sus lágrimas. Bendita mujer. A mí me alcanzó el tiempo para dos o tres cafés antes de que llegara el carro fúnebre. 

—Van a cerrar el ataúd. ¿No quieres verla? —dijo mi mamá sollozando—. Está bella. 

—No… no, mamá. No me gusta. Creo que estoy en paz. 

—Y allí sí le pusieron otra prótesis, ¿verdad? —pregunta el fiscal. 

—No. Le dejaron la pierna llena de cemento. No podía moverla y era difícil trasladarla en silla de ruedas con una pierna tiesa y colgando. Todos los días debían drenarle la rodilla. Yo quería que se la cortara. Que se olvidara de esa maldita pierna para que se viniera a vivir a Puerto La Cruz. 

—¿Y por qué su abuela no lo hizo? 

—Porque no quiso. 

—¿Y se lo dijo usted, que quería que viviera con ustedes? ¿Le dijo algo? 

Recordé por un momento aquellas llamadas que evitaba alargar para no escucharla llorar y una flecha me atravesó la garganta. 

Cerré los ojos y vi a mamá en la sala de nuestra casa. Sus ojos vidriosos —ocultos debajo de sus largas ojeras— y los labios temblando me anunciaban lo común. 

—¿Volviste a pelear con la abuela? 

—No tengo ni un bolívar para enviarle, y ahí está diciéndome que nos lo vamos a tener que calar. Que los escuálidos no volverán y que tenemos Maduro seis años más. 

Abrí los ojos y vi nuevamente a mamá. Ahora estaba frente al ataúd, hablando con la abuela. Sabrá Dios qué fuerza me empujó junto a ella. 

La vi. 

Estaba bella. 

—Tu abuela no dejaba de preguntar por ti. De cómo te iba en el trabajo y con la carrera, y de que hacías unos videos feísimos hablando con un micrófono —me dijo. 

Acto seguido cerró el ataúd. Lo cargué y llevé al cementerio junto a mi papá y mi tío. 

El cielo que amenazaba con aguacero se despejó. Sin darme cuenta, el traje de luto había roto sus costuras y ahora me dejaba desnudo frente a su tumba. Allí, sonriendo, finalmente pude llorar.

 

*Esta historia fue producida en el taller ¿Cómo transformar el trauma en literatura?, dictado por Lizandro Samuel.

2 Comentarios

  1. Bianca

    Gracias Zoe por contarnos tu experiencia. Reviví tus pasos mientras las contabas, te abrazo un mundo.

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  2. Bianca

    Gracias Zoe por contarnos tu experiencia. Reviví tus pasos y te acompañé, así sea a la distancia. Te mando un abrazo.

    Responder

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